PRE CANDIDATOS SOSPECHOSOS ¿Atol con el dedo 3.0?

Julio Gutiérrez

Pese al sugerente título, la siguiente columna no tiene la intención de desacreditar sin fundamento a ningún candidato sino más bien hacer un llamado a la reflexión crítica de cara a la campaña presidencial que se avecina en el país.

La política salvadoreña a veces recuerda mucho a la selección nacional. ¿Qué será que cada 4 o 5 años se genera una euforia que nos emociona y nos llena de optimismo con respecto a un evento que nos ha decepcionado en tantas otras ocasiones como las elecciones presidenciales? Lo más extraño de todo es que tal optimismo llega justo al momento de la más profunda decepción en cuanto al período que termina. ¿Qué habrá en la psicología social que genere tal euforia en un momento donde pareciera que todo está perdido y que nada va a cambiar?

Quizá para formarse una mejor idea habría que revisar dos momentos clave en la política salvadoreña donde surgieron similares esperanzas a partir la combinación entre una elección presidencial y una desesperación profunda en la población en general. Estos dos momentos son la elección de Alfredo Cristiani en 1989 y la elección de Mauricio Funes en 2009.

Cristiani y el 89

Transcurría el final de la guerra y una profunda crisis económica. El PDC se encontraba debilitado después de casi 5 años de gobierno, y ARENA había replanteado su estrategia política a partir de las elecciones que había perdido en 1984. La estrategia ganadora de este último consistió mayormente en dos cosas: 1. La adopción de una postura más moderada con respecto al tema de la guerra (esto se reflejó en la candidatura de Cristiani y en la propuesta creación de una Comisión Especial de Paz) y 2. una profunda restructuración económica como medida para combatir la crisis del momento.

Ambas propuestas, independientemente de su efectividad posterior, tocaban el nervio de la población, no en tanto que plantearan un claro punto de llegada, sino en tanto planteaban una salida a la crisis social y económica del momento – una salida como fuera, pero una salida al fin.

Si bien los acuerdos de paz se concretaron, los resultados del programa económico fueron desastrosos en cuanto a la consecuente precarización de la vida y la notable corrupción dentro del gobierno. Las elecciones del 94, 99, y 2004, fueron básicamente una continuación de la misma historia, aunque las victorias de ARENA aseguradas cada vez más por el miedo al FMLN que por fuertes esperanzas en la derecha partidaria.

Funes y el 2009

La elección del 2009 marca otro punto de quiebre en la política moderna salvadoreña y también en un momento de crisis económica y social. Luego de varias derrotas el FMLN logró finalmente la anhelada alternancia. Similar a la elección de 1989, el partido ganador, en este caso el frente, había aprendido de su experiencia anterior con la pérdida de Schafick Hándal en el 2004. Asimismo, el FMLN sabía que el desgaste de ARENA no era garantía suficiente de una victoria, por lo cual se vio obligado a buscar una figura más moderada y popular, cosa que encontró en Mauricio Funes.

Algo interesante de este momento es que a pesar de que también ocurrió durante una crisis económica, la propuesta de Mauricio Funes fue menos clara que la de ARENA en el 89. Ello se debió a que ARENA en aquel momento se había suscrito a una serie de políticas socioeconómicas que estaban siendo implementadas a nivel regional, mientras que Funes y el FMLN habían basado su campaña en el rotundo fracaso de ARENA más que en una agenda clara de reconstrucción social. En ese sentido, más que una propuesta clara, fue la desesperación popular por salir de la crisis y del engaño de ARENA la que le dio el gane a Funes y el FMLN.

La historia del fracaso del FMLN habla por sí sola en el contexto actual. Primero fueron los cinco años de Funes, y luego agotaron lo último de esperanza que quedaba con el pésimo gobierno de Sánchez Cerén. Ambos períodos se caracterizaron por la continuación del modelo socioeconómico implementado por ARENA y la corrupción en el gobierno.

Tomando en cuenta este patrón, parece ser que la euforia esperanzadora de las elecciones no surge A PESAR de la profunda decepción, sino más bien como CONSECUENCIA de la misma. Tiene sentido pensar que entre más grande sea la desesperación de la gente, más grande es el deseo de que las cosas cambien de verdad. De esta manera, es eso lo que hace que muchas veces pongamos nuestras esperanzas en soluciones fáciles, como si una simple elección presidencial fuera a cambiarlo todo. Pasó anteriormente, y el panorama actual no se ve muy distinto.

El derecho a sospechar

Ante esta coyuntura urge un llamado a la reflexión de que el optimismo emergente alrededor de la figura de Nayib Bukele es peligroso en tanto su apoyo vaya seguido de la frase “¡Este sí es!”. ¿Cuántas veces habremos dicho eso antes, y cuántas veces más lo volveremos a decir? Esto no quiere decir que su presencia en la política sea igual a cualquier otra. Por el contrario, la política actual vive una coyuntura clave en tanto que la figura de Nayib representa en buena medida la fractura de la nociva partidocracia del FMLN y ARENA, y es esta fractura la que debe ser motivo de alivio; no obstante, no más que eso

Se debe comprender, aunque le incomode al alcalde de San Salvador y a sus simpatizantes, que después de las dos grandes timadas por parte de ARENA en el 89 y el FMLN en el 2009 diciendo “¡hoy sí van a cambiar las cosas!”, los salvadoreños estamos (y siempre hemos estado) en todo el derecho de sospechar profundamente de cualquier candidato que venga a proponernos el cielo y la tierra. Asimismo, se debe comprender que la política va más allá de los procesos electorales donde abundan las discusiones insustanciales y totalmente degradantes que se están dando entre políticos actuales. Finalmente, se debe entender que lo último que necesita el país en este momento es un atol con el dedo 3.0.