Sin proyecto cultural, no hay política

José Luis Escamilla.

La carencia de un proyecto enraizado en la realidad sociocultural de El Salvador es el grave problema por el que atraviesan los partidos políticos del presente. A lo largo de la historia de El Salvador se identifican configuraciones de movimientos sociales en momentos coyunturales que alcanzaron trascendencia como proyecto identitario, cuyo rasgo característico fue que articularon una idea común de país, el fundamento filosófico de su concepción política y la construcción de un plan cultural como perspectiva de transformación.

El primer momento se localiza en los últimos veinte años del siglo XIX, en el que coincide el triunfo político liberal, la consolidación de la oligarquía cafetalera y el afrancesamiento romántico con la idea de nación. En este proceso participa activamente como uno de los ideólogos el padre fundador del modernismo salvadoreño don Francisco Gavidia, quien aporta una concepción de “lo cultural” y la construcción de relatos desde su propia producción literaria para la República recién nacida.

Un segundo momento adquiere sentido los años previos al martinato, en los que colisionan el radicalismo de la dinastía Meléndez Quiñónez y la necesidad de apertura democrática del sistema político. En este proceso el personaje clave es el abanderado del vitalismo don Alberto Masferrer, consejero cercano de Arturo Araujo. Ambos creían que desde la política era posible hacer una distribución de la riqueza, garantizando  condiciones mínimas de vida a los pobres; eso sí, con un criterio reformista nada más.

Buenos augurios se vislumbraban con el triunfo electoral de Araujo para la política y la cultura salvadoreña; sin embargo, una ruptura histórica se activa cuando el proyecto liberal terrateniente se tiñe de militarismo y Maximiliano Hernández Martínez opera un rompimiento a partir de instaurar una forma dictatorial de gobierno, que se edifica sobre la base del aniquilamiento de los contrarios; espacio en el que la idea de proyecto cultural adquiere sentido tanto en la inversión en patrimonio tangible, como en la construcción de la identidad que ritualiza los símbolos patrios y le da importancia a la salvadoreñidad pensada desde una especie de “nacional socialismo”, que pondera la cultura racista, derechista y ultranacionalista.

El tercer momento surge con la implementación de esta forma de cultura de la violencia, que produce al mismo tiempo la reacción ideológica de una burguesía que luchó contra el discurso hegemónico a lo largo del siglo XX, convirtiéndose en el alma de la lucha antifascista, anti oligárquica y comprometida con la justicia social; ideologema que pasa a formar parte del movimiento revolucionario en el periodo de guerra civil salvadoreña.

La creatividad revolucionaria intelectual tensiona el conservadurismo despótico. En ese momento la generación comprometida constituye un valladar histórico y Roque Dalton asume la función intelectual desde su “labor elaborativa”. En su producción literaria se identifican la propuesta estética y el proyecto cultural, la primera desde su individualidad creativa, la segunda desde su concepción colectiva comprometida con el proyecto político revolucionario.

La esencia de estas concepciones culturales que dinamizaron los proyectos políticos confrontados a lo largo del siglo pasado en El Salvador colapsa con la firma del acuerdo de paz. Todavía en la última década del siglo XX se registran esfuerzos para comenzar a escribir la historia nacional y ejecutar reformas educativas por parte de los gobiernos de derecha; así como el activismo cultural en plazas y antros. Pero el desenlace es fatal, todo se fue apagando en el momento que los políticos no lograron comprender que una cosa es la globalización económica y otra cosa es la mundialización cultural. ¡Así el folklore sesudo de nuestros días considera que la mejor política cultural es la que no existe!