Presidentes y tradición: “galería de truhanes”

 

Jorge Castillo

La cadena CNN en español, la misma que acaba de sacar del espectro el ídolo de nuestro presidente, proyectó en este mes cómo la está pasando Barack Obama. Irreconocible, descansado y rejuvenecido. Divirtiéndose en el mar junto a un millonario amigo suyo. Con hilos de plata sobre su cabeza, después de haber cargado con el peso de ocho años de intensa vida pública llena de victorias y reveses, disfruta su aparente retiro. A pesar de los yerros cometidos, vive en paz y con desenfado, por una simple razón: no se conoce que haya metido manos en el tesoro público.

Diferente es el destino de algunos expresidentes de Latinoamérica, tan vasta en recursos y tan pobre en desarrollo. De inmediato uno puede hacer el contraste, pues el manejo de la cosa pública ha sido tan irregular y torpe, que bien podríamos configurar una verdadera “galería de truhanes”, a los que recientemente se han incorporado dos caballeros: Toledo y Tarek El Aissami.

Tal es la estela de opacidad dejada por algunos, que no sería temerario aseverar que, del río Grande hacia el sur, la corrupción política ha salpicado a quienes un día juraron cumplir con el noble ideario de la Constitución y la ley, en los países donde debieron ejercer el buen gobierno.

El Salvador no es la excepción. En los últimos años, tres exmandatarios han sido enjuiciados, muchos altos exfuncionarios públicos son investigados, otros están recién capturados y otros más que aguardan en capilla ardiente. Todos, por no poder justificar el destino de los dineros públicos mal habidos. Cosechan lo que sembraron, pero en sentido opuesto a Obama. Sin paz y haciendo sufrir a sus familias.

¿Cómo esperar que no pequen los funcionarios de abajo, los que manejan directamente las instituciones, si el mal ejemplo lo reciben de arriba? ¿Cómo evitar que se envenenen con el poder y adopten y presuman de nuevos y suntuosos estilos de vida que ni en sueños podían tener?  ¿Cuál es el trasfondo en todo este asunto?.

Conversar con personas de diferente condición social sobre el tema, ayuda a nutrirse con sus maravillosas respuestas de gran sentido común. Una de estas personas, un próspero empresario, que viene siendo legítimo biznieto de la más rancia oligarquía, confiesa -con inconfundible mea culpa –  que “a sus antepasados se les pasó la mano, pero ellos (las nuevas generaciones, con formación académica dentro y fuera) han comprendido que “esas cosas ya no se pueden seguir dando en este país” al que sueñan con “rescatar del monstruo que gobierna”.

Otro, de esos que si no trabajan el día se tienen que acostar sin cenar, pero que luchan dignamente para llevar el sustento a su humilde ranchito, dice con legítima convicción: “todos los políticos son iguales de pajeros. Prometen y no cumplen. Llegan acabados y salen ricos”.

Los más longevos y nostálgicos, ésos que añoran los “tiempos de conciliación” son bien claros: “dicen que los militares robamos cuando gobernamos, la diferencia es que ahí están las grandes obras sobre las que descansó después, el desarrollo del país”.

Por último, una preciosa mujer, cuyos modales y aguda inteligencia compiten con su clara visión de las cosas, me dijo: “No te compliqués. No tenemos gente honesta que gobierne, porque los que se dicen honestos no participan y por eso hemos tenido empresarios que gobernaron y salieron más ricos de lo que ya eran, pero también ha habido locutores pobres que al llegar se enriquecieron como si fueran grandes empresarios, pero todos, a costa de lo que ya sabés”.

Algo de razón tendrán todos estos amigos. Pero también los gringos, que no quieren que los desembolsos de la “Alianza por la Prosperidad” sean administrados por este gobierno. Dichoso el destino de Obama. Lamentable el destino que han tenido otros expresidentes y el que seguramente tendrán, las cofradías que los ayudaron en su corrupción.