La increíble terquedad de las extremas políticas

Al igual que los sobresueldos, que vienen desde la época del teniente coronel Óscar Osorio, aprender a vivir en democracia toma su tiempo. Las desconfianzas del cercano pasado de represión, fraudes e imposición, persisten. Por ejemplo, cuesta creer que eso de los fraudes electorales puede reeditarse en pleno 2018 y que nuestro complicadísimo sistema de votación carecerá de tecnología para el recuento y de capacitación para la correcta operativización en las Juntas Receptoras. La mezquindad humana y partidocrática entrampa todo.

La intolerancia, está flor de piel. La solidaridad y decencia son palabras desconocidas para la clase política. Desde afuera, nos ven como seres primitivos mata-hipopótamos. A pesar de todo, las remesas familiares no se detienen. Ningún muro, por alto que sea, las detendrá.

Desde adentro, qué importa si hay enjambres y derrumbes. Si ocurren en Los Chorros, pues nos bajamos del colectivo y seguimos a pata. Si no deja de temblar, pues le ponemos una mejor tranca a la puerta, aseguramos la tele, la refri, los trastos del chinero y salimos a trabajar, así nos toque ir apretujados como vulgares sardinas dentro de una lata oxidada o tengamos que laborar en los desahuciados edificios de la Corte de Cuentas, trampas mortales ante un nuevo terremoto.

Las calles siguen atiborradas de vendedores que ofrecen baratijas, piedras pintadas y la última moda en anillos y cadenas de acero. Llevar el sustento honesto a la familia es lo que cuenta: Mientras,  muchos funcionarios seguirán viajando, engordando, gozando de bonos, sobresueldos, seguro médico privado y otras prebendas. Los más “animala”, hasta ganan más que el Presidente.

Aunque el Lempa se muere y no haya tan solo un río que no esté contaminado, la gente en el campo no deja de sembrar. Aunque el gobierno atrase los pagos a micro, pequeños  y medianos productores desde hace meses, no protestan, no lloriquean, ni endosan el rol político de las grandes gremiales. Lejos de eso, siguen produciendo, siguen creyendo que vendrán días mejores, que dejará de temblar y que los políticos recobrarán la sensatez que perdieron, cuando endiosaron a sus partidos en el Artículo 85 de la Constitución.

¿Por qué digo todo esto? Porque lastimosamente, las extremas políticas no valoran la calidad de este maravilloso pueblo. El FMLN y ARENA abusivamente se arrogan el derecho de ondear sus propias banderas sociales. Unos, diciendo que tienen identidad de calle, pero se burlan de las  donaciones que hacen compatriotas desde EE.UU.. Los otros, pretendiendo rescatar “su” país. Pero ambos, eternamente polarizados. Eso sí, no dejan de ofrecer a la gente “espejitos españoles”. Así, fumigan, regalan abate, reparten acetaminofén y hasta hacen cortes de pelo, pero jamás le plantean al pueblo propuestas serias de cómo salir de este gran entuerto nacional.

Si las extremas políticas apreciaran la calidad y nobleza de nuestra gente. Si de verdad privilegiaran los intereses de los más frágiles, si no quisieran robarse las pensiones, otro gallo le cantaría al país. Los que ya vimos la película del conflicto armado, estamos en la obligación de alertar a nuestros jóvenes para que no vayan a repetir los errores que esta clase dirigente (políticos, altos funcionarios públicos y élites económicas fundamentales) persiste en cometer.

Los partidos extremistas denigran a la política. Han condenado a las próximas generaciones a pagar las millonarias deudas de su voracidad, misma que se refleja en el destino del último presidente de ARENA y el que seguramente  tendrá, el primer presidente del FMLN. La retahíla de zalameros y aduladores que los rodearon, también.

Aun estando a la orilla del barranco, la ultraizquierda y la ultraderecha se muestran increíblemente tercas, destilando odio. La vieja derecha no desiste de volver al aberrante mercantilismo. La izquierda fundamentalista insiste en alcanzar el “poder total”.

Ambas se equivocan. El Salvador no quiere ni mercantilismos, ni totalitarismos, sino vivir en paz, con justicia, trabajo, salud, libertad y seguridad, es decir, en democracia real.