Hablemos de la derecha salvadoreña

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Luis Armando González 

En la postguerra, la derecha salvadoreña se las arregló muy bien para que no se la analizara y valorara críticamente. De un largo periodo histórico en el cual había estado en el foco de los estudios críticos –históricos, económicos,  políticos y sociales—, lo mismo que de la discusión  pública, paulatinamente dejó de ser un tema de interés de los estudiosos y críticos sociales. Por lo menos, esto fue lo que sucedió de manera predominante, pues la reflexión crítica sobre la derecha fue relegada a los márgenes del debate académico, así como también de la protesta social.

No deja de llamar la atención como un sector tan decisivo en la estructuración de la sociedad –de su dinámica política y de su dinámica económica— dejó de ser un tema de interés de unas academias y unos académicos que en las décadas de los años setenta y ochenta no habían escatimado esfuerzos por conocer y criticar las redes de poder de la derecha y las consecuencias de ese poder en la configuración de la sociedad. 

Al tiempo que la derecha fue sacada de los horizontes del análisis, temas cruciales vinculados a su poder fueron también abandonados o relegados a los márgenes de los estudios académicos: concentración y distribución de la riqueza, condiciones laborales, salarios, estructura económica, rentabilidad, explotación… y un largo etcétera sobre temas y problemas en los que se juega –material y realmente—la suerte de las familias salvadoreñas.

La “obsesión”  por la política y los políticos ganó la partida a asuntos fundamentales para la estructuración social (como lo es precisamente la derecha y como lo son las consecuencias económicas y sociales de su poder). La derecha salió del foco de atención y la política y los políticos ocuparon el lugar preferente desde donde explicar los problemas de la realidad nacional.

Gracias a este esfuerzo “científico” –digno de una mejor causa— la derecha pudo dormir tranquila y dedicarse, durante el día, a hacer lo que mejor (o más le gusta) hacer: reproducir su poder político –las cuatro gestiones de ARENA son la prueba de ello— y multiplicar sus ganancias económicas, esquilmando a la sociedad con lo que J. Stiglitz llama prácticas “rentistas” despiadadas,  inhumanas y delictivas.    

Esa fue una jugada maestra de la derecha salvadoreña, que sólo comenzó a desmoronarse con la cuarta administración de ese partido, cuando el mecanismo –el partido ARENA— que aseguraba la reproducción de su poder político comenzó a hacer aguas. La crisis interna de ARENA recrudeció después de 2009 y a partir de 2014 se ha convertido en prácticamente insuperable, dada su incapacidad para sostenerse en un liderazgo medianamente sólido que le permita contener su fraccionamiento interno.

¿Cómo fue que la derecha logró salir de la mirada crítica, académica y pública? Sin duda, mediante sus empresas mediáticas que incluso ahora, pese a la crisis de ARENA, persisten en su empeño de “politizar” los problemas sociales y económico, es decir, persisten en su empeño en buscar en la política y los políticos su explicación causal (por la vía de la culpa, la incapacidad, el mal uso de recursos, los elevados sueldos y la falta de transparencia y de ética).

Y, en segundo lugar, mediante la cooptación de académicos y de instituciones académicas que elaboraron y difundieron –dando su sello profesional e institucional (y científico) a sus planteamientos— el discurso de la política y los políticos como tema central del análisis de la realidad y de la crítica del poder. Se hizo moda –y todavía estamos en ella— denostar a la política y a los políticos. Se hizo casi una obligación injuriarlos y achacarles la responsabilidad por cualquier mal social.   

Por las razones que fueran, académicos de variado renombre se plegaron a este discurso, lo articularon y lo dotaron de legitimidad intelectual. Lo mismo que distintas instituciones cuyas raíces y tradición no guardaban afinidad con la derecha, se plegaron –consciente o inconscientemente— a su estrategia.

Para efectos prácticos, la derecha se salió con la suya durante un buen tiempo. Esa “obsesión” por la política y los políticos fue el mejor cobijo para dedicarse a lo suyo y especialmente para que nadie la incomodara con la puesta en evidencia de sus abusos, prepotencia, mezquindad e irrespeto a las  leyes de la República. Quizás su logro mayor durante todo ese tiempo fue que nadie cuestionara abiertamente y públicamente sus privilegios y que, de esa manera, la responsabilizara por los graves problemas del país en materia de inequidades socio-económicas, bajos salarios, deterioro del nivel de vida de las familias y erosión del tejido social. En fin se las arregló para que cuando se hablara de pobreza se responsabilizara de la misma a los políticos y a la política, y no a quienes concentran la riqueza.

Pues bien, las cosas están cambiando de manera extraordinaria en el país. Soplan aires críticos que no están permitiendo poner la vista en donde hay que ponerla si queremos resolver los graves problemas del país en materia social y económica. Estos nuevos aires críticos nos permiten y exigen poner la mirada en la derecha, en su dimensión económica, política y mediática.  Definitivamente, si queremos entender y resolver los problemas fundamentales del país tenemos que hablar de la derecha salvadoreña, tenemos que examinar sus fuentes de poder, sus recursos económicos, sus alianzas empresariales, mediáticas y políticas, la legalidad de sus negocios y actividades, su comportamiento fiscal, sus abusos, su (ir)respeto a los derechos laborales, etc.

Es inexplicable como un sector de tanta envergadura en la configuración de la realidad nacional se salió con la suya para evitar ser juzgado, criticado, analizado y sometido al escrutinio público. No hay que dejar que se siga saliendo con la suya: hablemos de la derecha.