Donald Trump conjura contra América

 

Bernard Henry Lévy

Fue una experiencia surrealista, considerando que, en su novela de 2004, La conjura contra América”, Roth precisamente describía la pesadilla siniestra y escalofriante en la que hoy se encuentra Estados Unidos.

Nos reunimos, junto con nuestro amigo en común Adam Gopnik, en el departamento tapizado de libros de Roth en Manhattan, donde se mudó después de anunciar su retiro de la escritura.

Roth había pasado esa mañana frente al televisor y, como muchos norteamericanos, había visto las imágenes sorprendentes de los berrinches del bebé grandulón que, con sus puños diminutos en alto, insultaba al establishment de Estados Unidos, al pueblo estadounidense y al mundo.

Como saben sus lectores, el autor de La conjura contra América tiene una debilidad especial por las heroínas literarias. De modo que reflexionamos sobre el caso de Melania Trump, la nueva primera dama, que mantuvo un aire curiosamente ausente durante toda la ceremonia. ¿Estaba proyectando lucidez? ¿Estábamos observando el aspecto de alguien que conoce íntimamente las catástrofes que todavía están por venir? ¿O ella era simplemente la joven más hermosa de la fiesta -aquella a la que un adolescente ávido había invitado a bailar y luego abrazó con fuerza?

El mundo hoy está escribiendo colectivamente una nueva novela. Roth condensó con gran maestría los elementos trágicos y cómicos de este proceso, y hablamos de las fuerzas que podrían hacer frente a la ola oscura de vulgaridad y violencia en el gobierno de Trump.

La primera es el pueblo soberano, que se volcó a las calles de cada ciudad importante del país sabiendo que, en términos de votos totales, son ellos, no Trump, los que ganaron la elección.

Segundo, hay algunos republicanos que entienden que Trump, el ex demócrata devenido populista, y el Partido Republicano que utilizó como trampolín hacia el poder están en una lucha a muerte.

Una tercera fuerza es la CIA, cuyo cuartel general Trump visitó al día siguiente de su asunción. Se ubicó frente al Muro Conmemorativo -en el que están gravados los nombres de 117 agentes que han sido asesinados en cumplimiento del deber- y se felicitó a sí mismo de una manera grotesca y pueril por la cantidad de seguidores que habían ido a Washington a celebrar su asunción, sin hacer ninguna mención a los caídos.