¿Hasta cuándo Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

Pareciera que en El Salvador las extremas políticas cobijan a muchos Catilinas, que igualmente obsesionados con el poder político buscan a toda costa hacer prevalecer sus propios proyectos. Unos, buscando retener el poder para – según ellos – acelerar el paso hacia un socialismo trasnochado, desfasado y antihistórico. Otros, para recuperar el poder que de manera casi absoluta ostentaron, para provecho personal, familiar y de las élites económicas beneficiadas con el aberrante mercantilismo practicado hasta hace unos pocos años. Resulta paradójico que funcionarios públicos y gobernantes de derechas e izquierdas, aparezcan ahora enjuiciados (millones más, millones menos) por presuntamente haberse enriquecido ilícitamente.

Las actuaciones de las extremas políticas muestran un estilo de ejercer el poder similar al practicado por Catilina: necedad, conspiración y debilitamiento de la república, por cierto, la única que tenemos y la única que heredaremos a nuestros hijos, si es que logran rescatar los pedazos que queden de ella. Solo así uno se explica la terquedad de las extremas.

Las prácticas conspirativas están, como desde hace siglos, a la orden del día, con la diferencia que si quienes las realizan son los reconocidos títeres de la izquierda política, entonces se justifican, como el caso de calificar como cándidas “expresiones ciudadanas” los ataques contra la Sala de lo Constitucional, argumento graciosamente sostenido por la diputada Jackeline Rivera (18-OCT-2016-DEM). Para ella, sería un “grave error” frenarlas.

Pero cuando las protestas involucran otros actores, por ejemplo para que se cumpla la Ley del escalafón para todos los empleados del sector salud; para que se corrija el desastre que a diario provoca el Sitramss; para que se resuelva la problemática a los veteranos de la FAES; para que se corrija el presupuesto del Estado o para que se resuelva el impago del Fodes a las alcaldías, como la reciente manifestación de los alcaldes de ARENA del Departamento de La Paz, al que valientemente se unió un edil del partido oficial, entonces de inmediato tales actividades son estigmatizadas como “acciones de desestabilización política”, como lo sostiene el Presidente de la República (18-OCT-16) quien hace apenas unos días llamó al “pueblo” a  estar listo para defender en las calles lo conquistado por los gobiernos de izquierda. En otras palabras: “Haz como digo, no como hago”.

Los gobernantes y sus muy bien pagados equipos de trabajo, están para resolver los problemas de la administración pública, no para complicarlos. Para eso los eligió el pueblo, su único y verdadero patrón. Eso pasa por escuchar (no solo oír) y atender (resolver) en serio, las sugerencias que desde otros sectores les hagan. Todos los partidos políticos están en el deber de contribuir (no de obstruir o quejarse permanentemente) el camino hacia el buen gobierno. Un deber tanto más exigible, cuanto mayor sea la representatividad legislativa que tengan.

Veinte siglos después de que Cicerón mostrara su enojo contra las constantes conjuras y serruchadas de piso de Catilina, que terminó sometido a la nefasta influencia de asesores zalameros y aduladores gracias a su mezquina obsesión por el poder, la Embajadora de los Estados Unidos en El Salvador, el de Gran Bretaña y los de otros países, además del Fiscal General y de millones de salvadoreños decentes, hartos de la polarización política, le dicen a los modernos Catilinas criollos de la clase dirigente (cúpulas gubernamentales, partidarias y empresariales): ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia?