El futuro de Trump

 

José Manuel Ortiz Benítez

En el mundo de los negocios, se distinguió como un timador de mal gusto. Fue despreciado por muchos en Nueva York más por su carácter mezquino y su deshonestidad que por su extravagancia caricaturesca. Timó rutinariamente a contratistas y trabajadores. Engañó a sus acreedores. Violó las normas del juego en los casinos. Se jactó de hacer contribuciones caritativas que nunca hizo. Promovió pequeñas estafas como la Universidad Trump. Se burló de las mujeres y los minusválidos. Insultó a los inmigrantes, especialmente a los mexicanos y musulmanes.

 

En los 90s, a medida que sus bancarrotas aumentaban, perdió la capacidad de obtener crédito de los bancos estadounidenses más grandes y de mayor reputación.

 

En el extranjero, promovió su “brand” como apuesta inexplicablemente atractiva, ignorando normas  y obligaciones legales, y se unió con socios comerciales flagrantemente corruptos.

 

En Azerbaiyán, fue parte de un negocio cuya única actividad comercial podría haber sido el lavado de dinero. Y, sin embargo, siempre ganaba, evitando demandas y peligros legales, sobre todo porque interpretaba a la perfección el comportamiento del buen timador, el que nunca es aprehendido y castigado por la ley.

 

Y todo el tiempo vivió, adquiriendo un estilo de vida típico de un dictador del tercer mundo o de un oligarca amante de la extravagancia. Su exceso era su propia marca.

 

Como político, Trump ha demostrado poco esfuerzo en descubrir y practicar las cualidades de la modestia, la escrupulosidad o la seriedad que se espera de puesto público global.

 

A lo largo de las primarias presidenciales, tuvo éxito en gran medida debido a su desafío a lo establecido, a lo convencional, a lo políticamente correcto. Envalentonado por su asombrosa exposición y aceptación de parte del electorado, sobre todo el ultraconservador, y gracias a sus primeras victorias en las primarias, llegó a verse a sí mismo como un ser invencible.

 

Nada podía lastimar a Trump. Incluso el mismo Trump parecía aturdido por su propia obstinación. “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos “, dijo Trump, mientras hacía campaña a principios de 2016.

 

El fatídico resultado llegó, y Trump fue oficialmente proclamado presidente de EE.UU. el 20 de enero de 2017. Trump había realizado el sueño que siempre quiso ser, el hombre con poderes infinitos.

 

Todo este tiempo, sus seguidores le han dado al presidente Trump todo el poder y la razón que ha querido.

 

Hasta ayer. Por sorpresa y a espaldas de la Administración Trump, el Fiscal General Ajunto de EE.UU. Rod Rosenstein, designó a Robert Mueller, ex director del FBI, como fiscal especial para investigar la conexión de la campaña de Trump y la trama rusa en las elecciones de 2016.

 

Mueller es un tipo con una independencia a prueba de balas y su nombramiento ha puesto la presidencia de Donald Trump en jaque.

 

Sin embargo, sea cual sea el resultado que presente Robert Mueller en los próximos meses, nadie espera una resignación de parte de Trump. No tiene por costumbre retroceder y menos ahora que realmente es el hombre más poderoso del mundo.

 

El presidente Trump sobrevivirá hasta que pierda el apoyo del Partido Republicano. Los líderes republicanos en el congreso, Mitch McConnell y Paul Ryan, no están acostumbrados a actuar por un ataque de conciencia moral. Pero en algún momento, y puede que venga pronto, comenzarán a sentir la presión de los constituyentes republicanos en los estados bisagra que pueden provocar un cambio de poder en el Senado y la Cámara de Representantes.

 

Únicamente cuando el pellejo de los líderes republicanos esté en peligro, el partido le retirará el apoyo y ese puede ser el fin del futuro del Presidente Donald Trump.

 

José Manuel Ortiz Benítez es columnista salvadoreño en la ciudad de Washington, DC. @jjmmortiz