Morir entre números y letras en El Salvador

René franco

Habían pasado siete meses desde la última vez que me hice “la prueba”. Llegué puntual, no quería pasar muy tarde con el doctor, luego planeaba salir despavorido a atender otros asuntos. Hace calor. En el lugar una mujer se queja del incesante dolor de cabeza, las auxiliares toman las tarjetas de los pacientes, dos mujeres trans, un muchacho muy joven, un par de muchachas que discuten sobre sus tareas de periodismo y yo.

Ya sé de qué va el sistema de salud pública en El Salvador, esperar al menos hasta mediodía, nada mejor que un buen libro para “matar el tiempo”, y desde luego café de “a cora” de la cafetería del fondo, vacía como siempre. Mi mirada recorre fijamente las líneas de mi lectura, repentinamente siento la presencia de alguien a mi derecha, de reojo distingo un vestido celeste, escucho suspiros intermitentes, y un movimiento de piernas constante. Volteo y como si buscara calmarla, le pregunto:

“¿Ya se aburrió?”

Me responde con un “Sí” a secas.

“Tengo que ir a trabajar” –agrega-

“¿Hasta dónde va?” Le pregunto.

“Trabajo en La Línea, me dedico a la prostitución” –añade-

En adelante surgió una de las conversaciones más honestas que he tenido en la vida; “Marta” fue obligada por las circunstancias a ejercer esta profesión, es madre soltera, y entre los gastos escolares de sus hijas, los quebrantos de salud de su madre y la renta de su casa, el salario que devengaba como guardia de seguridad privada, simplemente no le alcanzaba.

En medio de anécdotas que le ha tocado vivir, me aconseja no creer en la fidelidad, su anterior pareja le juraba “ser la única”, terminó contagiándola de VIH, luego de un año vive con carga indetectable, y viene periódicamente por sus antiretrovirales. Para Marta el miedo a morir no viene de su enfermedad, sino de las maras, su territorio es controlado por los “números”, por eso aunque tiene otra clínica VICIT más cerca, la presencia de las “letras” le impide asistir a la consulta en dicha clínica.

Marta parece una mujer risueña, le invade la nostalgia hablar de sus hijas, quiere verlas graduadas de la Universidad, y que jamás tengan que dedicarse a su oficio; ella también quiere terminar su carrera, desea ser arquitecta. Ahora quisiera tener seguridad social y “de viejita” la jubilación, su semblante se torna serio cuando me dice que aunque su tratamiento va muy bien, le da miedo que un día haya crisis y no le den más antiretrovirales, los cuales no puede dejar de tomar, también debe ser responsable con su pareja actual, y usar condón siempre, él es negativo. Marta sueña con un país que le permita soñar, me cuenta que le da más pesar las miradas y condenas de la sociedad, que “atender hombres chucos y apestosos”; mientras reflexiono que quiero tener más conversaciones como la de hoy, honestas.

Nuestra plática se ve interrumpida por la resonante voz del Doctor, es mi turno de pasar al consultorio y enterarme si mi diagnóstico sigue igual o si ha habido algún cambio.