¿Qué garantiza que no nos pasará lo de nuestro vecino Honduras?

Roberto Cañas

Una de las peores situaciones a las que podemos enfrentarnos en nuestro hogar es un incendio en la casa del vecino de al lado. En estos casos es suicida permanecer indiferente ante el siniestro, pues nos puede afectar directamente. Por esa razón, existen en internet muchos sitios donde dan consejos acerca de todo aquello a tener en cuenta en caso de incendio, para poder actuar en consecuencia.

Honduras, nuestro vecino fraterno, está en llamas. El incendio fue provocado por el comportamiento totalmente desacertado del Tribunal Supremo Electoral que  retrasó sistemáticamente la entrega de los resultados de la elección. Abriendo una sospecha que luego se convirtió en certidumbre de un fraude electoral.

Lo que pasa en Honduras es una situación, como dicen los periodistas, de “acontecimientos en pleno desarrollo” que nadie sabe cómo van a terminar, mucho menos un salvadoreño que analiza de lejos la situación con información fragmentada.

Es una ingenuidad pensar que lo que sucede en la tierra de Francisco Morazán no nos va a perturbar; la realidad es que ya tiene para los salvadoreños múltiples impactos.

En primer lugar, el transporte de pasajeros y de carga está afectado, los riesgos de transitar por Honduras son altos; la principal aerolínea de Centroamérica cerró sus centros de servicios en San Pedro Sula y Tegucigalpa, las dos principales ciudades de Honduras, como “medida de seguridad para clientes y colaboradores”.

El  presidente de la Cámara del Transporte de Carga de Honduras informó que las importaciones de mercancías provenientes de El Salvador se han reducido en un 60 %, como resultado del conflicto generado por la lentitud para emitir los resultados de las elecciones del domingo 26 de noviembre.

Según datos del Banco Central de Reserva de El Salvador, Honduras es uno de los principales socios comerciales de El Salvador. Entre enero-octubre del presente año, los principales destinos de exportación de nuestro país fueron Estados Unidos, 45.3 %; Honduras, 14.1%; Guatemala, 13.2 %; y Nicaragua, 6.4 %.

Pero la principal afectación es política: los salvadoreños debemos vernos en el espejo hondureño. En nuestro país, dentro de tres meses, hay elecciones: un atraso en el conteo de votos y en el anuncio de resultados sería de graves consecuencias. Todos sabemos de las grandes dificultades organizativas, logísticas y presupuestarias que tiene el Tribunal Supremo Electoral de El Salvador. Yo no quisiera estar en sus zapatos.

La democracia en Centroamérica está en peligro: cuando todos pensábamos que los fraudes electorales eran cosa del pasado, nuestro vecino país nos hace ver que esa manera de hacerse del poder no es cuestión superada. Lo que es malo para Honduras, es malo para El Salvador.

Es imposible no ver con simpatía a un pueblo que supo votar y vigilar su voto y que hoy está en la calle luchando por sus derechos ciudadanos. Impresiona el comportamiento de los batallones élite de la policía hondureña, que se han negado a reprimir a la población, y llama la atención el comportamiento de sectores de las Fuerzas Armadas de Honduras, que no están de acuerdo con lo que está pasando.

Es inquietante la tibia actuación de los observadores internacionales y los gobiernos latinoamericanos en la actual crisis hondureña, que contrasta con el agresivo comportamiento de organismos internacionales en otros países de Nuestra América, que sufren crisis políticas.

Honduras es un desastre. Un ambiente tenso y violento domina en el país vecino. El terror llegó a Honduras en forma de estado de sitio; las garantías constitucionales están suprimidas, reina la violencia. Es una ingenuidad pensar que todo se calmará pronto.

Solo un conteo acta por acta y la depuración de las mismas, bajo supervisión internacional, con presencia de todos los partidos políticos, podría calmar la situación. Los comicios del 26 de noviembre se deben limpiar y depurar. De otra manera, Honduras seguirá sumida en el caos.

Hay lecciones que se deben aprender del caso hondureño: un tribunal electoral ineficiente, que hace un conteo lento de los votos y se tarda en dar a conocer los resultados de una elección, es la crónica de un desastre anunciado.

Hay un incendio de grandes proporciones en la casa vecina, no podemos ser indiferentes. Debemos vernos en el espejo hondureño. La realidad cambió en Honduras y no podemos quedar ajenos a esa situación. En El Salvador es tarde, pero todavía estamos a tiempo de evitar el caos.