La confrontación estéril ¿A quién beneficia?

Benjamín Cuéllar

En medio de semanas de confrontación improductiva, asfixiados por una galería del horror donde desfilan homicidios, desapariciones, extorsiones, feminicidios operan los gerentes de las fábricas de polarización y confrontación política.

El nivel de la práctica diaria de la política en el país se centra en un discurso confrontativo, de negación del oponente. Desde hace mucho tiempo ya no se trata de sostener visiones ideológicas diferentes o puntos de vista políticos distintos, hoy simplemente lo que se busca es demoler al adversario para ganar capital político, que permita después conseguir voto de castigo, ganar intención de voto.

La base de la política es la lucha de contrarios, es la aceptación de la existencia de antagonismos, lo explica claramente, el profesor chileno Fernando Mires: “La confrontación, no el diálogo, ocupa el lugar sobredeterninante, en la política. Un diálogo sin confrontación solo se da en las relaciones amistosas. Pero la política fue inventada para relacionar a los enemigos y no a los amigos. Por lo mismo, el diálogo no puede sustituir a la confrontación. Incluso el diálogo, en política, ha de ser confrontacional. De otra manera no es político”.

Es cierto, la confrontación es de la esencia de la política, pero no, la confrontación estéril. La que sirve, es la confrontación que da resultados, ofrece soluciones. Está claro que los partidos políticos, para seguir existiendo, deben confrontar. Pero lo que no se vale es el juego de la confrontación estéril, pues un ambiente enrarecido solo lleva a un callejón sin salida, a una política sin sentido, que es nefasta porque no permite sacar adelante a El Salvador. Una confrontación productiva puede posibilitar concretar acuerdos básicos de nación  y dar lugar a la elaboración de políticas de Estado que son las que perduren más allá de un gobierno.

Es una realidad, que la confrontación aumenta en periodos electorales, pues lo que se busca es ganar votos a partir de aumentar el número de simpatizantes para triunfar en las elecciones o llevar la política a un nivel de hartazgo ciudadano donde las personas decidan no participar en elecciones y lograr que sea el voto duro el que defina el ganador. La confrontación estéril no sirve: interfiere o paraliza la gestión pública, y contribuye al desencanto de la ciudadanía.

El Salvador es un país polarizado, en el que la confrontación improductiva es rentable para los partidos, que hoy se identifican no a partir de buscar soluciones sino que a partir de rechazar al adversario para ganar una elección.

No nos engañemos, la confrontación abunda en nuestro medio, estamos en presencia de un fenómeno negativo que únicamente favorece a partidos políticos.  En la campaña electoral en la que estamos la argumentación política pierde racionalidad y gana espacio la descalificación y el insulto. Los partidos no tienen Visión de País, ni explican cuáles son sus plataformas de gobierno, a lo único que llegan es a proponer personas que como candidatos electorales dejan mucho que desear por su poco conocimiento y experiencia.

Finalmente hay que tener en cuenta que la confrontación estéril y la  polarización no van a desaparecer por si mismas o por el mero paso del tiempo o mucho menos por hacer llamados a la no polarización; se necesita de un plan ciudadano para combatirla y derrotarla y se tiene que elaborar pronto.

Un aspecto del debate debe ser la necesidad de formar otros partidos y la reforma de los partidos políticos existentes: ya que éstos son los portadores y realizadores de la polarización política en nuestro medio. Es indispensable que los institutos políticos cambien y superen los actuales niveles de polarización o sean sustituidos.

El lunes 20 de marzo la organización de las Naciones Unidas, ONU, celebró el Día Internacional de la Felicidad, que tiene como objetivo reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno. En El Salvador, hay que decirlo con claridad, los partidos políticos no aportan mucho a la consecución de la felicidad, pues no tienen un proyecto de nación que ofrecer, y solo pelean por ganar elecciones, tener más diputados, mayores cuotas de poder y viven separados de quienes los eligieron.