Cuando la realidad supera al discurso

Ricardo Castaneda Ancheta

Durante cuatro gobiernos de Arena se configuró un Estado exitoso. Exitoso para quienes lo gobernaban. Exitoso para quienes hicieron piñata con lo público por medio de privatizaciones de bancos, empresas públicas, ingenios, administradoras de pensiones. Exitoso para quienes se beneficiaron de las firmas de los tratados comerciales. Exitoso para quienes se beneficiaban de la dolarización. Beneficioso para aquellos que prostituyeron el erario a través del uso descarado de la partida secreta.

Pero también fue exitoso para aquellos grupos de poder que lograron que el patrimonio no pagara impuesto, pero en cambio se gravara el consumo de las personas así fuera que vivieran en pobreza extrema. Durante este tiempo hablaban de lo ineficiente que era lo público, mientras amasaban fortunas a costa de este.

En 2009, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) buscó en un hombre que no era del partido la oportunidad de ofrecerle a la sociedad salvadoreña un cambio. Y ganó. Este cambio debía plasmarse en la política fiscal, porque todo lo demás es discurso vacío mientras no se tengan los recursos y estos no se asignen en los programas que se quieran impulsar. En los primeros años se promovieron diversos programas sociales: ofrecieron educación y salud pública gratuita y empujaron reformas fiscales que les permitieron incrementar los recursos; y mejoraron la progresividad del sistema impositivo (quien tiene más recursos económicos, debe pagar más proporcionalmente ); pero reconocieron que era insuficiente y por ello intentaron alcanzar un pacto fiscal que nunca se logró. La economía continuaba con un crecimiento económico magro, se seguía viviendo en una sociedad construida desde las inequidades y un Estado que no daba resultados.

Es decir, nunca pudieron (o quisieron) desmotar el Estado que había configurado Arena, ni en lo económico ni en lo social; tampoco en un aspecto que otorga legitimidad frente a la ciudadanía: la transparencia. Parece que se acomodaron a administrar un Estado diseñado para proteger intereses mezquinos. Los sobresueldos se siguieron dando, las acusaciones por actos de corrupción incluso han logrado que el primer Presidente del Cambio se encuentre asilado en Nicaragua, por recomendaciones del propio FMLN, para no enfrentar la justicia salvadoreña. Y los cambios, los estructurales, los que de verdad se necesitaban para modificar el rumbo catastrófico del país, nunca llegaron.

A pesar de esto, la población volvió a confiar en el FMLN o votó en contra de Arena. El 1 de junio de 2014 asumía como presidente Salvador Sánchez Cerén, principal dirigente del partido y con el ADN del discurso de un hombre de izquierda. Cuando asumió sabían que se avecinaba una crisis fiscal de gran envergadura con incidencia directa en los resultados que como Gobierno pudieran tener. Resultados a los que se habían comprometido en su plan quinquenal de desarrollo.

En lo económico, hablaron de una transformación productiva. En la práctica implementaron el modelo neoliberal, ese que tanto criticaban. Una de sus estrategias fue apostarle a un aumento del salario mínimo, una medida adecuada pero insuficiente. Apostaron por un modelo de atracción de inversión a través del otorgamiento de privilegios fiscales, un modelo que dicho sea de paso es obsoleto. Por lo que aunque el Gobierno quiera celebrar que el país está en la senda del crecimiento económico, al crecer arriba del potencial y alcanzar un 2.5% en 2016, la realidad demuestra que es un crecimiento raquítico e insuficiente. De hecho, es el más bajo de la región centroamericana. Conformarse con este resultado es muy poco ambicioso; sobre todo cuando las personas ocupadas con una remuneración inferior a la línea nacional de pobreza se han incrementado.

En el discurso, la gran apuesta de los Gobiernos de izquierda ha sido lo social, la inversión en las personas. Uno de los éxitos que se le debe reconocer a esta administración es la caída en la tasa de mortalidad materna, al pasar de 45.6 a 27.4 entre 2014 y 2016. También han disminuido la desigualdad del ingreso y aumentado la cobertura de los paquetes escolares.

Sin embargo, es lamentable el aumento en las tasas de mortalidad infantil y de analfabetismo, así como el incremento en la tasa de pobreza extrema; además de la baja en la tasa neta de matrícula en los niveles de educación parvularia, primaria y tercer ciclo. Cuando en unos años nos preguntemos en dónde están los nuevos liderazgos del país, tendremos que recordar que como sociedad los matamos de niños o de jóvenes, que los dejamos afuera de la escuela o que los expulsamos del país.

Y los indicadores sociales se pueden agravar. Pues, la crisis fiscal se ha hecho presente y esto provocó lo inimaginable hasta hace unos años, que el Gobierno del FMLN actuara como lo haría un perfecto partido de derecha: recortar inversión social para pagar deuda. Al estilo de Arena, pues. Los niveles de inversión social aprobados para 2017 habían bajado a niveles de 2010, y en abril de este año se aprobaron recortes a las cartera de educación, salud − y a otra veintena de instituciones− para pagar los compromisos de la deuda previsional, pues cuando se aprobó el presupuesto no se colocaron estas asignaciones.

Y la situación se agrava cada vez más. El Ministro de Hacienda ya anunció que si no se logra un acuerdo fiscal pronto, se pueden venir más recortes. Pero no de los seguros privados, ni de los privilegios fiscales, por ejemplo. Es evidente entonces que el país ya vive la austeridad, pero la que les podría afectar a los funcionarios públicos, diputados o empresas, sino la que la afecta aquel hogar en extrema pobreza que vio reducido los subsidios que percibía, o aquella persona que tiene que viajar por horas desde los lugares más olvidados del país para pasar consulta en el Hospital Rosales y que le informen que los medicamentos los debe comprar por cuenta propia. ¿De qué sirve alardear que se ha reducido el déficit fiscal, cuando ha sido a costa del bienestar de la población?

Todo esto se pudo haber evitado si el Presidente Sánchez hubiera liderado un diálogo político y social, transparente, participativo e incluyente que desembocara en un acuerdo fiscal integral. A pesar de incluso anunciarlo en cadena nacional, esto nunca se hizo. En cambio, apostaron por negociaciones a puerta cerrada con Arena. Como si la política fiscal les perteneciera solo a los anquilosados partidos políticos. A pesar de haber logrado aprobar la Ley de Responsabilidad Fiscal, ésta solo fijaba las metas, pero no establecía el cómo se iban a alcanzar. Hasta la fecha el Ejecutivo no ha hecho público un documento que contenga una propuesta concreta sobre cómo resolver el tema fiscal.

En el discurso, el Ejecutivo habla de que las personas más ricas deben pagar más impuestos, en la realidad no han presentado una propuesta formal para la implementación del impuesto al patrimonio. En el discurso se quejan de la evasión y dicen que hay que reducirla, en la realidad se les olvida que está en sus propias manos y que es su obligación reducirla ya que ellos están en el poder, mientras los datos demuestran que la productividad del IVA presenta una tendencia a la baja. En el discurso se habla de que se ha incrementado la inversión social, en la práctica la han recortado.

No obstante, el gobierno del presidente Sánchez Cerén, tiene la oportunidad para cumplir lo que se comprometió en el Plan Quinquenal de Desarrollo y para mostrar que eso de denominarse ‘Gobierno de Cambio’ no es solo un discurso vacío. Esa oportunidad es liderar un acuerdo fiscal integral que no se limite únicamente a una discusión recetada desde los organismos financieros internacionales para cuadrar cifras sin importar el bienestar de las personas. Sí, propuesta que proviene de un organismo que ellos antes criticaban.

Mientras no se aborde de manera integral la situación fiscal −ingresos, gastos, inversión, deuda, transparencia, equidad y justicia fiscal, institucionalidad democrática− con la participación incluyente de todos los sectores de la sociedad, el país que queremos solo existirá en la burbuja de los buenos deseos, fuera de ella, la realidad seguirá superando al discurso.