El Salvador avanza, un paso adelante, un paso para atrás…

Jorge Castillo

El esfuerzo que la institucionalidad democrática del país realiza para luchar contra el flagelo de la corrupción, si bien es insuficiente, resulta determinante para sentar las bases del saneamiento de nuestra burocracia, que no solo en El Salvador sino también en otras latitudes, ha sido generadora del más vil enriquecimiento ilícito de quienes desempeñaron puestos públicos.

Aún recuerdo los inauditos relatos de un exdirector de migración, un excomandante de aduanas y un exdelegado de la Corte de Cuentas (los tres ya fallecidos) recabados a propósito de una investigación académica sobre corrupción estatal. Los tres coincidían en que eran sacos llenos de colones los que trasladaban a sus jefaturas superiores, como producto de la corrupción que antes se gestaba en las fronteras terrestres, marítimas y aéreas. Mucha de esta plata llegó a parar a manos de dirigentes de más de algún partido político. Hoy en día, resultaría temerario y torpe que funcionarios públicos de ese tipo practicaran, de manera tan abierta y vergonzosa, ese tipo de actos.

Parece que con el tiempo la cosa se sofisticó y elevó su nivel decisorio y operativo. De hecho, en nuestro esquilmado país, dos expresidentes han sido puestos tras las rejas (uno de ellos ya fallecido), otro más anda huyendo, so pretexto de considerarse perseguido político, en medio del insólito hecho que quien actualmente gobierna es el mismo partido que lo llevó al poder; un exfiscal general está preso y varios importantes exfuncionarios públicos están siendo investigados por, presuntamente, haberse enriquecido ilícitamente.

Todo esto habla muy bien de la musculatura que ha venido adquiriendo nuestra propia institucionalidad, especialmente la que ha sacado pecho desde los ámbitos fiscal, de probidad y de justicia constitucional.

Justo es reconocer el decisivo papel que han tenido tres notables hechos. Primero, la aprobación y vigencia de una modernísima Ley de Acceso a la Información Pública. Segundo, haber resucitado la añeja Ley sobre el Enriquecimiento Ilícito de Funcionarios y Empleados Púbicos, que por décadas e intereses creados estuvo suspendida en el tiempo. Por cierto, quienes hoy en día se desgarran las vestiduras señalando la corrupción del presente, no movieron un tan solo dedo en el pasado para dar paso, ni a una normativa como la primeramente mencionada, ni a la aplicación de la segunda. Tercero, el decidido rol desempeñado por la anterior administración estadounidense, cerrando filas para no tolerar (nunca más) la “corrupción generalizada” en los países del Triángulo Norte. En este último aspecto, fue innegable y decisorio el papel de Joe Biden, quien ha sido el Vicepresidente gringo que más ha conocido y comprendido la corrupción política en Guatemala, El Salvador y Honduras, un verdadero cáncer que ha carcomido el tejido ético y moral de quienes han gobernado estos países y también de aquellos privados (y testaferros) que han cohonestado con tales gobernantes, en función de ensanchar sus negocios.

La ciudadanía honesta debe reconocer el rol ejecutado por los valientes comisionados, hasta ahora al frente del instituto rector del acceso a la información  pública; el de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, en general, y de la Sala de lo Constitucional, en particular, por devolverle la dignidad perdida a la Sección de Probidad. Por cierto, dado que la vida es cíclica, quien fue precursor en cercenar funciones importantísimas de dicha unidad organizativa judicial, ahora está siendo llevado a juicio, precisamente por enriquecimiento ilícito.

En materia de lucha contra la corrupción, con todo y los avances y retrocesos históricos que hemos tenido, no hay duda que el país camina. Ojalá que desde la conducción de los tres órganos fundamentales de gobierno se tome  conciencia del imperativo de no aflojar en la lucha contra la corrupción, pues de ello dependerá el efectivo y honesto funcionamiento de nuestra institucionalidad que, al final de cuentas, es dirigida por personas de carne y hueso, por tanto, sujetas a ser corrompidas en cualquier momento.