Sociedad actual: muerte,injusticia social, valores…

Hoy en día, la angustia, la desesperanza y el desánimo parecen haber permeado el tejido social de los pueblos. No existe un lugar sobre la faz de la tierra, donde el ser humano pueda sentirse confiado o seguro. Conforme evolucionan los acontecimientos mundiales, que el portentoso avance de las comunicaciones  nos permite ver y  oír en tiempo real, se llega a la conclusión que lo único seguro que existe en el planeta es la inseguridad, creada por los humanos, en general, y por la clase dirigente de las naciones, en particular.

El respetable lector coincidirá conmigo en que el frenesí por acumular grandes sumas de dinero, un maldito hábito que anida en el corazón de quienes adoran al becerro de oro; que el desespero y frustración por salir de la pobreza, que sienten los que  nacieron con el “defecto de la honestidad”, antes considerada una virtud; que la ambición por llegar, usar y quedarse en el poder político, por ser generador de las oportunidades que esperaban para volverse ricos, sin importar ideologías, doctrinas o idearios políticos; y que el inexcusable hecho de alejarse del Eterno Dios, incumpliendo sus órdenes prohibitivas de no matar, no robar, no mentir, no hacer al prójimo lo que tampoco quisiéramos que nos hicieran y otras omisiones como las de no practicar la justicia ni hablar con verdad, nos han llevado a un verdadero descalabro social.

La deshumanización de los pueblos es, por tanto,  consecuencia y a la vez respuesta de su propia descomposición moral, de la inobservancia de los principios éticos, de la falta de justicia social  y de la manipulación de los valores, que provoca que los gobernantes califiquen como bueno, aquello que definitivamente  no lo es y viceversa.

De ahí que la corrupción político-administrativa y la corrupción económico- social se hayan colado hasta por las rendijas de los templos que operan abiertamente y también por la de aquellos, cuyas enseñanzas filosóficas y elitistas parecen no calar en sus iniciados, muchos de ellos ubicados en el Estado-Aparato, por tanto, obligados a marcar una diferencia que aún no se percibe, pero que se necesita.

En un escenario de mezquindad humana como el expuesto, resulta fácil que nuestras mentes se contagien de pensamientos negativos, vengativos y  de odio, y que la inconformidad, la frustración, el desencanto y la protesta se  arraiguen como hábitos; lo que a su vez incide en la construcción de enfoques igualmente negativos, que al llevarse a la práctica terminan provocando acciones irresponsables y destructivas, que hunden más al individuo, familia y sociedad.

La envolvente polarización política que hoy divide al país, es resultante de haber dado la espalda a todo aquello. De nada servirá entonces, impulsar la moral, la urbanidad o el civismo en la educación formal de nuestras juventudes, si quienes deben dar el ejemplo hacen todo lo contrario. Recordemos que Mandela salió de la cárcel a la presidencia, pero éstos de por acá,  hacen lo opuesto, salen de la presidencia, directos a la cárcel.

Solo hay par de pequeñísimos detalles que muchos soslayan.

1º) Que somos simples mortales de este mundo. Nada nos llevaremos.  Nada de lo que justa o injustamente hayamos acumulado.

2º) Que a la afilada guadaña de la muerte no le importa si alguien es poderoso empresario, reconocido político, connotado altruista, influyente líder religioso o uno más de los millones de pobres del planeta. Simplemente,  el rato menos pensado llega, toma lo suyo e inicia el temido viaje sin retorno.

Por eso, mientras conservemos la vida en este breve peregrinaje terrenal, siempre será bueno reflexionar sobre lo imperativo que resulta amar a Dios, cumplir sus mandamientos y estar en paz con los demás. No vaya a suceder que – de repente – recibamos la indeseable visita de aquella dama y sea demasiado tarde para sanar las heridas o resarcir los daños que un día pudimos ocasionar a nuestros semejantes… o al Estado.