LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN EL SALVADOR. Perecer juntos como tontos

Mauricio Silva

Los índices de aprobación de los partidos en el país han disminuido de forma considerable. El grado de satisfacción de los ciudadanos con ellos es de los más bajos en la historia reciente; a grandes rasgos, los niveles de aprobación de los dos partidos mayoritarios se han reducido a la mitad. Ello implica que los partidos han perdido el respaldo no solo de aquellos no militantes que se inclinaban por ellos, sino incluso de algunos de sus miembros.

Varias voces nacionales se han hecho sentir, señalándoles los errores y pidiendo a los partidos corregir rumbo. El clima político de mayor apertura, libertad de expresión, separación de poderes, y transparencia de las últimas décadas ha permitido que muchos hechos no adecuados, ilegales y/o de corrupción salgan a luz pública. La ciudadanía espera que esos señalamientos vayan acompañados de acciones correctivas. Pero estas no siempre se dan. El cambio, tan prometido por unos y otros, no termina de llegar. Se elevan los niveles de frustración.

Los salvadoreños esperamos de los partidos políticos una contribución sustancial a los asuntos de interés nacional. La mayoría de las veces, en las discusiones sobre los asuntos claves del país —sea la violencia, el modelo de desarrollo económico, la transparencia o la situación fiscal― no vemos análisis de causas y menos aún propuestas de solución. Oímos, eso sí, a los partidos echarse la culpa mutuamente, pero esto no promueve un debate constructivo y es peligroso. Citando a Martin Luther King, “Nuestras vidas empiezan a acabarse el día que guardamos silencio sobre las cosas que realmente importan.”

Mayor apoyo ganarían los partidos si propusieran soluciones, señalando cómo las medidas presentadas ayudarían a solucionar los problemas y, con igual importancia, explicitando sus costos. Los salvadoreños sabemos que toda alternativa de política pública tiene costos; costos diferentes para diferentes grupos. Si los partidos los hacen públicos ganarían mayor apoyo entre los potenciales beneficiarios, aunque perdieran alguno entre otros grupos. Mientras, lo que más respaldo les resta es la estrategia actual de no ser propositivos.

Los salvadoreños esperamos de nuestros partidos posiciones honestas, posiciones que no deformen la verdad. Parte sustancial de una democracia sólida son no solo los partidos políticos sino agrupaciones gremiales, órganos del estado, medios de comunicación… en los cuales los ciudadanos tengamos confianza. Instituciones en las cuales creamos. ¿Cuánto ganarían los partidos políticos si reconocieran sus errores, si dejaran de defender —y expulsaran― a aquellos de sus miembros que comenten actos de corrupción?

Para un correcto funcionamiento de la democracia partidaria es necesario también que las agrupaciones gremiales defiendan los intereses de sus asociados y no intereses partidarios. Y que los tanques de pensamiento y medios de comunicación se adhieran a la verdad. Actitudes contrarias son las que llevan a una baja credibilidad de los ciudadanos no solo en los partidos políticos sino en varias de las gremiales y en muchos medios de comunicación. Todo ello se refleja en las encuestas de opinión nacional.

Los salvadoreños deseamos que los partidos políticos tengan una visión de país, no una visión atada solo a ciertos intereses de sus afiliados. En la democracia los partidos están llamados a competir, no a batallar. Pero si se dedican exclusivamente a enarbolar los estandartes de sus propios simpatizantes su resultado electoral será siempre proporcional al tamaño de ese segmento. La competencia de los partidos políticos debe enfocarse en ganar simpatizantes incluso entre los adeptos de los otros partidos. Si un partido se empeña en defender los intereses de una minoría, si no está dispuesto a hacer propuestas que respondan también a los intereses de las mayorías, se verá siempre limitado a su cuota electoral.

Los partidos son además responsables de promover la libre expresión y buscar balance ente diferentes intereses nacionales. Y para ello es necesario el respeto al derecho ajeno, a las ideas de otros. Contrario a esa responsabilidad es el amedrentar, el ocupar el peso de su representatividad para amenazar al resto, buscando silenciar a los que no les son afines.

Los salvadoreños sabemos que en las políticas públicas no puede haber unanimidad, que se tiene que trabajar con consensos, tratando que ellos sean los más amplios posibles, pero resolviendo los problemas nacionales. Citando nuevamente a King: “Debemos vivir juntos como hermanos, o perecer juntos como tontos”.