4 fracciones de la clase dominante, en plena disputa por el botín presidencial.

 

 

Dagoberto Gutiérrez

Desde 1983, el artículo 85 de la Constitución estableció el monopolio de los partidos políticos sobre todos los aparatos del Estado. Les dio el control de la representación y les asignó posteriormente un pago por cumplir esas funciones.

Al final de la guerra civil, en el país se estableció un modelo neoliberal total y absoluto que redujo el papel del Estado de manera notable y promocionó de manera exacerbada el papel del mercado, al grado que la sociedad salvadoreña ha llegado a constituir una sociedad de mercado total donde todo es mercancía, todo tiene precio y todo se vende.

Esta situación determinó que siendo los partidos políticos, instrumentos del Estado útiles para el remozamiento de los aparatos del Estado cada cierto tiempo, al desenvolverse en un mercado total, debilitaron su capacidad para hacer política y desarrollaron sus posibilidades para hacer negocios. Cada partido se convirtió, así, en una empresa, y los dirigentes de éstos se transformaron en los propietarios de los mismos. En estas circunstancias, hacer política dejó de ser una función preponderante de estos partidos y fue sustituida por la capacidad para hacer negocios.

Este negociado puso en el centro a la política como mercancía y al voto de la gente como su trofeo más preciado. Lenta pero inexorablemente, se ha ido construyendo una distancia insalvable entre el pueblo que vota en cada votación y los partidos políticos que promocionan y se nutren de ese voto.

Este proceso indetenible llevó la situación al momento actual en donde las filas de los partidos políticos dejaron de ser la fuente que proporcionen candidatos viables a los cargos públicos y los partidos políticos perdieron las condiciones para representar los intereses de determinados sectores de la población.

Puestas así las cosas, ocurre que los candidatos más importantes de los partidos políticos más importantes, tienen que venir de sectores fuera de las filas partidarias, como única posibilidad para obtener resultados electorales útiles.

Llegados a este punto, hemos de saber que la situación planteada tiene resonancias históricas y políticas de trascendencia porque en el caso de ARENA aparece la candidatura del industrial, Javier Simán, y también se menciona la candidatura del comerciante, Carlos Callejas. Ambos miembros del bloque dominante, pero perteneciente a diferentes fracciones de este bloque, con diferentes intereses y contradicciones. Hay que agregar que el dueño del partido ARENA es, según parece, el terrateniente Tomás Regalado, mientras que el inversionista Ricardo Poma, aparece como una persona de abundante influencia en este mismo partido.

En esta coyuntura, pues, nos encontramos con 4 fracciones de la clase dominante, en plena disputa por la candidatura presidencial. Y también, previsiblemente, por programas de gobierno, en búsqueda del que más se adecúe a sus intereses clasistas. Simán, lanzado abiertamente al trabajo político, critica a los partidos, toma distancia de ellos, aun cuando se sabe que los partidos políticos son instrumentos de estos sectores, y que han servido para cumplimentar políticas favorables a estos intereses dominantes. Sin embargo, en la actual coyuntura, los candidatos guardan distancia de los partidos, aunque se sabe que necesitarán afiliarse para poder ser candidatos.

Lo notable de la coyuntura es que capitalistas de los bloques dominantes están asumiendo directamente el ejercicio de la política, en busca de asumir, también directamente, el control de los aparatos del Estado, sin intermediarios, pero forzando el modus operandis tradicional, según el cual, los sectores dominantes no son necesariamente los sectores gobernantes. Estos últimos, que son una especie de administradores del poder que dominan, han sido, hasta ahora, los partidos políticos, tecnócratas y uno que otro técnico. Pero, en la coyuntura que estamos examinando, los capitalistas están dispuestos a asumir directamente el control.

Esta coyuntura expresa el agotamiento de aquel modelo que se montó al terminar la guerra civil. Esto expresaba una especie de juego democrático burgués que, basado en partidos políticos, aseguraba los intereses de los dominadores. Esta fórmula es la que se ha derrumbado, de tal manera que en la coyuntura electoral que se está abriendo, el pueblo podrá tener la oportunidad de mirarles las vísceras a los señores que deciden siempre, mirarlos cara a cara, medir sus programas antipopulares y calibrar una campaña electoral situada en la última línea fronteriza, cuando los propios dueños de la casa se hacen cargo de la misma, porque ya no tienen administradores fiables. Esta es una coyuntura que, como podemos ver, no se presenta todos los días.