EL SALVADOR. San José Las Flores: La vida sin violencia ni desencanto

        

Róger Lindo – Contrapunto.com-Las Flores no es necesariamente un modelo, pero cuando el resto del país se extravía en un hoyo negro de violencia hace bien en mantenerse como una ínsula

Una calurosa mañana de finales de abril, un grupo de estadounidenses se presenta en la Escuela Primaria de San José Las Flores, al oriente del departamento de Chalatenango. Además de un lote de útiles escolares, traen consigo canciones y bailes recolectados y adaptados por estudiantes de Cambridge, Massachusetts para los niños chalatecos. Afuera, a pocas cuadras del plantel, centenares de campesinos hacen fila para recibir una dotación de semillas suministradas por el Gobierno.

No es la primera vez que llegan visitas de esa ciudad estadounidense. No han parado de venir desde que Cambridge adoptó Las Flores como “ciudad hermana” en 1987. Estábamos en plena guerra civil y el pueblo chalateco necesitaba desesperadamente apoyos en todo el mundo: un centenar de civiles, desafiando al Ejército que quería despoblar la zona para quitarle “el agua al pez”, es decir, liquidar la base social de la guerrilla, estaba repoblando Las Flores, casi reducido a la condición de pueblo fantasma, con más audacia que recursos.

Al frente de la delegación de nueve personas se encuentran Nancy Ryan, Cathy Hoffman y Rachel Wyon, fundadoras del proyecto de ciudades hermanas. Durante cinco días van a reunirse con las autoridades locales, incluyendo la junta directiva, para conocer las novedades y los avances alcanzados por los pobladores desde la última visita hace dos años.

Escala de rigor es la escuela primaria. Ofrece desde kínder hasta octavo grado y es sin duda el proyecto más preciado del pueblo. Las aulas parecen tan bien equipadas como las de un país mucho más rico. Los estudiantes también cultivan un huerto, participan en talleres de danza, radio, jardinería y bisutería. Se miran saludables, bien alimentados, llenos de autoconfianza. El que entra aquí se lleva la impresión de una especie de Shangri-la. “La escuela”, dice Ryan, “es la cosa más importante para el proyecto de solidaridad de Massachusetts”.

Las Flores abrazó el modelo de “educación popular” del brasileño Paulo Freire en medio de las balas, las guindas y la miserias de la guerra. “Las primeras clases se impartieron debajo de un palo de mango. Una tabla era la pizarra”, cuenta Nelson Orellana, el director de la primaria.

Educar ha sido el proyecto de su vida. Aún no acababa el quinto grado de primaria cuando la comunidad lo eligió “maestro popular” al frente del tercer grado. “La vez que lo conocí estaba dando clases bajo un árbol y estudiando en la tarde”, dice Ryan.

Las Flores fue recientemente declarado municipio libre de analfabetismo. “En este pueblo”, explica Rosa Esperanza Navarrete, la maestra de segundo grado, oriunda del municipio como todos los maestros de la primaria, “no hay niños que no vayan a la escuela”. Se logró gracias a una campaña para persuadir a las familias sobre la importancia de enviar a sus hijos a las aulas. Adicionalmente, se echó a andar un programa de alfabetización de adultos con apoyo del Gobierno.

Un pueblo blindado

 

 

El bien más preciado en Las Flores, especialmente en lo que toca al bienestar de los menores, es la seguridad. Al acabar la guerra, mientras el resto del país se rendía al poder de las maras y el crimen organizado, el municipio se aisló del exterior, se blindó. Las Flores es una comarca donde las pandillas no entran, y donde no se ha registrado un homicidio en años. Su historia de retaguardia guerrillera, el recelo hacia los extraños y su emplazamiento remoto han contribuido a hacer de esta una de las comunidades más seguras del país.

“Para que entre alguien aquí tiene que ser aceptado” asegura el alcalde de Las Flores, Felipe Tobar. Va por su segundo período y es uno de los “históricos” –los que se curtieron en la guerra y mantuvieron vivas las estructuras del Poder Popular Local (PPL) frente a los bombardeos y operativos de tierra arrasada del Ejército.

“En toda asamblea que hacemos se hace énfasis en que hay que tener cuidado para no venderles solares o algún terrenito, ni alquilar casa a gente desconocida, ya que pueden ser pandilleros”, recalca Tobar.

Pero tampoco los conocidos son bienvenidos. Con ellos podría llegar “gente mala”. Dijo el alcalde que en poblaciones más permisivas del departamento ya se han asentado narcotraficantes o pandilleros. “Ha habido delincuencia tremenda y se han matado muchachos buenísimos, hijos de compañeros buenísimos. Y ¿quién controla eso?”, continua.

Recientemente pidieron ayuda al Ejército para reforzar la seguridad del municipio, después que gentes venidas de fuera, “reconocidos maleantes” a decir del jefe municipal, se instalaron en el Portillo de los Guardado, a cinco minutos de aquí. Lo cierto, concluye, es que los ocho o nueve agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) que cuidaban la plaza ya no bastaban. Con las licencias y permisos, la fuerza policial quedaba reducida a cuatro o cinco en un día dado.

En la lista de los que no pueden asentarse en estas tierras figuran las compañías mineras transnacionales. En 2014, la mayoría de los pobladores del cantón adoptó la veda contra esa industria mediante consulta popular después que una empresa canadiense mostrara interés en explorar los depósitos auríferos en la zona. Los canadienses ofrecieron invertir en infraestructura y escuelas a cambio de que Las Flores se abriera a la explotación aurífera, pero pesó más la preocupación por los daños que la minería podía traer al medio ambiente que el interés por esos supuestos beneficios. Otros pueblos en esta parte del departamento también se han pronunciado contra las minas.

Poder local

Las Flores es una comunidad de poco menos de 1,700 habitantes que vivió toda la crudeza de la guerra. Una masacre de civiles fue perpetrada a cinco kilómetros de aquí, en la confluencia de los ríos Sumpul y Pacacio. Un sondeo de finales de los noventa reveló que cada una de las familias del municipio había perdido un promedio de seis integrantes. Las armas de guerra que se exhiben en el kiosco del pueblo –incluyendo un mortero 120 mm que la guerrilla le arrebató al Ejército– son un recordatorio de ese pasado.

Cuando la guerra quedó atrás y los jefes guerrilleros se marcharon a San Salvador, Las Flores decidió mantener vivo el poder popular de los días de la lucha, distanciándose del “cada quién por sus huesos” que imperó en la posguerra. La sobrevivencia es dura, pero aquí las cosas se discuten y se deciden en colectivo. Cada obra y cada proyecto que acomete el municipio debe ser beneficioso para la comunidad. La junta directiva de pobladores tiene igual peso que la Alcaldía y juntos discuten y deciden qué quieren y cómo lo harán.

Encarada con un Estado depauperado, y a falta de industrias, Las Flores ha sabido sacar provecho de contactos en el exterior que, como el de ciudades hermanas de Cambridge, se remontan a la época de la guerra. Sin la ayuda de fuera, librado a sus propios recursos, la situación de Las Flores sería tan precaria como la de cualquier otra población rural en El Salvador. La cooperación española ha sido invaluable para la propia existencia de la comunidad. De España vinieron los fondos que hicieron posible que las familias que se instalaron aquí en 1986 –la mayoría de los pobladores originales habían abandonado sus viviendas y no regresaron–, regularizaran la propiedad de las viviendas. La presencia ibérica se advierte durante la visita de la delegación de Cambridge a la primaria. Dos maestros españoles de educación física alternan con los alumnos en el recreo. Son cooperantes de la Solidaridad Manchega con los Pueblos del Mundo (Solman) Castilla-La Mancha.

Las Flores aprecia especialmente el rol que juega la hermana española María Teresa, de la Congregación de la Asunción, cuyos contactos, especialmente con España, han sido clave para gestionar valiosos proyectos para el municipio. Llegó al inicio de la repoblación, y ha estado al lado de los floreños en las buenas y en las malas. Juntos resistieron los asedios del Ejército, y han sobrellevado los retos que les lanzaron, la paz y la reconstrucción.

Otra forma de vivir

Si bien Las Flores se ha logrado mantener a salvo de las pandillas y otras presencias nefastas, las influencias del exterior –la migración, los celulares, el internet– son inevitables¬. La irrupción más importante de la posguerra ha sido la construcción de la carretera Longitudinal del Norte que pasa a diez minutos de aquí, acortando radicalmente los tiempos de conexión con la cabecera, con la capital, con el país. Para bien o para mal, la calle ha empezado a transformar la comarca. Los agricultores y sus productos tienen finalmente salida al exterior, pero al mismo tiempo, así lo dicen varias investigaciones y los propios moradores, la vía favorece la circulación de maleantes y el narcotráfico.

El impacto de la migración también se deja sentir en Las Flores. No ha habido tantos migrantes como dice Tobar que ocurre en Guarjila, el pueblo vecino, pero el fenómeno se da. “Hay muchos que se van. Dejan los hijos con los abuelos, y eso ya no es igual: los cipotes ya no le obedecen al viejito, y por eso es que se ve montón de cipotes jóvenes aquí a veces bolos”. Los que salen peor en la escuela, dice el director de la primaria, son los niños que reciben remesas.

Las Flores se han anclado en un modelo de agricultura tradicional, de subsistencia. Desafortunadamente, la única opción que le ofrece el mundo globalizado es la minería. A menos que en esta parte del país ocurra el equivalente de una revolución productiva, para estos niños las oportunidades serán un batallar cuesta arriba. Van con los smartphone en la mano, pero el siglo XXI se les escapa con sus supuestos beneficios.

¿Cómo se explica que siga fluyendo la cooperación internacional a este remotísimo lugar?

En una reunión con el grupo de Cambridge, los miembros de la junta directiva describen los proyectos comunales que tienen en marcha: el taller de artesanías, el mini súper, el comedor, la sastrería, el proyecto ganadero –167 cabezas de ganado. Son logros modestos, pero invaluables para una comunidad unida. Su plan más exitoso, un verdadero orgullo para los floreños, es el turicentro, un complejo con piscinas y cabañas levantado de la nada en la ribera del río Sumpul, no muy lejos de la infame matanza. Con los dividendos que se sacan aquí se pagan beneficios como el programa de atención a ancianos.

A lo largo de casi 30 años, el proyecto de ciudades hermanas de Cambridge ha encontrado genuinas razones para retornar una y otra veza San José Las Flores, por cuyos humildes logros siente una sincera admiración. Las Flores “nos inspira con su visión de una sociedad que vive para la paz y para resolver sus problemas comunes”, escribe Cathy Hoffman, semanas después de su última visita, en un mensaje de correo electrónico. “Cada vez que vamos tenemos la oportunidad de renovar amistades, y constatamos los avances que se hacen en educación, en salud, en reforestación, y tenemos también la oportunidad de admirar esa bella forma colectiva que tienen de gobernarse”.

Poco después de la firma de los acuerdos de paz, en 1992, el proyecto incorporó en sus giras a estudiantes de las escuelas de Cambridge. Jóvenes blancos, afroamericanos, latinos, de clase media y trabajadora, así como salvadoreño-americanos que nunca antes pusieron pie en estos terrenos. Son encuentros entre dos mundos que los educan sobre la guerra y la paz, la economía globalizada, la sociedad de consumo y la posibilidad de construir comunidades distintas.

Ryan confía en que Las Flores seguirá progresando y logrará mantener su carácter excepcional. Ha visto emerger una nueva generación de líderes en vías de reafirmarse. “La mayoría de directivos son gente joven”, afirma Douglas Serrano, el presidente de la junta directiva. Él, la maestra Navarrete y Orellana, el director de la primaria, eran apenas niños cuando la guerra retumbaba en los cerros La Bola y la Cruz, y en las propias calles, entonces empedradas, de Las Flores. Su reto es preservar el estilo de vida que el pueblo escogió al terminar la guerra, sin asfixiarlo, continuando la apuesta por la educación y la protección de sus recursos.

Las Flores no es necesariamente un modelo, ni tiene el rango de experimento o plan piloto. Tampoco alberga esas pretensiones. Pero cuando el resto del país se extravía en un hoyo negro de violencia y desencanto, este pueblo enclavado entre montañas remotas hace bien en mantenerse como una ínsula. Reconforta saber que esta comunidad existe, y que tiene una manera distinta, deliberada de ver y organizar la vida, y sabiduría para precaverse de lo que ofrece el presente.