La estafa del TPS

Diego Murcia

Es una estafa. No hay pierde. Supongamos que usted compró un carro último modelo y lo sacó de la agencia. Por más de 10 años pagó la cuota que le daba el derecho a poseer ese auto, al que, además, le invirtió en alguna modificación para que anduviese siempre óptimo. Pongamos que le invirtió en mantenimiento, en la compra de un seguro, revisiones con el mecánico, etc. Al cabo de esos años la agencia le dice que debido a su estatus migratorio, se lo confiscará, porque es lo que dicta la ley. Y es que, sin papeles que demuestren que usted es un ciudadano o residente legal, usted no existe y como no existe, no puede tener propiedades.

Básicamente eso es lo que está pasando a quienes les van a retirar el TPS. Muchas personas indocumentadas que llegaron antes del año 2000 a Estados Unidos tuvieron en su poder un estatus migratorio que les permitía comprar propiedades, mandar a sus hijos a la escuela, adquirir deudas, hacer prosperar un récord crediticio, abrir cuentas de banco, aplicar para algunos beneficios que otorga el Gobierno… Es decir, que todo transcurría con serena normalidad, con la esperanza de que ese término transitorio, se convirtiera en algún momento en un pase a la ciudadanía, o una legalidad más permanente, en el peor de los casos.

Pero, al retirarse este beneficio, todas las personas que lo tuvieron vuelven a ser lo que antes eran. En otras palabras, vuelven hacer indocumentados y por lo tanto son objeto de deportación. Volverán a tener miedo de las autoridades migratorias, un miedo que no sentían hacía más de 15 años, un miedo que se había escondido en lo recóndito de la burocracia estadounidense y eso les había hecho bajar la guardia. De lo contrario, el número de personas que se siguen inscribiendo para este beneficio habría bajado considerablemente. Ahora bien, hay que entender que cada caso es especial, que no todas las situaciones migratorias son iguales. Eso juega un papel muy importante al momento de poder arreglar tu situación migratoria en los Estados Unidos.

No vamos a pecar de inocentes. Cabe preguntarse, ¿qué pasó con todos aquellos que no lograron cambiar su estatus migratorio? ¿Se confiaron que la fiesta sería eterna? La verdad es que hay un pequeño porcentaje que dejó de recibir este estatus migratorio y no podemos más que especular si lograron casarse, o fueron pedidos por sus hijos para volverse ciudadanos, o decidieron retirarse del país de forma voluntaria. O, tal vez, algo más sucedió para que ya no estuvieran entre los beneficiados.

En una década y media cambian muchas cosas: cambió el que migró y cambió el país del que migraron. Por desgracia para ellos, ahora que sopesan la posibilidad de verse obligados a volver a El Salvador, las cosas han empeorado para mal. Los niveles de violencia, delincuencia, pobreza y demás factores que obligaron a la salida de muchos de los salvadoreños que hoy está en Estados Unidos de forma irregular, solo han empeorado.

Es probable que los salvadoreños corran la misma suerte que los haitianos. Pero decir que la anulación del TPS es producto de la relación de nuestro gobierno con países como Venezuela, es aceptar que la subsecuente renovación del tratado fue un regalo de Estados Unidos por nuestra intervención militar en la guerra de Irak, cuando se formó la Plus Ultra. Si ambas verdades resultan ser ciertas, entonces estamos más ciegos que los que votaron por Trump y lo llevaron a la presidencia. Los líderes políticos deben entender lo que ya muchos republicanos han tenido que entender a fuerza de golpes que están fraccionando la sociedad civil estadounidense: El presidente está gobernando para él y para un selecto grupo de empresarios a los que no les interesa convivir con aquellos que no sean parte de la minoría blanca.

Me pregunto si el país estará listo para recibir deportaciones masivas. Me lo pregunto ahora, como me lo pregunté hace algunos meses atrás cuando, en otra columna, advertía sobre los planes irrefrenables de Trump para deshacerse de todos los migrantes indocumentados. Ni los gobiernos de derecha ni los gobiernos de izquierda pensaron a futuro, y que ahora se echen la culpa por cómo se deben llevar las relaciones políticas internacionales con Estados Unidos, me parece un cinismo descarado. Ellos tienen la culpa de que el país esté como está. Sólo hay que ver la calidad de expresidentes de ambas denominaciones civiles que nos han dado la interminable lista de actos de corrupción con los que se han lucido. Todo ese dinero robado podría haber sido invertido en el país para construir mejores condiciones sociales y así animar a que la gente no se fuera del país para no morirse de hambre. Es inconcebible que haya políticos que alaben o condenen la forma en como Donald Trump está ejecutando sus políticas, cuando en el propio país no han sido capaces de solventar las condiciones sociales más básicas de los ciudadanos salvadoreños: la salud, la educación y la paz.

Sin dar nombres, porque la publicidad se paga, sabemos de diputados que benefician a oenegés de sus esposas, presidentes que se hacen amigos de empresarios corruptos, mandatarios que luego terminan convirtiéndose en exiliados políticos para evadir la ley y no responder por sus actos. Partidos políticos que se niegan a aceptar que han sido ejecutores y verdugos del mismo pueblo que los ha puesto en el poder, que son los culpables de haberle robado la infancia a muchos niños, que son los únicos responsables de haber sembrado la semilla que hizo posible el surgimiento de tanto delincuente. Están gordos de tanta avaricia, ya no les cabe más, pero ellos quieren seguir chupando sangre. Trump no es mejor ni peor, es igualito a ustedes, políticos salvadoreños.

No nos hagamos tarugos, Estados Unidos no da nada gratis. Durante más de 10 años, solamente la comunidad salvadoreña ha pagado billones de dólares a los Estados Unidos en concepto de tarifas por el costo del trámite para ser considerado como un beneficiario. Si ahora sumamos todo el dinero que han sacado del casi medio centenar de países al que les han dado un alivio temporal, eso alcanza para pagar la deuda externa de muchos países tercermundistas… tal vez hasta la nuestra. Esto sin contar con la generación de empleos que los salvadoreños han aportado a este país, el pago de impuestos que han hecho cuando eran indocumentados y cuando fueron beneficiarios. Ni que decir de las inversiones educativas que han hecho en los hijos de esta generación que llegó Estados Unidos, esos profesionales que hoy constituyen la médula de la sociedad que hoy los quiere expulsar. Hoy, todas estas personas que no han hecho más que colaborar desde que llegaron, aguantar un hambre, dormir en las calles, sufrir largas jornadas laborales, soportar el más incontenible estrés sobre sus hombros, vivir bajo la piel el sufrimiento y la angustia de ser deportados, hoy reciben una puñalada por la espalda. Básicamente se les ha violado y se les ha cobrado por ello.

 

 

 

*Diego Murcia es escritor y periodista salvadoreño. Escribió para El Faro y La Prensa Gráfica. Posee una Maestría de Bellas Artes en Escritura Creativa por The University of Texas at El Paso y una licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Vive en la frontera de El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (Chihuahua).