El grave problema de ser profesor aquí

maestra

José Luis Escamilla
“Lo que la humildad no puede exigir de mí es mi sumisión a la arrogancia y a la rudeza de quien me falta el respeto. Lo que la humildad exige de mí, cuando no puedo reaccionar como debería a la afrenta, es enfrentarla con dignidad”.
Paulo Freire

El oficio de profesor es uno de los privilegios más complejos dentro de las actividades humanas, porque el educador asume el compromiso de estudiar para los demás, imaginar mundos posibles junto a los demás y revolucionar la realidad con los demás. Pero el ser humano que devenga un salario como maestro y no concibe su trabajo a partir de las premisas anteriores, definitivamente que no posee las competencias fundamentales para ejercer la docencia.

La realidad nos indica que existen miles de docentes que no son profesores y, por supuesto, que también hay profesores que no necesitan el título de docente para enseñar; pero el problema es cómo le haremos para dignificar el oficio de profesor en nuestra sociedad, que de acuerdo con la historia del magisterio salvadoreño del siglo XX se encuentra atrapada en dos “supuestos” políticos: por un lado lo conciben como “un peligro subversivo” y como personas con “formación técnica al servicio de la instrucción académica”; y por otro “como aliados naturales al servicio de las causas justas” y con “conocimiento crítico frente a las injusticias”.

Múltiples son las discusiones que se han realizado en torno a la educación en El Salvador del presente. Existen planteamientos con conocimiento técnico desde la perspectiva de los especialistas en pedagogía que casi no son escuchados, opiniones de políticos y dirigentes gremiales que rayan en el ridículo y aquellos que creen que saben sobre el asunto, pero nunca han estado en el aula como formadores. A lo que debe agregarse que entre las diatribas folclóricas locales sobre educación, se terminan imponiendo y ejecutando las disposiciones que manda quien financia los préstamos.

Para comenzar a reflexionar en serio sobre el cambio social en nuestro país debemos poner en el centro el trabajo del profesor, eso sí, teniendo conciencia de lo que significa la labor de formar ya que el encuentro en la escuela, la comunicación educativa y el contacto cotidiano en la comunidad quizá sea el momento más sublime para iniciar el proceso de enseñanza y aprendizaje. Pero como dice el viejo adagio: “la infraestructura determina la superestructura”; es decir, no puede haber educación de calidad sin las condiciones materiales mínimas de producción –en este caso de conocimiento-.

En el plano de los recursos humanos es importante valorar todos los esfuerzos encaminados a la actualización docente; sin embargo, debe transitarse hacia la modificación de la herencia de los vicios del pasado. Para el caso, sería interesante ordenar de forma sistemática la correspondencia entre el campo de especialización del profesor y las asignaturas que imparte, entre la formación académica y el nivel educativo que atiende; así como el cumplimiento del ascenso en el escalafón y su correspondiente remuneración digna. En este contexto, tampoco se debe soslayar que la autoevaluación con fines de mejora, la evaluación institucional y la evaluación del desempeño son los mecanismos más confiables para operar los cambios y las retribuciones salariales actualizadas.

Los retos para el profesor salvadoreño son múltiples. Primero, es necesario tener conciencia sobre la responsabilidad de lo que implica participar en el proceso de formación de otros seres humanos; segundo, es indispensable reconocer que no se puede hacer docencia sin investigación educativa y actualización del conocimiento; tercero, la retribución económica debe ser acorde con el trabajo; cuarto, asumir la evaluación del desempeño como base para la formación constante y quinto, avanzar hacia la autodeterminación del magisterio.