Diálogo y acuerdos por el pueblo, o seguirá la tragedia

Alberto Arene

Los que tuvimos alguna participación de 1977 a 1979 impulsando los diálogos para una salida democrática que evitara la guerra (ver Alberto Arene, “Sobre aquellos diálogos para evitar la guerra…, recuerdos tres décadas después”, en el Blog de Neto Rivas, octubre de 2009), tenemos hoy una percepción similar casi cuatro décadas después. Entonces era la inevitabilidad de la guerra que se nos venía encima; ahora es la casi inevitabilidad de la crisis fiscal-financiera, del camino directo al Estado fallido y la ausencia de viabilidad y futuro de la nación salvadoreña. Mientras el país avanza al despeñadero y la rabia y la impotencia se apoderan progresivamente del sentimiento ciudadano, son cada vez más las voces de aquellos que clamamos por Acuerdos Nacionales que eviten la tormenta perfecta a la que inexorablemente nos dirigimos. Pero al igual que hace cuatro décadas, el imperativo de los acuerdos confronta enormes obstáculos que nuevamente parecen insuperables. Entonces lo fueron y, como previsto, irrumpió la guerra con su secuela de muerte, división, desolación y retroceso económico de un cuarto de siglo.

En efecto, históricamente buena parte del liderazgo salvadoreño se ha especializado en llevar al país a la tragedia. Alimentada por la crisis económica de 1929-32 y la caída de los precios del café, ese liderazgo llevó al hambre, a las revueltas campesinas y a la matanza de miles en 1932. Medio siglo después, el liderazgo de la época nos llevó a la guerra, a otra matanza aún mayor y al éxodo de nuestra gente, hasta que, ochenta mil muertos después y con la tutela internacional, llegó finalmente la paz. Un cuarto de siglo después, nos llevó a liderar el homicidio en el mundo, a la postración económica, a la crisis y ajuste fiscal, y a la inviabilidad e irrelevancia. El liderazgo de los sesenta y setenta nos llevó a la guerra de los ochenta, mientras el liderazgo político de la posguerra –que es el mismo de la guerra– nos llevó a liderar la epidemia social y el homicidio en el mundo, a la postración económica, a la crisis fiscal, y al Estado Fallido hacia el que avanzamos irremediablemente.

Como concluí en “Sobre aquellos diálogos para evitar la guerra…”: “Muchos reconocen en el golpe de Estado de octubre de 1979, en la proclama de la Juventud Militar y en el Gobierno de la Primera Junta, la última oportunidad que nos quedaba a los salvadoreños de realizar los cambios necesarios para evitar la guerra y enrumbar al país por nuevos caminos. Pero esta tesis contrasta con las realidades de la visión del país y del mundo de los liderazgos más importantes del sector privado, de los principales medios de comunicación social, de las organizaciones guerrilleras en ascenso y de la política de los Estados Unidos en Centroamérica. La historia de El Salvador, particularmente en la década del setenta, es la dramática crónica de una guerra anunciada”.

La confrontación y el entrampamiento que ahora enfrentamos llevó al presidente de la República a solicitar al secretario general de Naciones Unidas que nombrara a un enviado especial. El secretario general atendió la solicitud del presidente nombrando al embajador Benito Andión como su enviado especial, teniendo “el mandato de facilitar el diálogo entre salvadoreños para tratar los desafíos claves que están afectando al país”, anunciándolo y presentándolo en la conmemoración del XXV aniversario de los Acuerdos de Paz. El embajador Andión iniciará su segunda misión al país la próxima semana.

Pero como afirmamos la semana pasada en nuestra tercera columna sobre “El mediador de Naciones Unidas”, cuando se analizan “…las condiciones de partida y los escenarios de los dos próximos años para una mediación que conduzca a acuerdos sustantivos de gobernabilidad y desarrollo, no hay razones para el optimismo por: 1. Las realidades de los principales actores políticos. 2. La coyuntura político-electoral que se avecina. 3. Las convicciones de algunos grandes e influyentes empresarios. 4. Los estrechos márgenes de maniobra y persuasión del presidente de la República en su propio partido. 5. La falta de motivación e interés de los principales actores internacionales.

Ya sabemos que sin Acuerdos Nacionales no podremos superar la epidemia social y los índices de criminalidad mundial que lideramos; no podremos enfrentar hasta superar la crisis fiscal en ciernes y el ajuste draconiano que nos espera si no tenemos acceso a recursos suficientes para financiar deudas vencidas, el funcionamiento del Estado, la inversión social, la transformación productiva y la construcción del futuro. Y si seguimos confrontados sin acuerdos, más difícil será salir de la profundidad del hoyo y del retraso acelerado que acumulamos.

¿Volverá el liderazgo nacional a sepultarnos en la tragedia?