“Los primeros en sacar el cuchillo…1

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René Martínez Pineda

Director Escuela de Ciencias Sociales –UES.*

Desde la sociología, hablar de violencia social implica enmarcar el problema en la lógica societal -interna y externa- que condiciona sus causas estructuro-coyunturales; por ello, no se puede entender la violencia social salvadoreña, verbigracia, al margen del cambio simbólico propiciado, particularmente, por la trepidante difusión cultural -directa e indirecta- entre los jóvenes, así como no podría explicarse si se le excluye de la dinámica capitalista (falazmente llamada globalización) en tanto proceso supra-violento, y en cuanto constituye un ataque frontal a las precarias condiciones de vida de la mayoría de la gente, sobre todo a través de la privatización de los servicios básicos (energía eléctrica, jubilación, telecomunicaciones, etc.) lo que, más allá de la plusvalía, se troca en una estrategia política que promueve, y mueve, situaciones de frustración y agresividad que se canalizarán entre los afectados, o sea entre quienes dejan el mismo tipo de huellas en su paso por este mundo.
Cuando el problema de la violencia se construye-reconstruye desde la sociología (el hecho sociológico en sí) se transita en el enmarañado campo del control social, por un lado; en el de las inasibles relaciones de poder basadas en ajustes políticos, económicos, socioculturales e ideológicos, por otro; y en sus raíces históricas, por otro más. Lo anterior significa que la violencia social está presente en todas las áreas de la cotidianidad (llenándose de sus especificidades) porque en su interior se reproducen los patrones de comportamiento individual y colectivo, con un referente común que las subordina: el sistema de vida, por lo que esta violencia, en última instancia, se subordina a la dinámica de la sociedad en la que se produce-reproduce y, al hacerlo, se troca en un problema epistémico-práctico, de eso están claros en el Instituto Nacional de la Juventud –INJUVE- y, por ello, impulsan la formación profesional de los jóvenes. A eso lo denomino subsunción real de la violencia social a la estructura social, en tanto mecanismo que marca-remarca la división económica y geográfica de la gente: lugares seguros, amplios y con una calidad de vida propia de la modernidad, versus lugares inseguros, pequeños e insalubres, propios del medioevo.
Construir la combinatoria de esos tres niveles (desde la subsunción real propuesta) nos lleva a una comprensión holística del problema, y a aprehenderlo no tanto como un producto intrínsecamente coyuntural (aunque sí magnificado por la irradiación de medios de comunicación que, con morbo, reducen la noticia a los actos de violencia ejecutados con lujo de barbarie), sino como una de las tantas expresiones de las carencias materiales y espirituales de una sociedad que, por inercia, sustenta sus aparatos político, económico, cultural e ideológico en la violencia (y su impunidad) como ejercicio privilegiado del poder y como referente ideal e irrefutable del éxito inmediato: “en la calle manda el más fuerte, compre camiones Mercedes Benz”, decía un anuncio de hace muchos años. La sociedad enseña, y enseña bien, que está hecha para los más fuertes; los más agresivos; los más listos… para los impunes (pensemos en los buseros) y eso, incluso, es practicado en actos tan simples como: colarse en la fila del Banco; ganarle el único espacio de estacionamiento a otro “más lento”; reinar a sus anchas en la calle porque se tiene un auto más grande; huir con rumbo desconocido con fondos del Estado o de un accidente de tránsito; golpear a la mujer y a los hijos porque son más débiles.
Basta con echar un vistazo a: la publicidad de las empresas; la propaganda política (de ayer y hoy); la agenda noticiosa de los medios de comunicación (particularmente los noticieros de televisión amarillistas que son, por cierto, los de más raiting, junto a las películas cuyo monótono argumento es la violencia por la violencia misma, en el límite patológico); el trato denigrante que reciben los trabajadores; y, también, los contenidos amenazantes del discurso religioso, para darnos cuenta de lo anterior. Por tener, entonces, como principales víctimas a quienes la ejercen (la víctima es, al mismo tiempo, el victimario; el oprimido se convierte en opresor) y por estar propiciada por mecanismos externos que la promueven como parte de la lógica societal, la violencia social debe entenderse como: violencia social alienante, en tanto la manifestación concreta de su agresividad (al igual que la mercancía lo hace en contra del trabajador) se vuelca contra el mismo que la produce, padece o legitima.
Si bien la psiquiatría social proporciona importantes y sustentadas explicaciones en torno a la violencia social, a partir de clasificarla como un estado de demencia social (que es, por definición, un estado de descompensación mental provocado por la crisis económica, la impunidad, la incertidumbre y la pérdida de la identidad cultural, que terminan generando en la población más vulnerable tipos variados de ansiedad y frustración) me parece que eso no es suficiente, por lo que se vuelve un imperativo recurrir a la explicación sociológica, si es que se quiere: primero, comprender el problema más allá de su fenomenología; segundo, explicarlo más allá de los conceptos y juicios de valor anacrónicos; y, tercero, ofrecer propuestas de solución viables, inmediatas y de largo alcance que superen las medidas basadas en la simple represión institucional: leyes más duras en contra de los propios afectados, o la militarización de la sociedad. Esas dos medidas son otra forma de violencia social, pues, al mutilar los derechos civiles de la población, como iniciativa de quienes aplican la justicia, se troca en violencia institucional.
Como hecho sociológico, la omnipresencia de la violencia -un rito universalizado e incomprensible, por amplio y cotidiano- es una desesperada manifestación de la necesidad que sienten las personas de ejercer microversiones de poder (oprimido-opresor); de sacudirse la impotencia que genera el vivir en una sociedad que no sólo condena a la pobreza a la mayoría, sino que, también, ha hecho de la coerción su mejor forma de sumisión, por ser la más barata y familiar.
En medio de esa situación: la variable impunidad, porque de ella depende cualquier acto de violencia, tanto individual como grupal o empresarial. En ese último sentido, encontramos que la violencia social y la injusta distribución de la riqueza se insinúan como directamente proporcionales, aunque tal relación hay que verla como una tentativa de análisis, debido a los componentes subjetivos inmersos en dichas variables. Pero, los hechos –jugando a ser autónomos- se complacen en vincular ambas variables en la historia, por lo que lo menos que se puede hacer es estudiarlas de forma integrada.

 

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