Entre dinosaurios, cínicos y falsos mesías

Héctor Silva Hernández

El 26 de Mayo de 2014 este periódico publicó una investigación que detalla cómo el entonces Presidente de la República, Mauricio Funes, había utilizado sus facultades como jefe de Estado para facilitar pasaportes diplomáticos, nombramientos en posiciones claves y hasta préstamos estatales en favor de su círculo más cercano. Esta investigación, publicada una semana antes de que Funes entregara la banda presidencial a su sucesor, fue el último de varios episodios bochornosos que plagaron la segunda mitad de su administración. Sin embargo, aun después de mentir sobre el rol de su gobierno en la gestación de “La Tregua”, de múltiples atropellos a sus constituyentes –literales y figurativos- y de un programa de radio donde patéticamente demostró su inestabilidad, Funes terminó su mandato como uno de los presidentes más populares en la historia de El Salvador.

Ahora, mientras Funes ve cómo una investigación por lavado se le acerca cada vez más, cabe preguntarse: ¿Cómo logró uno de los presidentes más controversiales de los últimos 30 años convertirse, también, en uno de los más populares? La respuesta radica en varios factores, pero los más importantes apuntan a nuestra clase política, a los dos partidos grandes y a sus dirigentes, que por años han fracasado en la misión de crear e implementar soluciones reales a los problemas del país. Apuntan también a una ciudadanía que, atrapada por su apatía y desesperación, se ha visto incapaz de exigirle a sus líderes la transparencia y la capacidad necesaria para sacar adelante a El Salvador. Hemos optado, como alternativa, por creer en falsos mesías, alejados de los partidos, pero plagados por el mismo egoísmo de siempre.

En las últimas semanas la clase política se ha esmerado de sobremanera en hacer pública su falta de coherencia y contacto directo con los salvadoreños más vulnerables. El 27 de marzo, el diputado arenero Ernesto Muyshondt presentó una iniciativa que propone reformar el artículo 295 del Código Penal para que se castiguen a los integrantes de reuniones entre políticos y organizaciones criminales con objetivos electorales. Lo de Muyshondt es un insulto a todos los salvadoreños que lo vieron a él negociar con la Mara Salvatrucha en tiempos electorales. La hipocresía del diputado es un insulto, también, a los miles de salvadoreños cuyos encuentros diarios con la MS no son tan diplomáticos como los suyos. Hay que se acercan otras elecciones es evidente que para conseguir votos es válido hasta convertirse en uno de los políticos más cínicos de los últimos años, lo cual en El Salvador es decir bastante.

La oposición no está sola en sus inconsistencias, ya que el partido de gobierno se ha encargado de dar el ejemplo en los últimos siete años. La promesa de campaña que hizo el FMLN de elevar al 5% del PIB el presupuesto asignado en Ministerio de Educación no pasó de ser promesa. Ahora dicho presupuesto ha sido recortado, no reforzado. Mientras el uso de letrinas sigue siendo una realidad en algunas escuelas públicas, el GOES insiste en gastar millones en reestructuraciones viales inefectivas y monumentos espantosos, en parte para solidificar la imagen presidenciable del ministro de Obras Públicas. La falta sistemática de recursos se ve agudizada por una crisis fiscal creada por la irresponsabilidad financiera de gobiernos anteriores, pero que actualmente es alimentada por la incapacidad de diálogo entre el Gobierno y Arena.

El cinismo de Muyshondt y la mala administración del GOES son solo un par de ejemplos coyunturales que demuestran como la élite política, a fuerza de mentiras y desilusiones, se ha encargado de alejar y desencantar a gran parte del electorado. Ese desencanto genera una masa de ciudadanos desencantada, indecisa, capaz de creerle a políticos como Funes o como al alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, que recién se ha apuntado otro más de lo mismo: por acelerar las obras en la plaza Libertad se saltó la ley de Patrimonio, y él cuenta este episodio como si eso fuera un chiste, como si su cargo y su popularidad le dieran el derecho a incumplir una ley. Funes y Bukele se vendieron a sí mismos como líderes parcialmente independientes de los colores partidarios que nos sofocan, como líderes que -guiados por sus propios principios- ayudarían a erradicar la cultura cancerosa con la cual los partidos toman decisiones para favorecer a grupos determinados de poder. Poco a poco nos hemos dado cuenta que esta imagen de mesías es solo una mentira bien vendida a una ciudadanía desesperada por mejores opciones que reemplacen a la corrupción e ineficacia de siempre. Es importante que como ciudadanos sepamos diferenciar entre los políticos que insaciablemente buscan poder por medio de retórica sofisticada y gritos en Twitter y los que están realmente comprometidos a buscar soluciones de país, guiados por sus principios y los intereses reales de la nación.

La desconexión constante entre los políticos y la ciudadanía, materializada en propuestas legislativas cínicas, debería de servir como una advertencia para todos los involucrados. A los partidos políticos: su incoherencia les va pasar factura y pronto. Entiendan que estar en contacto con los problemas reales de los salvadoreños no significa donar uniformes de fútbol con la cara del diputado al centro de la camisola y promocionarlo en Facebook, como hace el diputado Bonner Jiménez. Estar en contacto real con los problemas del país significa dejar de perder el tiempo en propuestas estúpidas que no le ayudan a nadie y ponerse a trabajar en soluciones de verdad, como exigir una inversión fuerte a las arcas del MINED y a los programas de prevención de violencia en las comunidades.

A nosotros mismos, los ciudadanos: es nuestro deber con nuestro país ser más rigurosos con la gente que elegimos para liderar nuestras instituciones. Está claro que el FMLN y ARENA son instituciones corruptas que en todo caso han funcionado para crear problemas, no soluciones en las últimas dos décadas. Sin embargo, tampoco nos podemos dejar llevar por falsos mesías porque hemos aprendido que esa historia tampoco termina bien. Pero si la solución no está ni en los partidos ni en las figuras políticas individuales, ¿adónde está? Puede que sea muy idealista, pero estoy convencido de que la solución podemos ser nosotros, cuando decidamos dejar de votar por políticos que nos mienten. La solución podemos ser nosotros, cuando salgamos a las calles a exigir la CICIES que casi todos queremos. La solución seremos nosotros cuando dejemos de recompensar a los dinosaurios, a los cínicos y a los falsos mesías para abrirle camino a la transparencia y la inclusión.

*Héctor Silva Hernández es estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Massachusetts.