La muerte es vecina de Marta

 mujer

Marcela Zamora

Hoy, como muchos otros, fue un día abrumador. Al despertar encontré en el inbox de mi Facebook un mensaje que decía “Help”. Estuve a punto de no abrirlo, pero una conocida me había dicho que me iba a escribir algo muy urgente. El mensaje era de un activista en Estados Unidos que nos pedía ayuda a mí y a mi pareja: una familia de Apopa, a la cual le habían matado a un miembro, había sido amenazada de muerte por los pandilleros y ahora estaba refugiada en un motel, a la espera de que alguien les ayudara a llegar a Estados Unidos para pedir asilo.

Han pasado ocho años desde que terminé el documental “María en tierra de nadie”, y en este tiempo he recibido unos 50 mensajes de personas que me piden ayuda para cruzar al Norte; “usted conoce el camino, recomiéndeme un coyote, por favor, estamos desesperados”, es el común denominador de todos ellos, y mi respuesta, que quisiera pudiera ser diferente, siempre es “entiendo por lo que pasa, pero no conozco coyotes; lo que puedo es informarle cómo está más o menos el camino en cuanto a peligros y albergues”. Los peligros en el camino no ha cambiado mucho. El flujo de gente tampoco. Pero ahora pareciera que lo que más impulsa a los salvadoreños a irse es el miedo y no la esperanza de un mejor futuro; es la desesperación, es la muerte, más que el hambre.

A la familia del mensaje se le está ayudando. No con un coyote, pero sí con información sobre el camino, sus peligros, sus albergues y las organizaciones de refugiados.

Pasó la mañana. Al final de la tarde, al regresar de trabajar, encontré a Marta (que es la señora que cuida a mi hija y que no se llama Marta) bañando a la pequeña en una pila, el único lugar en el que le gusta el baño. Marta tenía dos días de andar distraída, triste, pensativa. Yo lo noté hoy, solo hoy. Platicamos casi todas las tardes; de la vida, de su hijo, de mi hija, de la muerte, del miedo, de la desesperanza, de sus ganas de irse para Estados Unidos y de alguna que otra cosa chistosa que nos haya pasado a mí o a ella durante el día. Teníamos dos días de no hacerlo. Marta es madre soltera de un niño de 10 años. Mi hija dice que el hijo de Marta es su hermano. El hijo de Marta, cuando viene de visita, aparte de jugar con mi hija la cuida, la protege. Marta es una gran mujer y una gran madre. Yo la admiro mucho. Su hijo es el mejor ejemplo de lo que es Marta.

Terminado el baño y los juegos en la pila, me fui a secar a mi hija y a cambiarla. Marta se fue a un sillón de la sala y se sentó en silencio. Al rato, mientras mi hija veía televisión, le pregunte a Marta si estaba bien. Ella bajó la cabeza y me dijo que no, que estaba muy mal. “Otro muerto”, pensé yo.

—¿Qué pasó Marta, mataron a alguien más?

El mes pasado, en su cantón, desaparecieron a una prima de Marta. La encontraron siete días después, en una fosa, descuartizada. Su prima dejó a un bebe de dos años, huérfano. Aún no se sabe por qué la desaparecieron. Ella, dice Marta, “no se metía con los muchachos”.

Hace un año habían desaparecido al hermano de esa prima. Apareció también muerto. Hace unos seis meses unos muchachos encapuchados bajaron a un vecino de un autobús y se lo llevaron arrastrado a un callejón. Allí, le prendieron fuego. Lo golpearon y se lo llevaron. Su mujer, que también iba de pasajera, les lloró a los muchachos encapuchados para que no le hicieran nada, pero alguien en el microbús la agarro para que no se bajara tras su marido y el microbusero arrancó. Así, quemado, lo encontraron al día siguiente.

Y aún así, después de tantos muertos, Marta no se acostumbra a la muerte. No convive con ella, la padece.

—¿Qué pasó Marta, mataron a alguien más?

Hubo un silencio después de mi pregunta. Volví a preguntar.

—¿Qué pasó?

—Esta vez ha sido horrible.

Marta comenzó contándome que a la par de su casa vive otra de sus primas, la nieta de su abuela, que realmente es su mamá, pues su mamá murió muy joven y es su abuela la que ha criado a Marta y su hijo. Todos viven en un cantón a una hora y media de San Salvador, en uno de esos municipios famosos por su elevado número de asesinatos diarios. Marta me contó que su prima era trabajadora doméstica en una casa y que llegaba cada 15 días a ver a sus hijos. Me lo contó como pidiéndome que le creyera, porque en este país todo asesinado en áreas rurales se cree que era pandillero o colaboraba con la pandilla. “Cinco hijos tenía —me dijo—, entre ellos una bebé y una joven de 16 años”.

—Mire, Marcela, le juro que nadie tenía nada que ver con la pandilla en esa casa.

—Le creo Marta, no me lo tiene que jurar.

Me contó que temprano, tipo seis de la tarde, estaban todos en su casa sentados en la mesa, cenando: Marta, su hijo de 10 años, su abuela, su abuelo.

—Cenando estábamos cuando escuchamos una ráfaga de tiros. Se escucharon como si adentro de mi casa los hubieran estado tirando. Nos tiramos al piso todos. Agarré a mi hijo y le tapé los oídos. Después de la ráfaga de tiros, solo escuchamos algo horrible. Es lo más feo que he escuchado nunca.

Marta se puso a llorar. Yo también. Ya he llorado muchas veces con ella por estas historias. Me paré a servirle un vaso de agua y le di un abrazo. Después de un momento, continuó.

—Viera qué feo. Nunca había escuchado gritos tan desesperados. Gritaban todos los hijos de ella: “¡A mi mamá no, por favor, mamá no se muera, mamá aguante, mamá no, mamá no!”. Gritaban desesperados esos niños. Nosotros nos acurrucamos los cuatro debajo de la mesa en silencio, asustados. Esperamos que pasaran los gritos y, cuándo hubo silencio, salimos de la mesa. Mi hijo estaba temblando, mi abuela rezando y mi abuelo y yo ni hablar podíamos. Dejamos la mesa servida. Nadie pudo seguir comiendo. Apagamos todas las luces y nos acostamos. Mi hijo se acostó conmigo en mi cama. Se me metió, así, en el pecho, me agarró los brazos y me hizo que lo abrazara. En un momento de la noche el calor ya era muy fuerte y me lo separé un poco, y rápido sintió que no lo abrazaba. Me volvió agarrar y me pidió por favor que no lo soltara. Viera cómo está de mal. Ya no quiere ir a la escuela.

Hicimos silencio por un momento. Por la muerta. Por todos esos muertos. Luego me contó que al día siguiente, antes de venir a trabajar, pasó por la casa de su prima y ahí le contaron que tres muchachos habían entrado con armas para sacar y llevarse a su hija de 16 años, que estaba de novia con un joven que no era pandillero, pero vivía en el cantón de arriba, dominado por la pandilla contraria. La prima de Marta les dijo que sobre su cadáver se llevarían a su hija, y los muchachos le contestaron con varios tiros en la cabeza y unos tiros más a la joven de 16 años.

—La niña está grave en el hospital. Aún no saben si va a sobrevivir.

—¿Y esto cuándo pasó, Marta?

—El domingo, el último día de vacaciones. Si por eso estaba la mamá allí. Mire, Marcela, ni un policía apareció. Y dos días se desaparecieron esos jóvenes, pero ayer ya regresaron al cantón.

Más silencio. Yo le propuse a Marta que se viniera con su hijo y sus abuelos a mi casa, pero dice que sus abuelos no salen de allí, que allí han vivido toda su vida, y que su hijo no quiere dejar a sus abuelos. Más silencio.

—Mire, Marcela, ¿le puedo hacer una pregunta?

—Claro, Marta, dígame.

—¿Usted no sabe a cuál teléfono se le puede llamar a esa tropa que ha creado el presidente para que lleguen a llevarse a esos muchachos…?

—No, Marta, ese teléfono no existe.

 

*Marcela Zamora es documentalista. Entre sus largometrajes más recientes están “Los ofendidos”, sobre las víctimas de tortura durante la guerra civil de El Salvador, y “El cuarto de los huesos”, sobre el trabajo de Medicina Legal para identificar los cuerpos de desaparecidos.