El Salvador y sus embajadores del odio

Erick Iván Ortiz

Somos una sociedad binaria. Nos educan estimulando una percepción binaria del mundo, a entendernos y a desarrollarnos así: divididos en dos bandos, en dos clases, en dos ideologías, en dos sexos, en nosotros y los otros. Izquierda o derecha, negro o blanco, rico o pobre, sin matices. No hay intermedios. El contraste, la diferencia y la disidencia son mal vistas.

Padecemos de un profundo desconocimiento y desconfianza a la diversidad, y esto se manifiesta siempre que se busca la posibilidad de acuerdos, a entendimientos en los que inexorablemente habrá que ceder frente a esos otros. Cuando se trata de temas sociales poco tratados y poco debatidos, los grupos fundamentalistas y ultraconservadores de ambos lados sacan a pasear la virulencia, que llega a ser obsesiva, implacable y cruel.

El último caso es el de Rossemberg Rivas, un talentoso artista visual, un diseñador de experiencias, como él mismo prefiere describir su arte, cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional. Rossemberg ha sido nombrado, desde marzo de 2017, como embajador artístico de la Marca País: El Salvador grande como su gente, junto a ocho personas más que se destacan en distintas áreas productivas y que proyectan al país en diferentes espacios. Por su trayectoria, para El Salvador es un lujo contar con el genio creativo de Rivas como embajador de nuestra marca país.

Pero en lugar de lucirnos orgullosos de nuestra marca y sus embajadores, en las últimas horas hemos atestiguado la crudeza de la discriminación, el peso de la ignorancia y el éxito del discurso homolesbotransfóbico que nos polariza como ningún otro. Se comprueba, una vez más, que la sexualidad ajena es un tema que despierta pasiones que se extrañan a la hora de discutir temas de trascendencia nacional. A veces pareciera que moviliza más la homofobia que el ímpetu anticorrupción y a favor de la transparencia. Muchos se creen que el país camina al precipicio por un poco de inclusión, ojalá que así de férreo fuese el tono de urgencia cuando se discute la seguridad ciudadana, a las pensiones o la crisis fiscal que sí nos tienen al borde del abismo.

En El Salvador nadie se queja de esta manera cuando cancillería nombra o mantiene como embajadores (con inmunidad y privilegios) a personajes con serios señalamientos de corrupción, lavado de dinero y tráfico de armas. Sin embargo, alguien cuya expresión de género es disidente de los cánones tolerables por nuestra machista y misógina sociedad es un desatino que merece el escarnio público. Este comportamiento deja al desnudo, otra vez, la incapacidad de privilegiar las aptitudes y capacidades profesionales de una persona por encima de su vida privada.

Y hay que decirlo, la nuestra es una sociedad hipócrita en la que existe una suerte de pacto tácito: es posible ser una persona LGBTI y ser tolerada, siempre que esta tenga una posición económica cómoda o bien que esa parte de su vida sea lo más invisible posible. Es decir, siempre que se sea discreto y se viva dentro del clóset. Claro, siempre será más potable socialmente ser gay y masculino, lesbiana y femenina. Un poco de pluma y la historia es distinta. Ahí aflora con especial aspereza la intolerancia a la diferencia y el rechazo a la diversidad de nuestra propia naturaleza humana.

Para muchos salvadoreños y salvadoreñas, la orientación sexual, identidad y expresión de género descalifica a una persona LGBTI para ser parte del funcionariado público, para tener un cargo político o de elección popular. Hace algunos meses, cuando formé parte de la dirigencia de la juventud de ARENA, el odio y la saña por mi sexualidad también fue la principal línea de ataque dentro y fuera del partido. El actuar de algunos personajes y satélites conservadores reveló que consideraban una afrenta grave que en ARENA estuviese el primer dirigente político abiertamente gay. Fue tanto, que mi salida de la Dirección Nacional de la JRN la hicieron entender públicamente como una depuración por mi orientación y pensamiento, cuando en realidad tuvo más que ver con otro tipo de situaciones internas. Pero el morbo por la sexualidad vende más porque tiene más clientes, aunque eso signifique pasar por encima de la verdad y la dignidad de las personas.

El caso de Rossemberg es solo uno más en la larga lista de ataques que vivimos las personas LGBTI, ataques para los que no hay un refugio seguro, porque aparecen en nuestras familias, en los centros de estudios, en el trabajo y en la mayoría de espacios de interacción social. Los ataques van desde una burla o un insulto, hasta el asesinato. Es importante denunciar todos y cada uno de estos casos. Con las cifras de ataques al alza y un discurso ultraconservador, que va caldeándose según se acerca el período electoral, es indispensable que como ciudadanía exijamos que se deje de instrumentalizar la temática LGBTI con fines políticos y electorales. Y debemos hacerlo todos como ciudadanía, no solo las personas LGBTI. Desmontar el círculo de la violencia y la conflictividad social pasa por comprender que la construcción de una sociedad más justa, inclusiva y pacífica es de responsabilidad compartida y que cuando se avanza en los Derechos Humanos, avanzamos como sociedad.

Hace solo algunas décadas esta misma lucha se tenía por el color de piel, por haber nacido mujer, por haber nacido en un lugar determinado, por practicar una creencia específica. Hoy en día suena estúpido quien afirma que solo los blancos tienen derechos civiles, que las mujeres no deben votar ni cobrar por trabajar, que un campesino no debe buscar la superación económica, pero sigue habiendo gente que así piensa y quizá sean más de los que creemos. Pero el cuerpo social ha crecido y ha robustecido el sistema de derechos universales que salvaguardan la igualdad y la libertad con la que nacemos todos los seres humanos. Defendamos cada quien la diversidad, que es la verdadera riqueza de la humanidad y de la naturaleza misma.

¿Quiénes prefieren ser embajadores del odio?