¿Existe transparencia y voluntad política contra la corrupción en El Salvador?

El diccionario de la Real Academia Española define la corrupción como la acción y efecto de corromper, depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar. Es una dinámica que causa beneficios, tanto para el que corrompe como para el que se deja corromper. De ser un tema censurado, la corrupción pasó a ser un tema abierto y debatido, tanto que su investigación ha llevado a la cárcel a muchos que se enriquecieron ilícitamente, no más saborearon las deliciosas mieles del poder.

Nuestros pueblos vienen de trágicos escenarios plagados de corrupción. El desencanto ciudadano lo reflejó en su  momento Marta Altolaguirre en su Artículo “Cuando sucede” publicado en Diario La Prensa, Guatemala, el 22 de febrero de 1990: “Cuando en una sociedad triunfan los sinvergüenzas; cuando se admira al abusivo y solo el oportunismo prevalece; cuando el insolente manda y el pueblo lo tolera; cuando todo se corrompe, pero la mayoría calla porque su tajada espera; cuando quienes integran instituciones del Estado actúan como vulgares ladrones; cuando el escrúpulo desaparece de las autoridades y traicionan al que cree en ellas; cuando la justicia es para la gente común, no para los poderosos; cuando el nombre democracia se usa como chantaje, para mantener estable la peor corrupción; cuando tanto cuando se reúne, quizás es tiempo de refugiarse, de suspender la lucha, de dejar de ser Quijote, de revisar actitudes, de revaluar a quienes nos rodean y de regresar a nosotros”.

Por aquella época y en el afán de contener el flagelo de la corrupción, los Estados iniciaron la configuraron de un marco jurídico internacional, reflejado en  diversas Convenciones, Tratados y Declaraciones que suscribieron después para tratar de contener el fenómeno. Hoy en día son cada vez más fuertes las exigencias de la sociedad civil para tener más acceso a la información pública y más honestidad y transparencia en los funcionarios. El portentoso desarrollo de las comunicaciones, especialmente las redes sociales y el periodismo investigativo serio, han sido determinantes para el actual destape de la corrupción regional y continental.

Los diferentes gobiernos de derechas e izquierdas saben que ya pasó el tiempo del encubrimiento, pero todavía no muestran la suficiente voluntad política para enrumbar por derroteros éticos a sus funcionarios. Esa falencia ha provocado que varios gobernantes terminen presos o como “refugiados políticos”.

La principal exigencia de las organizaciones cívicas que estudian la corrupción desde una perspectiva práctica, es que los funcionarios públicos actúen con honestidad, efectividad y transparencia, apegados a la ley y viviendo conforme al salario que reciben, pero que muchos no devengan. No piden más. No piden poder político, ni inmunidades diplomáticas, ni viajes al exterior en primera clase, ni prebendas, ni regalías, ni prestaciones onerosas, ni jugosas comisiones por contratos raros,  ni sobresueldos, ni complementos salariales.

No piden nada de eso porque la ciudadanía está harta de ver esas prácticas en una  vergonzante clase política, que no ha entendido que sus verdaderos patronos son los ciudadanos y que ellos, los políticos, son sus empleados que comen, se visten, se curan, los cuidan, viajan y compran, gracias a los impuestos ciudadanos, que lamentablemente caen en el barril sin fondo de una corrupción generalizada.

Quizás la Embajadora de los Estados Unidos en El Salvador, Jean Manes, lo tradujo mejor durante la presentación del Estudio “Construyendo un mejor futuro para el Triángulo Norte” el pasado 20 de junio: “Lo he dicho antes y lo vuelvo a decir, los fondos nacionales o de cooperación nunca serán suficientes mientras exista corrupción”.

Si los funcionarios públicos no actúan con transparencia; si no muestran una real voluntad para combatir la corrupción, de nada servirá expresar discursos mentirositos en cumbres y reuniones. De nada servirá tampoco, realizar elecciones amañadas de segundo grado que harán llegar a las instituciones responsables de combatir la corrupción, a simples títeres que seguirán encubriéndola, obedeciendo ciegamente a quienes mueven sus hilos desde la partidocracia.