Es la hora del cambio ante la corrupción

Rafael Dominguez

Cuando el Departamento de Estado de los Estados Unidos informó en su evaluación de Derechos Humanos sobre la generalizada corrupción en el país, algunos minimizaron la expresión o incluso trataron de restarle validez considerándola una exageración o una posición demasiado radical contra los funcionarios nacionales. Pero a la luz de los hechos revelados en los últimos seis meses está claro que en El Salvador, la conducta de los servidores públicos tiende a considerar la corrupción como un elemento natural, casi que se considera un derecho ganado el poder robar, abusar del poder o utilizar los bienes y dinero público para fines privados y particulares.

Hemos visto en los procesos varias cosas que vale la pena discutir: la primera, la cantidad de dinero que se extrae de una u otra forma del erario nacional, desde un presidente que movió $246 millones, hasta quien se condena por un sobresueldo que considera no solo bueno sino necesario o imposible de saltar, si se quiere administrar la cosa pública; y la otra, la defensa férrea, visceral, sin miramientos y sin remordimiento que hacen los partidarios sobre su gente cuando es señalada por la justicia y es acusada de algún ilícito.

No hay administración que se salve de los corruptos. Hagamos cuentas desde antes o después de los Acuerdos de Paz: la conducta corrupta de nuestros “servidores” es evidente, tengan o no una educación superior, provengan o no de familias acaudaladas, traigan raíces empresariales o de trabajo en el campo, la idea es la misma: tomar y servirse del recurso público como un premio, un derecho y hasta una reivindicación social.

No hay color partidario ni ideología política en este país que no tenga sus corruptos pudriendo los canastos, pervirtiendo a otros o, como dicen: empapelando a otros para protegerse ellos.

Ante esto, no me cabe duda que no hay respuesta legal, que no se puede pedir una ley contra los corruptos, que no se puede legislar para que todos los funcionarios de Estado sean correctos, mucho menos podemos encargar a una instancia la vigilancia permanente de sol a sol de estos funcionarios que entregan y reciben dinero en sobres de manila, depósitos bancarios, pago de tarjetas o hasta con abrazos de “cariño” y “amistad”.

Solo Jesucristo en el corazón de los hombres puede transformarnos y solo los hombres transformados que están llenos del conocimiento del bien y el mal pueden combatir esta corrupción, porque los principios y mandamientos no están hoy en esos cargos; mencionan y usan a Dios en sus discursos, pero en la práctica son presas fáciles de la ambición, la avaricia, el poder y afloran los instintos más bajos, convirtiendo los cargos públicos en banquetes, orgías y depravación. Todo viene junto. Si roban, mienten; si mienten, engañan; si engañan faltan a sus juramentos, a sus matrimonios, a sus valores, a sus tradiciones, a sus familias y se vuelven hombres y mujeres cuyo dios es el dinero y el poder.

El país está sumido en la miseria, la violencia, los vicios y la hipocresía religiosa, y no podremos con esos atributos sacar adelante la nación; debemos comenzar a comprender los que tengamos una dosis de honradez, de sencillez y de servicio a los demás que es la hora de hacer los cambios; si, de cambiar a todos estos funcionarios corruptos por personas que comprendan, por convicción de su fe y de su propia naturaleza, el verdadero objetivo del servicio público.

Para eliminar un corrupto también el resto debe hacer lo suyo, porque también están los corruptores, los que aceptan la corrupción y los que se quedan callados para que eso funcione; éstos también deben desaparecer; debemos volcarnos a la denuncia, al reclamo real y digno de los contribuyentes hacia quienes se han robado nuestros recursos y han tomado decisiones que nos empobrecieron y nos disminuyeron como sociedad.

La corrupción es endémica y se nota. Desde la Presidencia de la República hasta el más sencillo servidor, están embelesados con el dinero fácil, la comida fácil, los lujos fáciles y el poder fácil que provee el cargo público; pero esto ya viene desde antes de entrar a los cargos, es la familia, la educación la iglesia, la sociedad misma que promueve, tolera y mantiene el ciclo negativo de la corrupción, la cual seguirá “chupando” de los impuestos lo mejor, para dejarle al ciudadano el bagazo y la miseria, condenándonos al subsidio, a la ayuda, a la palanca y a la corrupción para llegar a ser alguien.

Es la hora del cambio, donde tú cambies de lugar y pases, si tienes conciencia y honradez, a dirigir la nación; los ministerios, las alcaldías y todo donde se necesite hacer el bien.