Algo apesta en El Salvador

 

Editorial UCA

La dinámica de los últimos meses no deja concluir que ya se ha visto lo peor, pues cada tanto salta un nuevo caso de corrupción, una nueva falta de ética gravísima. Tres expresidentes (uno preso, otro fallecido y otro refugiado) han sido acusados de apropiarse de dinero del pueblo para su beneficio personal o del círculo de sus allegados, incluido su partido político. Los sobresueldos se revelan como una práctica común que salpica a funcionarios y exfuncionarios por los cuales algunas personas hubieran puesto las manos al fuego. Desde la Asamblea Legislativa se ha favorecido con cientos de miles de dólares a asociaciones que nadie conoce y que más parecen ser fachadas para aprovecharse de los fondos públicos. Grandes empresarios se apropian del IVA, evaden impuestos y compran voluntades para que los salarios mínimos de los trabajadores sean siempre muy mínimos. Periodistas reciben mensualmente dinero del Estado para hacer notas propagandísticas sobre ciertas instituciones públicas.

Lo que más sorprende de todo esto que va saliendo a la luz pública son las reacciones de algunos de los involucrados, en las que dan lección magistral de cinismo. Escudarse en que la práctica de los sobresueldos viene de los Gobiernos de Arena y que se da en muchas partes del mundo es lo mismo que afirmar que la corrupción no es mala porque muchos la practican. Argumentar que se ignoraba que la propia esposa presidía la asociación que se benefició con medio millón de dólares es subestimar la inteligencia de la gente. Decir que el dinero que se recibe mensualmente de una institución pública no es para callar la crítica periodística es enmascarar la falta de ética profesional. Afirmar que los ricos del país ya pagan muchos impuestos y que no pueden aumentar el salario mínimo al nivel de la mayoría de países centroamericanos, y al mismo tiempo pedir que se incremente el IVA, es una muestra de mezquindad y de desprecio a la vida de los trabajadores.

Cuando se comenzaron a conocer todos estos vergonzosos casos, alguien dijo que se estaba destapando una caja de pandora. Por lo que ya se ve, y por lo que falta por ver, lo que se está abriendo más bien es la cloaca del ejercicio de la política al servicio de los poderosos. El problema es que el olfato se acomoda rápidamente a los olores, por repugnantes que resulten al principio. El Salvador apesta a corrupción, escondida, justificada o legalizada. La política ha sido entendida como el arte de saquear al Estado para enriquecimiento personal y para beneficiar a los grupos cuyos intereses se representa.

Por supuesto, la gran víctima de todo esto son los salvadoreños que deben trabajar con denuedo para llevar algo a la mesa, los que sobreviven con el salario mínimo de hambre, la señora que por laborar en el sector informal no tiene derecho a una pensión. Por la cloaca de la corrupción se va mucho del dinero del pueblo, ya sea sustrayéndolo del erario público o no pagando lo que por justicia corresponde. Y esa sangría provoca la falta de medicinas y de profesionales de la salud en los hospitales, las deplorables condiciones de muchas escuelas, el largo rosario de demandas de los pobres no satisfechas. Esto explica que la mayoría de los jóvenes sean apáticos a la política y que los grandes empresarios estén, junto a los políticos, en el sótano de la confianza ciudadana. Hay que repetirlo: El Salvador huele mal.