La Independencia de celofán y la “política” actual

José Luís Escamilla

Más allá de la politiquería vulgar de mal gusto que ya empezó a cobrar fuerza en el espectáculo mediático y que tendremos que soportar durante los próximos seis meses entre los contrincantes de la “con-tienda” electoral, creo que es importante volver a la reflexión sobre uno de los orígenes del problema que padecemos en nuestros días. En realidad es posible que la élite criolla haya ganado la independencia sin tener conciencia de lo que significaba semejante gloria, pues por lo que se ve somos víctimas de esa confusión histórica.

De acuerdo con los datos que registra la historia sabemos que entre 1821 y 1842 la vida en la región centroamericana transcurrió entre escaramuzas, batallas y guerras. Los protagonistas fueron los caudillos y el estamento militar que creían saber sobre proyectos políticos y modelos de gobierno para administrar el supuesto Estado. Claro está que el sujeto histórico denominado “pueblo” sólo fue parte utilitaria en este convulso periodo, porque tal y como reza el Acta de independencia “el Señor Jefe Político le mande publicar para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”.

El eterno problema de nuestra historia patria es que la categoría pueblo en la realidad es todo, pero en la práctica es nada. Desde el asesinato de Francisco Morazán en 1842 las ideas liberales fueron adquiriendo otro sentido en las sociedades centroamericanas. La concepción de “patria grande” se quebró con las almádanas de las élites criollas que en su esencia están hechas con ADN colonial: militarismo católico terrateniente.

En el largo trecho después del fusilamiento de Morazán en Costa Rica, hasta la publicación de la Constitución política de 1883, la disputa se centró en los intereses entre liberales y conservadores; que finalmente se fue diluyendo cuando en la realidad comprendieron que más allá de las diatribas tenían un punto en común, el cual consistía en acumular riqueza de forma voraz a toda costa. En este preciso momento se localiza el cierre de las disputas entre élites y el inicio de la oligarquía que toma el control del poder. La única que supuestamente salió con saldo negativo fue la iglesia, porque después que se instaura el Estado laico fue desplazada de las prácticas hegemónicas, pero continuó con algunos recursos heredados de la colonia.

Aquí es el momento en el que Francisco Gavidia inicia el proyecto de construcción del relato de la identidad nacional. En síntesis, después del proceso de despojo de las tierras comunales y ejidales, así como el inicio del monocultivo del café, el grave problema de esta forma de Estado liberal es que en la realidad los pobres e indígenas no estaban incluidos, pues en la lógica del racismo colonialista criollo y la sumisión ideológica ladina, este conglomerado social no era tan igual a ellos.

De ahí que el padre del modernismo salvadoreño hizo que los indígenas cupieran por lo menos en el plano de la ficción. Al respecto existe un poemario revelador titulado PATRIA, publicado en Obras Completas (1974). Dirección de Publicaciones, San Salvador. En el citado trabajo de manera magistral construye una arqueología desde los orígenes del héroe conquistador y el héroe de la resistencia, los cuales homologan al español Pedro de Alvarado con el indio cuzcatleco Atlacatl en quienes se fundamenta el comienzo primigenio de la nación salvadoreña. Hasta este apartado del poemario todo es idílico y exótico, porque desde entonces en el proyecto de país la población originaria es concebida por las clases dominantes como parte del decorado folklórico que reavivan como baile colorido; pero la independencia, claro está, no alcanzó para todos.

Entonces vale la pena preguntarnos sobre la coreada independencia que tiene como contrapunto discursivo las actuales relaciones de dependencia de El Salvador en la geopolítica, el racismo y la exclusión entre grupos étnicos y clases sociales a nivel local, así como el machismo y sus múltiples formas de ejercer el poder entre hombres y mujeres en las relaciones interpersonales. En ese sentido la palabra independencia se vuelve cada vez más frágil y el sustantivo pueblo adquiere otro sentido a la hora de ser nombrado; porque al parecer en este momento “ha comenzado a tener conciencia de que tiene conciencia” y algún día se cansará de ser objeto de alocuciones vacías, para ser sujeto de su autodeterminación.