¿La “izquierda” salvadoreña se olvidó de lo estructural?

Ricardo Valencia

La izquierda salvadoreña, y en especial el FMLN, siempre ha repetido que los problemas del país son estructurales. Esto significa que temas como la pobreza no están causados por la conducta de los individuos, sino por la confluencia de factores sociales como la evasión fiscal, los sueldos bajos, la falta de cobertura de salud y de un estado de bienestar que proteja a sus ciudadanos de caer en la pobreza extrema. Sin embargo, la izquierda, y en especial el FMLN, ha tenido reticencia para entender que sus problemas internos y sus aspiraciones de futuro también enfrentan retos estructurales. El conflicto entre el alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, y la dirigencia del FMLN es una muestra de ello.

La emergencia de Nayib Bukele -con niveles de popularidad altísimos y su respaldo entre los jóvenes- tiene una clara fuente estructural. Según un documento elaborado por el Ministerio de Economía y las Naciones Unidas en 2013, el 12.0 % de la población estaba entre los 15 y 19 años y un 9.2 %, entre los 20 y 24 años. Los menores entre 0 y 14 años representaban un 34 %.  En corto, un 36 % de la población salvadoreña en 2013, los que estaban entre los 0 y los 19 años, ya había nacido después de los Acuerdos de Paz, un número similar al porcentaje de la población que nació antes: 36 %.

Por otra parte, para 2007, el censo de población mostraba que la mayoría de la población vivía en zona urbana (3.5 millones) y no en áreas rurales (2.1 millones). En la actualidad, la experiencia de los salvadoreños transcurre entre el tráfico pesado, las ventas ambulantes y la explosión mediática que caracteriza las ciudades de El Salvador, que en su mayoría se ubican a menos de dos horas de camino entre ellas.

Estos números explican no solo la popularidad de Bukele, sino que auguran un cambio en el sistema político salvadoreño. El alcalde de San Salvador anima a una creciente cantidad de la población que no habla el lenguaje de la guerra y que sus identidades se formaron con la emergencia de las nuevas tecnologías, con una cultura de la migración a los Estados Unidos y un contexto que es netamente urbano. Aún la misma narrativa de la guerra civil se reconstruirá en las mentes de este nuevo grupo poblacional.

Al margen de los problemas entre Bukele y la dirigencia del FMLN (dicho sea de paso: nada justifica el maltrato a una mujer en el lugar de trabajo), lo que ha quedado claro es que el FMLN y la izquierda salvadoreña tienen un reto que no termina con la expulsión de candidatos. En primer lugar, la regeneración de su dirigencia y liderazgos no solo puede afectar la capacidad de crear alianzas, sino la misma habilidad de comunicar sus mensajes. Por más respeto que los viejos líderes progresistas merezcan, y merecen mucho respeto y admiración, los discursos políticos siempre son influidos por quienes son sus mensajeros. En segundo lugar, los grandes valores progresistas no son abstractos y se comunican a través de rutinas laborales, programas sociales, visiones sobre los roles de géneros y prácticas sexuales y construcción de alternativas productivas. Bukele, con sus proyectos como el mercado de San Salvador y su acercamiento a grupos sexuales tradicionalmente marginados, actualiza ideales progresistas como el uso del espacio público para las clases populares.

Finalmente, la izquierda puede sacar una lección positiva de todo esto. Bukele demuestra de que hay sed en la ciudadanía más joven de ideas nuevas y de progreso. Esto no se debe únicamente al trabajo de Nayib ni a su carisma, ni tampoco a su trabajo de relaciones públicas o al manejo de sus redes sociales. Algo valioso en esto hay. Pero, en mi opinión, muchos factores estructurales están realineando el sistema político salvadoreño y el caso de la Alcaldía de San Salvador es solo el primero. El FMLN puede expulsar a Bukele, pero si la izquierda no repiensa las razones de la popularidad del alcalde, que hablan menos de lo excepcional de Nayib y más de las fuerzas que mueven el tablero político de El Salvador, vientos oscuros se avecinan. Para mientras, es buen momento para que la izquierda desempolve el significado de la palabra estructural y lo use para entender por qué Nayib la puso en aprietos.