NO MÁS PALABRERÍO. La justicia, la libertad y la paz  urgen de sacrificios, incluyendo a los más privilegiados

 

 

Jorge Castillo

Después de cinco lustros de un largo caminar entre gobierno salvadoreño e insurgencia armada, este 16 de enero se conmemora su más importante aniversario. La complejidad del proceso fue enorme, tanto como las estrategias enfrentadas: el Conflicto de Baja Intensidad (CBI) impulsado por EUA y la Estrategia Revolucionaria para la toma del Poder, auspiciada por el eje cubano-soviético-nicaragüense.

Auspiciados por la ONU, los negociadores, alejados de los frentes de guerra, dialogaron en México, San José, Ginebra, Caracas, Nueva York, hasta terminar en el Castillo de Chapultepec.  El proceso duró de septiembre de 1989 hasta enero de 1992. Al final, se paró la metralla, se sentaron bases para las reformas institucionales en temas como Fuerza Armada, Policía Nacional Civil, Derechos Humanos, Sistema de Justicia, Sistema Electoral y la incorporación de los llamados “delincuentes terroristas” al sistema de partidos.  El tema Económico y Social quedó como una  deuda a la Nación. Al menos, eso se deduce del Acuerdo de Nueva York, del 25 de septiembre de 1991. Se alcanzó la paz política, pero esto no devino en paz social.

Actualmente gobiernan, por medio del voto democrático, quienes un día quisieron y no pudieron, alcanzar el poder político con las armas. El país  vive una etapa de “Revolución Democrática”, parte de la estrategia política del partido oficial, para alcanzar el “poder total”.

Al igual que hace 25 años, las élites económicas y políticas conservadoras lucen adormecidas, como sus tanques de pensamiento. Ignoran, soslayan o no le otorgan importancia a aquello. Son pocos los que se han dedicado a estudiar a profundidad las readecuaciones estratégicas de la izquierda para avanzar, sin prisa, pero sin pausa, en dirección al cumplimiento de aquellos objetivos políticos, que no pudieron alcanzar con las armas.

Pero también están, quienes anhelan recuperar el poder político para reeditar el ominoso  neoliberalismo y mercantilismo. Es la simbiosis de ambas pretensiones, lo que hace que el camino hacia la paz social sea tortuoso y cuesta arriba. Se trata de dos modelos antagónicos e irreconciliables: el socialismo no radical versus el capitalismo no democrático, siendo sus abanderados las extremas políticas: FMLN y ARENA. Al centro del espectro están los partidos menos fanatizados: GANA y PCN que abrazan el humanismo y la justicia social, como medios para impulsar gobernabilidad, pero ambos son electoralmente pequeños. Los movimientos de la sociedad civil democrática lucen descoordinados. Todo esto no pone en riesgo la influencia de las extremas.

La paz política no trascendió a la paz social anhelada. El país está partido en cuatro. Unos, inclinados hacia el socialismo no radical; otros, simpatizando con retornar al pasado. Una tercera parte, mostrando adhesión por el ideario de los partidos no extremistas. Pero una gran parte – con capacidad de elegir –  desde hace  rato dejó de creer en la clase política. El abstencionismo de la más reciente encuesta de la UCA rubrica lo anterior y evidencia un desencanto por la forma de hacer política.

Desentrampar ese grave impasse requiere, al igual que hace 25 años, que un actor como la ONU acerque a los actores políticos polarizados, les inyecte de la racionalidad que les falta y  los induzca  a pactar un nuevo Acuerdo de Nación, esta vez, dentro de escenario complicado por la crisis fiscal, la problemática de las maras y la negativa de los partidos extremistas para ceder y desterrar su intolerancia.

ARENA, el FMLN y sus poderosos patrocinadores económicos,  deberían sentirse “privilegiados” de que aún son tomados en cuenta por la ciudadanía y de que el Sistema de Naciones Unidas trate de salvar la poca esperanza que le queda a los salvadoreños.

Finalizo, citando a Ignacio Ellacuría, quien en 1969 expresó: “Es difícil hacer entender, a quien no quiere entender, que la justicia, la libertad y la paz del país tienen que pasar por grandes sacrificios, y que una parte de estos sacrificios les toca a los más privilegiados”.