El voto, la “elección” y el votante

Dagoberto Gutiérrez

El voto resulta ser una extraña figura porque siendo muy conocido y extendido su uso y estando, aparentemente, al alcance de aquellos y aquellas que cumplan 18 años, no suele ser muy entendido en sus sinuosas interioridades, pero eso sí, a todo lo largo y ancho del discurso político, el voto resulta ser una especie de sinónimo de la democracia, y ésta, que es también húmeda y de fronteras arenosas, no se entiende si no es expresada a través del voto.

En la medida en que esta democracia deja de significar para los pueblos un bienestar esperado y buscado, o una redención que sigue pendiente, esta democracia pierde para los pueblos votantes, el valor de una figura opuesta y enfrentada a la dictadura.

Al mismo tiempo, en la medida en que usando el juego y las reglas democráticas, es decir, usando el voto de la gente, se aprende a transformar ese juego y esas reglas y a construir nuevas sociedades, la democracia aparece como una amenaza al orden, y el voto, como un instrumento que aun estando situado en el más perfecto orden de las legislaciones electorales, es puesto al servicio del más completo de los desórdenes: la revolución.

En esas circunstancias, siendo la democracia una amenaza, el orden amenazado busca su aniquilamiento, y el voto, en esas circunstancias, deja de ser un instrumento de la transformación y puede volver a ser un instrumento de la conservación de un orden que no es conveniente para los pueblos. El voto debe dejar de ser un instrumento de elección, es decir, de opción entre diferentes órdenes y debe ser transformado en un simple procedimiento adecuado a determinadas normas.

Resulta ser éste, el del voto como procedimiento, el que se usa en la legislación de nuestro país para significar lo que suele representarse como la voluntad popular o como el poder del pueblo. Esta voluntad y este poder es, sin embargo, regido por una legislación electoral hecha a la medida de los partidos políticos, por un órgano electoral que es la autoridad máxima, que resulta propiedad de estos mismos partidos políticos, y cumple, este voto, funciones específicas como es lo que formalmente se denomina “elección de los representantes del pueblo” o fines imprecisos pero determinantes políticamente.

Ambos fines resultan de valor estratégico para todo régimen, porque la representatividad es una manera indirecta para el pueblo votante de ejercer el poder y es una manera directa para los partidos políticos, de ejercer este poder ajeno, en nombre de sus propietarios, que son los votantes, pero que carecen de toda posibilidad de influencia o de control sobre estos representantes en el ejercicio de un poder ajeno. En este terreno, el voto no garantiza al votante los beneficios esperados.

De otra forma, el acto de votar permite al Estado el remozamiento de sus aparatos políticos, o lo que en el Derecho se conoce como instituciones. Estos aparatos son renovados cada 3 años, y para eso, la gente que va a estar sometida a estos poderes, debe votar por los que van a apretar la soga alrededor de su cuello por los que van a aprobar las leyes que van a acabar con su vida y su futuro. Tal es la lógica del voto como lo conocemos en nuestro país.

En cada campaña electoral, hay una parte de la población que acude con entusiasmo y hasta esperanzas a las urnas, y el llamado voto duro de cada partido, lo hace invariablemente, sea quien sea el candidato. Esta realidad se mantiene intacta, a menos que en la coyuntura ocurran eventos de tal naturaleza que hagan añicos la lealtad y el compromiso inquebrantable de estos militantes con sus partidos.

Hay otro sector de votantes que sin ser de ningún partido, acuden a las urnas, a la espera de que su voto ayude a mejorar su condición. Esta voluntad es movida por múltiples intereses y en ocasiones por una psicología de pertenencia.

Hay otra parte del bloque ciudadano que no acude a las urnas y, en estos casos de abstención, está morando en el fondo de esta conducta, un desencanto con el estado de cosas, y un rechazo a los partidos políticos y a los candidatos. En el fondo, aunque no se tenga conciencia de ello, se trata de una actitud frente al régimen político.

Funciona otro bloque, que es el de las personas que acuden a votar pero que conscientemente anulan el voto. Aquí nos encontramos con el nivel más alto de confrontación con el régimen político. Esta es la conducta del ciudadano que tiene más conciencia y por eso se define no tanto o no tan solo frente a un partido político, sino frente al sistema político, y frente a un orden al que rechaza.

Siendo esto así, el régimen político ignora este voto nulo porque los ordenadores sabrán el significado de este voto, y sabrán, por eso, que siendo el nivel más alto de confrontación con el orden político, no es conveniente otorgarle existencia y significación legal. Así las cosas, este voto nulo no existe en ninguna casilla y resulta tratado como algo sin valor y sin importancia.

En estos tiempos que corren presurosos, cuando las elecciones pierden utilidad para abordar las crisis que se sufren, cuando los partidos políticos pierden piso y techo, cuando la figura de líderes políticos se deslizan por las alcantarillas, en estos momentos apretados para el orden, resulta necesario para la transformación de ese orden, que la conciencia política del pueblo sea registrada en sus diferentes grados y niveles. Es cierto que esta no es necesidad ni conveniencia de los que se benefician del actual orden, sino de todas las victimas de ese orden perverso, porque nunca como hoy, el escenario de las elecciones y la danza de los votos, y la fiesta de los candidatos, tienen las condiciones para convertirse en un baile en el que los dueños de la fiesta no sean los ganadores, y en el que ganen los invitados imprescindibles.