En El Salvador, decir mentiras es el deporte nacional

La mentira en otras latitudes mucho más cuerdas, es considerada un indicio de delito y al mentiroso se le considera capaz de todo, pues la mentira es una acción que mata, daña, altera, corrompe y desintegra naciones, no en balde en documentos públicos se le pregunta a la persona y se le abre la puerta a que por su propia mano informe sobre si posee drogas, armas, o malas intenciones ya que si lo que se hace es contrario a su palabra, la mentira es un comienzo para identificar que hay dolo. Caso contrario sucede en nuestras latitudes, donde la mentira es como el elemento imprescindible para “mejorar”, para “ganar”, para “triunfar”; mentimos con tanta facilidad que ya hemos dejado de apreciar la verdad; es más, podemos llegar a catalogarla como un “mal” si ésta llega en el momento menos esperado y oportuno, hemos llegado a despreciar la verdad y atesorar la mentira. En nuestros países, esconderse tras la mentira es el pan del día, decir cualquier cosa incluyendo una mentira es como el deber ser del político y del ciudadano, si eres real y verdadero, eres raro o fuera de cabales.

Pero la verdad, dice un dicho famoso, siempre triunfa porque la mentira tiene piernas cortas y siempre es alcanzada por la verdad; la mentira no puede correr mucho y tampoco expandirse por mucho tiempo hasta que la verdad le sale al paso; así vivimos en El Salvador, mintiendo y creyendo que la verdad nunca llegará y sí, sí llega, ha llegado para revelarnos los errores y la falta de honestidad.

La verdad debería ser un fundamento traído a presente, para comenzar a enderezar el barco y recuperar lo perdido, porque no se puede ser pleno y tener un buen vivir si éste está basado en la mentira; de hecho nos engañamos a nosotros mismos para pretender engañar a otros, en lugar de ser honestos y convencer a los demás que podemos cambiar las cosas.

La mentira se ha apoderado de nosotros y ésta nos hace esclavos, porque cada vez hay que inventar otra mentira para sostener la anterior y así hasta caer a un foso profundo del cual salir se vuelve imposible si no es con la verdad misma; por consiguiente, siempre será más duro y difícil cuando las mentiras se acumulan.

Decir la verdad es el principio de la liberación, aceptar lo que tenemos y verlo con los ojos de la verdad es lo mejor que puede sucedernos, porque cuando nos vemos de verdad, realmente aprendemos a amar lo que realmente somos.

En El Salvador, decir mentiras parece deporte nacional; de hecho hasta en el deporte la hemos incluido, amañando partidos o qué decir en la economía, donde hasta las cifras estamos maquillando para “vernos un poco mejor”; somos víctimas de la mentira y no nos hemos dado cuenta que con ella muere la esperanza, la confianza y la solidaridad, porque no se puede creer a un mentiroso, mucho menos si es reincidente y eso nos está pasando la factura; cuando el 65% o más de ciudadanos no quiere nada con ARENA ni con el FMLN es porque ambos han mentido, no cumplieron lo ofrecido y son ahora grupos en deuda que generan desconfianza.

La verdad debe regresar a la esfera pública, a las personas, a los candidatos, a quienes pretendan administrar las cuentas nacionales, porque necesitamos conocerles, saber de dónde vienen y hacia dónde van; necesitamos que sean francos, honestos, claros y transparentes, es decir, verdaderos y que amen la verdad.

Un nuevo proceso electoral viene y lo primero que ya vemos es un nudo de mentiras, lo cual me hace pensar que no hemos aprendido la lección, porque se piensa que la gente no se dará cuenta o no sabrá, pero equivocados están, pues ya a nadie logran engañar, menos a un pueblo que exige la verdad y no solo bienestar. Decir la verdad debería ser el primer compromiso si alguien pretende un voto.