El Salvador, es hora de conocer la verdad

revistafactum.com Octubre 17 2017. A los muertos se les debe respeto, a los vivos nada más que la verdad.

-Voltaire.

La verdad sobre la masacre que la Fuerza Armada de El Salvador ejecutó en los caseríos El Mozote, La Joya, Los Toriles y Ranchería de Morazán en 1981 ha logrado sobrevivir a todos los intentos que hizo el Estado salvadoreño durante los gobiernos de Arena y el FMLN para ocultarla, para proteger a los culpables y para intimidar a las víctimas. Ha sobrevivido gracias al valor de los campesinos que sobrevivieron aquel terror y ahora, ante un juez de la república, no dudan en acusar a quienes mataron.

La verdad sobre la masacre de El Mozote lleva dos semanas ventilándose en un tribunal de San Francisco Gotera, la cabecera departamental. Hasta ahí han llegado, entre muchos otros, Lucía Romero Vigil, María Teófila Pereira y María Amanda Martínez Vigil a contar lo que vieron entre el 10 y el 13 de diciembre de 1981: a “los soldados” matando y torturando durante uno de los operativos de tierra arrasada más crueles de la guerra civil salvadoreña. A contar lo que les tocó de los más de mil asesinatos que el Ejército ejecutó aquellos días, de la masacre más grande cometida en América Latina en el siglo XX.

No resultó fácil que esa verdad, la de los muertos y sus deudos, sobreviviera.

Primero fueron los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y José Napoleón Duarte en El Salvador, aliados en los esfuerzos contrainsurgentes de Washington en Centroamérica, que empezaron diciendo que las primeras denuncias periodísticas de la masacre no eran más que propaganda comunista. Y luego, en una formulación que se convertiría en guion predecible en otras masacres, dijeron que los autores eran solo manzanas podridas en el Ejército.

“La carnicería se veía por todos lados. Vi los cráneos, las cajas torácicas, fémures y tibias que asomaban del ripio de casas junto a juguetes de niños, máquinas de coser destrozadas y utensilios de cocina. Había catorce cadáveres alineados en los bordes de un cultivo de maíz bajo las hojas verdes de palmas de banano”. Así describió la masacre el periodista estadounidense Ray Bonner, quien en los años ochenta cubrió la guerra salvadoreña para The New York Timesy fue uno de los primeros en llegar al norte de Morazán durante los últimos días de diciembre de 1981.

En su libro “Debilidad y decepción: la política estadounidense en El Salvador”, Bonner explica en detalle la ocultación orquestada en Washington. Cuenta, por ejemplo, cómo Thomas Enders, un alto funcionario del Departamento de Estado, mintió al Congreso de los Estados Unidos en 1982 al decir que no había evidencia de que las “fuerzas del masacraron sistemáticamente a civiles” en la “zona de operaciones” de Morazán. A esas alturas, según revelarían luego cables desclasificados, Washington sabía todo sobre la masacre y la participación del batallón Atlacatl.

Esta negación, la inicial, duró casi toda la guerra.

Después fue una de las falacias más dañinas que gestó la posguerra salvadoreña, esa según la cual El Salvador no tenía que conocer la verdad sobre las barbaridades cometidas durante el conflicto si quería sanar sus heridas y mirar hacia adelante.

El candado a la verdad que puso la Ley de Amnistía de 1993 -hoy revisada en parte por la Corte Suprema de Justicia- también sumió a la verdad sobre El Mozote en la oscuridad. Esto amerita un aparte, ya que ese candado es responsable, en gran parte, de la impunidad que ha seguido agobiando a la democracia salvadoreña desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1992.

Decenas de académicos, abogados, organismos internacionales y juicios penales concretos, desde los realizados contra los nazis en Nuremberg hasta los que expusieron las barbaries de la dictadura argentina de los años setenta, han demostrado que la revisión judicial de crímenes del pasado ayudan a que el Estado se fortalezca a sí mismo para asegurarse de que sus agentes no maten a sus conciudadanos o sean incapaces de brindarles justicia.

El entramado de ocultación oficial que evitó durante la década de la guerra que las víctimas de El Mozote contaran su verdad continuó vigente en la posguerra con una Policía ineficiente y vinculada, una Fiscalía timorata y desinteresada, y un sistema judicial carcomido por la corrupción, proclive a fallar para beneficiarse a sí mismo antes que para impartir justicia.

Nada de eso cambió con la llegada del FMLN al poder en 2009. De hecho, como queda establecido en el especial periodístico que Revista Factum presenta a propósito del histórico juicio por la masacre, los hombres bajo el mando del general David Munguía Payés, ministro de la Defensa en las dos administraciones efemelenistas, han negado información vital para los intereses del Estado que representa la Fiscalía en este caso, han intentado amedrentar a los testigos e incluso han facilitado recursos a los imputados y sus defensores.

Ironías de la historia: a las víctimas de El Mozote el Ejército las mató en el marco de una estrategia contrainsurgente destinada a debilitar a la guerrilla del FMLN en las montañas de Morazán. 36 años después, agentes de un gobierno del FMLN ponen trabas a la verdad que los sobrevivientes de la masacre se empeñan en contar y a la justicia que siguen exigiendo.

A pesar de todo, los sobrevivientes, las víctimas y sus deudos, no cejaron nunca en el empeño. Como Lucía Barrera de Cerna, la mujer que vio a otros soldados asesinar a seis sacerdotes jesuitas y dos mujeres en la UCA, se empeñó en contar lo que vio y sufrió, Lucía Romero Vigil, María Teófila Pereira, María Martínez Vigil y otros han desafiado a la oscuridad, al miedo, a la indolencia y la complicidad del Estado con los asesinos.

Ellos, las víctimas de El Mozote, son hoy testigos en el juicio que se lleva a cabo en Gotera. Su valor es un desafío para todos, un desafío bueno, que nos tiene que obligar a perder el miedo a la verdad, a conocer las atrocidades sobre las que se ha construido nuestro presente como nación. Solo si aceptamos ese desafío podremos hacernos una idea de cómo empezar a desmontar todos los entramados que nos siguen negando justicia.

En Revista Factum entendemos que el juicio por la masacre de El Mozote es uno de los eventos judiciales más importantes en nuestra historia moderna, por eso presentamos un especial periodístico que quiere dar voz a las víctimas, exponer de nuevo la negligencia del Estado y recordar cómo la Fuerza Armada de El Salvador mató a más de mil personas.