MONSEÑOR ROMERO  ¿OTRO EXQUISITO CADÁVER? ⃰

Salvador Juárez

Sé que esta frase suena ramplona, y es chocante. Incluso para mí no ha sido fácil colocarla de titular. Antes, he sentido que heresiarca soy de mis convicciones. Y es que, cuando pienso a Monseñor Romero, destaco la visión y práctica de su ministerio dentro de su apasionante dimensión espiritual, y la inspiración de fe que él significa en nuestro pueblo. Claro que, esta, es una verdad objetiva, inalienable. Pero, en mi caso, sucede que dicha certeza se entremezcla con mi devoción a la vieja usanza, la cual pervive todavía en mi estructura interior con sus raíces ancestrales, aun cuando yo digo que soy “liberado”. He aquí, entonces, el porqué, a mí también, me sonaba contrastante e irreverente la frase «Monseñor Romero ¿otro exquisito cadáver?»: Si, en habiendo sido yo formado, o deformado mejor dicho, con una doctrina cuyo celo religioso mandaba al castigo eterno por niveles de pecados (veniales y mortales), de pensamiento, consentimiento, acción, etcétera; y, en la cual, se veía como divinidad a la autoridad eclesial, al grado que, cuando cipote, uno se imaginaba que sacerdotes y monjas no orinaban ni tenían genitales, y hasta era pecado pensar en esto; igual a lo que conocí en el colegio católico en donde estudié mi plan básico -de los trece a los quince años: en la clase de religión se inculcaba que la masturbación era pecado mortal, porque en cada eyaculación se mataba, por todos los espermatozoides derramados, a no sé cuántos seres humanos tiernitos, por lo que, en mi adolescencia, recién descubierto semejante placer, yo prefería aplicar el dicho aquel “después de un gustazo un trancazo”, condenándome a los infiernos las veces que fuera, cada día, todas las noches, ya que después de cada orgasmo yo me sentía peor que Hitler, con tantos genocidios en la cama, en las cobijas, en el baño, entre las matas de huerta, en fin, con esas creencias que subyacen como vestigios de una cultura religiosa dada, y que, por ende, allí están como ruinas supérstites en mi interior, ¡cómo no iba a dar un sobresalto mi inconsciente! en el momento de proponerme un tema que, justamente, conlleva propósitos muy contrarios a ese oscurantismo religioso, y contrapuestos también al oportunismo político tan en boga.

Bien; ya habiendo manifestado las supuestas reacciones, a partir de la mía propia, expuesta a manera de catarsis; y, considerando brevemente los fines de esta nota, paso al decurso de la misma, luego de pedir la respectiva guía a la suprema gracia de las musas.

Entre los hacedores de compromiso se aplica el término cadáver exquisito, cuando se ve que a un humanista, a un creador, a un cultivador de esencias nuevas –hombre o mujer de talante consecuente–, después de muertos son utilizadas su memoria, su obra y su efigie representativa, para intereses personales, patrimonialistas, recibiendo así un trato diferente al que en vida se les otorgó. Pasa entonces que sus ideas originales y sus sensibilidades extraordinarias, son manipuladas y adecuadas a nefandas intenciones.

Ese fenómeno de valerse tanto de la figura como del aporte espiritual y social de los «grandes» hombres y mujeres, data desde muy antiguamente, y sobresale tal práctica en los campos culturales, políticos y religiosos. Y ese hacer envilecido llega al forcejeo, al arrebato y al saqueo, precisamente dentro de lo que se conoce como lucha ideológica, pugnas oportunistas y conciliábulos siniestros. En otras palabras, cadáver exquisito es sinónimo de festín sobre tal o cual maestro y su prédica. Es aprovecharse de una idea noble, de un carisma pujante y de una doctrina verdaderamente humanista, para embaucar con ellos la buena fe, las creencias de las multitudes. Así son chantajeadas las simpatías en tal o cual personaje y sus atributos, como ha sucedido con la otra imagen harto desfigurada y hasta comercializada de Ernesto Che Guevara.

El ejemplo clásico de cadáver exquisito es el que se ha hecho de Jesús crucificado. Ahora más que nunca se cuestiona el negocio que se hace de Jesucristo y de su Evangelio. Y óigase bien que aquí no estamos hablando de esa división entre las diversas iglesias apostólicas y las denominaciones tradicionales, división a la cual quizá ya se refería el apóstol Pablo cuando