REALIDADES. La rusa de la prisión

Está acostumbrada a que nadie la llame o visite, por esa razón le llaman la rusa ¿Quién vendría desde el otro lado del mundo para saludarla o acompañarla?

Paula Rosales /   DIACRÓNICO.COM.  San Salvador. Fotografía cortesía Capa Presse / Derechos Reservados de Autor.

El día que conocí a una de las rusas recluidas en la cárcel de mujeres de El Salvador, ella andaba con zapatos prestados, no había desayunado porque el atol que le dieron lo sintió rancio y no quería correr el riesgo de enfermarse del estómago.

Salió al patio de la prisión con un semblante serio y en sus ojos se distinguía una inocente curiosidad por saber quién preguntaba por ella, dice que está acostumbrada a que nadie la llame o visite, por esa razón le llaman la rusa.

Alba Lorena Rodríguez tiene 27 años de edad, de primeras cuentas es muy desconfiada y reservada. Me comentó que antes de caer presa siempre le gustó trabajar de cualquier cosa: lavaba y planchaba ropa ajena para ganarse el sustento de sus hijas.

Es una mujer muy guapa. Su cabello es largo y ondulado, tiene unos ojos almendrados que al verlos uno siente que hablan, el cuerpo bien torneado y su piel trigueña.

Recuerda que en su niñez se levantaba de madrugada para bañarse con el agua helada, siempre le gustó ser la primera en tomar el baño para luego salir a trabajar. No tuvo la oportunidad de terminar sus estudios, llegó hasta el sexto grado.

Esa costumbre le sirve en la prisión para bañarse mucho antes que sus compañeras.

Cuando Alba ingresó a la cárcel era una joven madre de 22 años de edad, han pasado cinco años desde que llegó al lugar donde tendrá que vivir 30 años a los que fue condenada.

Su vida no ha sido nada fácil, desde su niñez ha tenido que jugársela para sobrevivir. Es una historia conocida: su papá nunca estuvo presente en casa y cuando lo estuvo fue bajo los efectos del alcohol, su mamá hacía pericias para sacar adelante a sus cuatro hijos.

Aun así, Alba nunca se imaginó que terminaría en una prisión de la capital salvadoreña, ni que el culpable de su “desgracia” sería su propio hermano.

De victima a “victimaria”

Se acompañó siendo una adolescente, vivía en una ciudad porteña y era feliz junto a su compañero, sus dos niñas y la suegra.

Un día Alba decidió visitar a su madre porque estaba muy enferma, al llegar notó que su hermano mayor también estaba de visita, cuenta que la relación entre ellos siempre careció de cordialidad, él tenía una obsesión sexual con Alba desde que ella era pequeña.

“Bien recuerdo cuando me puso la pistola en la cabeza y me dijo que yo no iba a ser de ningún hombre, más que de él, me dijo que me iba a matar y que mi cabeza la iba a ocupar para sembrar una mata de frijoles”, dijo Alba a Diacrónico.

Su hermano la violó y embarazó, la mamá de ambos al ver a sus hijos enfrentados enfermó de diabetes y murió al poco tiempo del ataque a su hija. Alba no lo denunció por temor.

“Él siempre andaba armado, desde pequeño le gustaban las armas y por eso decidí no decirle nada a nadie ni a mi pareja, que ya se había ido para los Estados Unidos porque aquí no nos alcanzaba el dinero”, dijo.

Fotografía cortesía Capa Presse / Derechos Reservados de Autor.

Después de ser violada tuvo que enfrentar la muerte de su madre, el abandono de su pareja quien creyó que lo había traicionado al salir embarazada y una inesperada caída en las gradas de su colonia que le provocó un aborto espontáneo.

Las estadísticas sobre violaciones de la Policía Nacional Civil (PNC) son alarmantes. En 2014 se cometieron 2,423 delitos de violencia sexual, de estos 367 fueron violaciones. Los reportes policiales señalan que en ese año recibieron 6 denuncias de abusos diarias.

La rusa nunca tuvo una familia que la defendiera y apoyara, al verse sola en el hospital después de perder a su hijo-sobrino, tuvo que enfrentarse a la acusación de homicidio agravado contra su hijo recién nacido.

“Cuando me llevaron donde el juez me dijo que se tardaría cinco minutos para dictar mi sentencia, no me dieron el derecho ni de hablar tan siquiera y me condenó a treinta años”, cuenta.

El Salvador mantiene desde 1998 una prohibición total a cualquier tipo de aborto, incluyendo los casos donde mujeres y niñas corren peligro de muerte o hayan sufrido violación sexual. La pena máxima por este delito es hasta 40 años de cárcel.

Hoy Alba dice que lo único que desea es recobrar su libertad y volver a reunirse con sus hijas, a las que extraña todos los días.

“Cumplió años mi niña mayor, pude llamarle para felicitarla, es muy duro estar aquí encerrada”, dijo Alba.

Esclava dentro de la prisión

“Estar encerrada y no tener a nadie quien lo visite a uno es muy duro, a veces me dan ganas de llorar. Cuando tengo ganas de tomarme un café y saber que no tengo ni una moneda para comprarlo me duele, estar así es horrible”, dijo Alba.

El sistema carcelario de El Salvador provee a las internas de su alimentación diaria, y cada una de ellas debe de costarse sus artículos de primera necesidad, como pasta dental, toallas femeninas, jabón de baño y de lavar.

Alba dice que la hora en que es más feliz dentro de la prisión es cuando reparten la cena de las internas, dice que es la señal que el día ya va a terminar y que se irá a dormir para olvidarse del sitio en el que está.

“Ahorita mi mayor tesoro es un pedacito de jabón que una compañera me regaló y con ese me baño y lavo mi ropa”, expresó.

Cuando Alba entró a la prisión supo que nadie la visitaría durante los treinta años de su condena, para poder tener un par de monedas en su bolsa decidió ayudarle a vender pan a una de las internas más antiguas de la cárcel, a cambio recibía café, pan y un par de monedas con las que adquiría sus artículos básicos.

En la actualidad Alba se encuentra aislada del resto de las prisioneras y fue por decisión propia, dice que lo hizo para alejarse de su “benefactora” a quien le soportó humillaciones, desprecios y por último hasta golpes.

Dice que analizó qué hacer durante tres noches seguidas, sabía que la amenaza que recibió cuando renunció a su trabajo era seria.

“Me dijo que yo le pertenecía a ella, y que de donde estuviera me iba a ir a traer del pelo porque yo era de ella desde el día en que comencé a ayudarle, por eso decidí aislarme”

En los días de junio ha hecho más calor de lo normal, Alba se siente feliz que finalmente tiene una pila llena de agua solo para ella y dos compañeras con las que comparte “La isla”, un espacio de poco más de dos metros cuadrados en los que vive junto a dos compañeras con las pasan los días platicando, esperando y soñando con el día que estarán en libertad.

Ser una rusa en la prisión no es nada fácil, cuando a una interna no recibe visita de familiares, amigos o abogados automáticamente se convierte en una rusa, este apelativo lo adoptaron en las cárceles de El Salvador al suponer que nadie recorrería más de once mil kilómetros para visitar a alguien en el país centroamericano.

En la escala social de la cárcel de mujeres las rusas ocupan el último peldaño jerárquico.

“Ser rusa es muy difícil aquí dentro, a una lo tratan peor que a un perro, nos dicen que no valemos nada y que por eso nadie nos visita”, dijo tristemente Alba.

La lucha por revertir las sentencias

De acuerdo con organizaciones internacionales de los derechos humanos, El Salvador tiene una de las leyes más atrasadas en cuanto a los derechos reproductivos de las mujeres y niñas se refiere.

En el país existen grupos conservadores de derecha que se oponen a debatir una nueva legislación y rechazan de tajo toda forma y discusión sobre las prácticas de aborto, incluso, aquellas donde las mujeres están en peligro de muerte.

Además, en un país donde más del 70 por ciento de las personas se dicen cristianas, la educación sexual se ve como un tabú y algo ignominioso.

De acuerdo al informe “Al borde de la muerte”, presentado en 2014 por Amnistía Internacional, las pruebas que incriminan a las mujeres de haberse provocado un aborto son deficientes y poco concluyentes. Y los juicios a los que son sometidas no cuentan con las garantías necesarias para aplicar la justicia correspondiente.

Por esa razón la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto Terapéutico, Ético y Eugenésico, ha desarrollado una campaña de exposición de 17 casos de mujeres que tuvieron complicaciones obstétricas y han sido condenadas a largas penas en prisión.

La campaña tiene como objetivo que la Corte Suprema de Justicia revise cada uno de los casos en los que se han comprobado fallas judiciales del proceso sancionatorio y dictamine el indulto de la pena. La Corte resolvió dos casos de los 17 que se han pedido ser revisados, los 15 restantes fueron negados los indultos.