Que El Salvador no sea más el país del odio

Jorge Castillo

Politólogo

El inicio del nuevo año es oportuno para reflexionar, agendar nuevos propósitos y rectificar lo que hicimos mal o lo que dijimos, hicimos u omitimos hacer, causando con ello un daño.

En política debería ocurrir algo parecido, por lo que sería bueno que algunos políticos hicieran sus propias reflexiones y examinar algunas de sus más infelices expresiones.

En todo caso, como ciudadanos o como políticos, se debe contar con la voluntad de querer hacerlo. Sin ese elemento, será imposible obtener ningún resultado, por tanto, nada cambiaría. Quizá una pregunta obligada que nos motive a reflexionar sería ¿qué país queremos heredar a nuestros hijos?

Dado que quienes gobiernan desde el Ejecutivo son, por Constitución, los responsables de conducir al país hacia su bienestar colectivo, retomo algunas afirmaciones públicas que podrían reflejar la clase de país que algunos quisieran heredar a sus hijos.

Es claro que el partido oficial ha rayado bien su cancha en temas álgidos. Por ejemplo, en el marco de un aniversario más de fundación del FMLN histórico, en octubre del año pasado, su Secretario General dijo con meridiana claridad: “El FMLN nunca va a estar de acuerdo en que vengan fuerzas extranjeras a querernos hacer la plana”.

Por su parte, la jefa de fracción manifestó: “No habrá monopolio mediático, oligarquía o embajador intervencionista que cambie el rumbo”.

Para variar, de boca del Presidente de la República escuchamos una frase claramente auto-golpista: “Si hay necesidad de estar en la calle, los vamos a convocar; pero hay que defender este proceso”.

En ese orden de discursos incendiarios la cosa se repitió durante la XXXIII Convención del Frente, en diciembre pasado, esta vez despotricando contra la Sala de lo Constitucional, los medios de comunicación, la oligarquía y contra los embajadores acreditados en nuestro país, que apoyan la lucha contra la corrupción.

Incluso, cuando se trata de atizar el fuego del odio de clases, algunos funcionarios no se miden ni respetan su investidura: “Nosotros tenemos identidad de calle, ellos (refiriéndose al partido ARENA) le dan la mano a la gente y después se la van a limpiar con alcohol”, decía con típico cinismo, el Secretario Técnico de la Presidencia el 8 de diciembre pasado (Programa Frente a Frente). Fueron declaraciones de un personaje que de seguro hace lo mismo (limpiarse con alcohol) después que les da la mano a los representantes de los organismos internacionales y diplomáticos que visitan nuestro país para ayudarnos.

Ni qué decir de las postura de los diputados Nerio y Ruiz del partido oficial, respecto a lo que consideran una típica conducta imperial: “Estados Unidos utiliza a sus embajadas para desarticular a gobiernos” (DEM-01SEP-2016).

Por supuesto, no podían faltar las dulces expresiones de quien hasta hace poco presidió la Asamblea Legislativa: “Los patronos que no quieren pagar nuevo salario en corta de café, tendrán que irse con todo y cafetal a otro lado. ¿Será posible llevarse la tierra?” decía la silvestre personaje, al referirse a las críticas (bastante respetuosas por cierto) que en esos momentos hacía en las redes sociales un diputado del principal partido de oposición.

Con ese telón de fondo es que inicia el 2017, año eminentemente pre-electoral, donde todo lo que se haga o se deje de hacer tendrá sus propias repercusiones políticas.

Será un año donde todos los políticos estarán siendo observados por centenares de miles de jóvenes, hartos de la forma en que los políticos hablan y se mofan de su inteligencia, en un país donde se destilan los más viscerales odios y en donde se cuentan con los dedos de la mano a aquellos funcionarios del Ejecutivo que tienen experiencia real en la vida laboral.

En este nuevo año, todos deberíamos estar atentos a lo que sucede en el entorno, porque después de todo, la política es demasiado importante como para dejarla solo en manos de los políticos.