También hay que ganarse las libertades

Fernándo Romero. revistafactum.com

Libertad es mi palabra favorita de todas. La libertad es una condición humana que significa tanto para mí que no la cambiaría por nada ni por nadie. Es, para mí, un espacio infinito para la creación y la recreación de uno mismo, por sí mismo. El diccionario describe esta palabra con conceptos que hacen que me encante aún mucho más. Por ejemplo, dice que la libertad es la condición de quien no es esclavo o no está preso. Dice también que, en los sistemas democráticos, es un derecho de valor superior que asegura la libre determinación de las personas. Y una de las acepciones que me llama mucho la atención es esta: la libertad es la facultad que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

La libertad, un gran privilegio que se consagra en la Constitución de El Salvador, es el culmen de las luchas de personas que estuvieron antes de nosotros para que nosotros la disfrutemos, pero también para que la aprovechemos. Por ello, creo en que las libertades también hay que merecerlas. Al merecerlas, honramos a quienes no las tuvieron y lucharon por ellas. ¿Y qué hay que hacer para ser dignos de nuestras libertades? Considero que no es nada complicado: ser responsables con ellas.

La libertad de prensa es una de esas tantas libertades que tenemos, en especial, quienes ejercemos el oficio del periodismo y también quienes administran las empresas desde las que se publican los productos periodísticos. La de prensa, supeditada a la de expresión, es una libertad inalienable y requisito indispensable para la constitución y mantenimiento de las democracias. Por eso, yo estoy, por completo, en contra de leyes que vengan a mutilar la libertad de prensa, con la excusa de llamarle regulación a lo que a todas luces lleva la intención escondida de una censura, de imponer una mordaza al periodismo.

Y partiendo de esto, como persona que ejerce el periodismo, precisamente en este Día del Periodista en El Salvador, no puedo más que hacerles recordar y exigirles también a mis colegas -y a los que dirigen los medios de comunicación- que hay que ganarse todos los días el privilegio de que tenemos una libertad de prensa. Porque hay que merecer esta libertad, todos los días, diciendo la verdad y no mintiendo ni ocultando información relevante, para luego tener la autoridad moral para defenderla. Porque no se puede tener un discurso de defensa a ultranza de la libertad de prensa, por un lado, cuando por el otro se tergiversa o se oculta una información que la sociedad tiene derecho de conocer.

Yo aún estoy sorprendido por lo que ocurrió hace pocos días con una publicación del periódico La Prensa Gráfica. Se trataba de una nota que informaba sobre el aval que la Corte de Cuentas de la República le dio a la asociación APDEMES, fundada por la esposa del diputado presidente de la Asamblea Legislativa, Guillermo Gallegos.

Esta organización recibió más de medio millón de dólares en los últimos dos años por parte del gobierno salvadoreño para una supuesta labor social en municipios. Y a pesar de no existir registros de su trabajo, la corte le dio su bendición a la asociación que fundó la esposa de Gallegos -y que dirige una asesora legislativa de este mismo diputado-. Mientras que Gallegos está al borde de que se le abra un juicio civil por enriquecimiento ilícito si no logra aclarar 103 irregularidades por $3 millones que la Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia sospecha que no están debidamente justificados en su patrimonio individual y familiar.

La noticia, que no se publicó en la edición impresa pero sí se publicó por poco tiempo en internet, no tenía ningún problema de edición periodística. El tema era, por demás, relevante. Y luego de conocer el documento de la Corte de Cuentas en que se basó el texto periodístico, corroboramos con otros colegas que no tenía ningún error de precisión. Es decir, desde un enfoque puramente periodístico, no había ninguna razón para que alguien en La Prensa Gráfica haya decidido que esa noticia ya no tenía que seguir entre sus publicaciones.

Quiero dejar muy claro que yo no trato de cuestionar la libre línea editorial que tienen todos los medios de comunicación en el mundo. La libertad de edición también es un derecho inalienable de quienes ejercen el periodismo y de los medios de comunicación. Pero, definitivamente, son situaciones muy distintas publicar una noticia con una línea editorial -sea la que sea- y publicar una noticia para luego ocultarla. Eso se llama censura. Es una censura que ejerció el mismo medio a su propia noticia y al periodista que la redactó. Y eso precisamente es atentar contra la libertad de prensa y contra la libertad de información que tiene la sociedad, que es a la única que nos debemos. Eso no debe hacerse, no es ético y no fortalece el discurso en defensa de la libertad de prensa contra quienes quieren, descaradamente, violentarla.

Decía Fabricio Altamirano, CEO de El Diario de Hoy, en un tuit el 22 de julio pasado: “El infame proyecto de censura a los medios es contrario a lo que la ciudadanía quiere: darse cuenta exactamente (de) lo que está pasando”. Estoy totalmente de acuerdo con esa idea de Altamirano. Pero, ¿qué pasa si desde tu mismo medio de comunicación, desde arriba donde se toman decisiones, se determina que una noticia recién publicada es mejor devolverla a la oscuridad, ante los ojos de tus lectores, sin explicación de por medio ni antes, ni durante ni después de haberla ocultado? ¿Vas a tener la autoridad moral y ética para decir que la libertad de prensa es tu estandarte y que nadie puede derribarlo? ¿Por qué profesás la libertad si desde dentro sos dictatorial?

Si queremos mantener nuestras libertades intactas, merezcámoslas. Seamos consecuentes. Si no queremos que nos quebranten nuestra libertad de prensa, que yo también defiendo con ahínco ahora desde mi nueva trinchera en Factum, entonces no tergiversemos, no mintamos y no ocultemos información relevante sobre personajes oscuros de nuestra sociedad. Yo trabajé en La Prensa Gráfica por doce años y seis meses y es el medio de comunicación en el que me formé como periodista y, por supuesto, le debo la mayor parte de mi experiencia a este periódico. Y es por eso que, por compañerismo y por estima a mis colegas, no puedo dejar de indignarme por lo que sucedió. Principalmente porque al ocultar esa información se benefició un político que ya, hartamente, está rodeado de sospechas de corrupción.

“La principal misión del periodista es decir al pueblo la verdad y su más imperiosa necesidad es lograr ser independiente. El propietario de un periódico que necesita para sostenerlo de las subvenciones gubernativas o de ayuda de partidos políticos ha fracasado en su alta misión de servir lealmente a los intereses de la comunidad”. Esta frase del fundador de La Prensa Gráfica, que yo leía a la entrada de este periódico todos los días que trabajé allí, espero que también la lea y le repique, palabra por palabra, a la persona que ordenó ocultar una noticia que revelaba actos oscuros de las instituciones del Estado a favor de un político oscuro.