La “Revolución Pacífica”

Aunque fue asesinado en su tercer año de gobierno, su visión de una democracia mundial basada en respeto, paz y oportunidades para todos dejó un legado de valores que fue aceptado por todos a nivel mundial, conservadores y progresistas en todas partes del mundo.Yo nací en El Salvador cuando él fue presidente de Estados Unidos, y crecí bajo el simbolismo de los valores de Kennedy porque mi familia fue inspirada por su visión. Esos valores de la vida cívica hicieron que naciera mi pasión por mi patria y mi pasión por la democracia.

Sus palabras al ser inaugurado como Presidente hablaron de la necesidad que todos los ciudadanos se volviesen ciudadanos activos, con sus famosas palabras “Pregunta, no, lo que tu patria pueda hacer por ti, sino qué puedes hacer tú, por tu patria…”  Instó a los líderes mundiales a unirse a luchar contra lo que él llamó “un enemigo común del hombre: la tiranía, la pobreza, la enfermedad y la violencia.”

Su visión fue que en una verdadera democracia se podría empoderar a aquellos que antes habían sido excluidos y que, al hacerlo, la oportunidad y la dignidad nunca más serían privilegios de los pocos al ser compartidos con los más. La noción que los problemas de la Sociedad, aunque eran muy grandes, eran conquistables.

La responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos de jugar un papel en el destino de nuestra patria, que cada uno tenemos no sólo los derechos de ciudadanía sino los deberes de enrumbar nuestra democracia, de construir nuestra democracia, de limpiar nuestra democracia, es una que no podemos abdicar.

Kennedy nos alertaba que “aquellos que a través del autoritarismo y la división imposibilitan la revolución pacífica, causarán la inevitabilidad de la violencia.”  La revolución pacífica no requiere que nos amemos los unos a los otros, pero que desde abajo para arriba reconozcamos la necesidad de tolerar, convivir y aceptar con respeto los derechos ajenos.

Él mismo reconocía que ese cambio de abajo para arriba no sería concluido durante su presidencia y que tomaría décadas de sacrificio y sudor, pero que entre más nos tardamos en comenzar, más nos tardaremos en terminar la obra.

Aplicando muchos de sus pensamientos a nuestra joven y vulnerable democracia en El Salvador vemos mucha coincidencia en las necesidades que tenemos de enrumbarla, de construirla, de limpiarla. Como Kennedy decía: “nuestros problemas son hechos por el hombre, por ende pueden ser resueltos por el hombre, pacíficamente, con tolerancia, con sabiduría, con diálogo pero nunca sin convicción”.

La época del Presidente Kennedy no es muy distinta a la época que vive El Salvador. Vivimos los ciudadanos en tiempos de violencia, de división, de mucha incertidumbre y, por consecuencia, mucha desconfianza.

En los últimos años nos hemos dado cuenta que muchos de los que nos han gobernado se han aprovechado de nosotros, han llegado a servirse en vez de servirle al pueblo que tanto necesita. Se han enfocado en dividirnos para que esa misma división les proteja su poder y les permita seguir aprovechándose.

Ya nos dimos cuenta que la corrupción y el vivianismo no tienen ideologías, que aquellos que pensamos traían el cambio sólo nos vendían otro paquete vacío, otra promesa que no se cumpliría.  Pero talvez necesitábamos que eso nos sucediese, talvez necesitábamos que nos traicionaran para entender de una vez por todas que esas promesas venían de arriba para abajo y que no podían ser cumplidas.

En este aniversario de 100 años de uno de los más respetados arquitectos de la democracia moderna, yo quiero invitar a todos mis compatriotas a que abramos los ojos y nuestras mentes; busquemos la manera de unirnos para que nuestra revolución pacífica comience ya; busquemos la tolerancia, el intercambio de ideas a través del diálogo y, particularmente, comencemos a planificar ese relevo de aquellos que intentan impedir nuestra revolución pacífica, aquellos que impiden que las oportunidades sean para todos, aquellos que buscan dividirnos para proteger su poder y, en especial, aquellos que buscan seguir aprovechándose de la cosa pública irrespetando las leyes y al soberano de la nación.