¿Fueron los Acuerdos de Paz los malos?

Aldo Álvarez

Veinticinco años han pasado desde aquél 16 de enero de 1992, cuando la locura de la guerra dio paso a la esperanza de la paz. Sólo aquellos que vivimos los años de la guerra civil, podemos tener una cabal noción del antes y el después de la firma de tales acuerdos ¿Fue ese un acuerdo de nación? No, ese fue un acuerdo entre un régimen político formal que gobernaba –junto a un poder fáctico material de corte oligárquico- y una insurgencia que enarbolaba las banderas de la “liberación nacional” y del cambio de régimen autoritario por uno más democrático         –cualquiera que haya sido la concepción que cada una de las facciones de la insurgencia tenía sobre democracia.

Desde la anterior perspectiva, no podemos decir otra cosa más que los acuerdos de paz de 1992 representaron un logro histórico sobresaliente y extraordinario, que marcó un antes y un después en la vida política del país, especialmente en lo relativo a la libertad de pensamiento y expresión, el papel de los cuerpos de seguridad pública y el respeto a los derechos humanos de los ciudadanos. Representó un hito en la historia nacional que una fuerza insurgente haya podido lograr negociar un acuerdo de fin del conflicto, en el contexto de una de las más tozudas, retrógradas, primitivas y cuasi feudales oligarquías de América latina, y de un régimen militar autoritario al servicio de sus intereses. De alguna manera se pactó el fin del terrorismo de Estado. Por ello tal acontecimiento no puede ni debe ser minimizado ni menospreciada su trascendencia y por ello yo celebro su conmemoración, pero enmarcado como dije, en el contexto histórico que tal acuerdo representó para el país.

Pero no podemos dejar de señalar que a la vuelta de veinticinco años de la firma de los acuerdos de paz, existen graves e ingentes problemas políticos, económicos y sociales por los que atraviesa el país, y sobre todo el fenómeno de la descomunal violencia social desbordada, pero hay que tener sumamente claro que tales problemas no son consecuencia de los acuerdos de paz, sino más bien de las cosas que se hicieron mal y aquellas que se dejaron de hacer con posterioridad a ellos, especialmente en el tema de la reforma económica, la reforma político-electoral y los correctivos sociales preventivos para el tema de la violencia social.

Estoy completamente claro que una de las causas de que no se hicieran o se hicieran mal las cosas en la post-guerra, fue una concepción minimalista y casi eliminatoria y anulatoria del Estado y a la entronización de un sistema de funcionamiento político partidario antidemocrático –que dio lugar al nacimiento de la llamada “partidocracia”-, así como a la polarización político-ideológica que no tuvo la visión ni la capacidad de hacer tales cambios después de los acuerdos de paz.

Pero a la vuelta de estos veinticinco años de la firma de tales acuerdos y de la realidad tan terrible en la que vivimos hoy día la gente se podrá cuestionar ¿Qué se puede hacer? ¿Hay solución posible? Pues no lo sé si la haya, pero si alguna existe, esa sólo puede ser buscada, encontrada y alcanzada, a partir del ejercicio de una nueva cultura del entendimiento político-social, comenzando por las fuerzas políticas y terminando con todos los sectores y fuerzas vivas del país, en un nuevo pacto político que encarne un gran ACUERDO DE NACIÓN que precisamente siente las bases del desarrollo económico del país y logre superar los grandes problemas de pobreza e inequidad que los acuerdos políticos de 1992 no pudieron lograr. Pero ¿Cómo llegar a tales entendimientos de trascendencia nacional y de vanguardia para el futuro del país? Pues una luz de esperanza se cierne sobre el horizonte con el hecho que el Secretario General de Naciones Unidas  haya nombrado a un enviado especial para el efecto de servir de canal de entendimiento entre las fuerzas políticas y sociales del país, a fin de lograr un segundo acuerdo de paz que encarne un ACUERDO DE NACIÓN para el desarrollo.

Si las fuerzas políticas y sociales de este país no aprovechan esa avenida que se ha abierto para poder dialogar y acordar un Plan de Nación -y si los principales y grandes partidos no tratan de sacarle “raja” electoral a tales negociaciones-, si no se aprovecha esa ventana de posibilidad de resolver los grandes problemas del país, es posible que dentro de veinticinco años más estemos hablando de un El Salvador que fue, y que esté tan desfigurado que de democracia sólo le quede el nombre.