Todos somos violencia

Vanesa Núñez Handal

Años 80. Mi mamá me despierta en la madrugada. El hijo de los vecinos está en el hospital. La niña a la que pretendía tenía novio. Éste lo agarró a balazos cuando se encontraron frente a su casa. De milagro sobrevivió a los cinco tiros que recibió. Nunca hubo juicio ni acusados. El novio era hijo de militar.

Años 90. Mis papás me llevan de visita a un hospital privado. El olor a alcohol es penetrante. Al hijo de otros amigos le destrozaron el cráneo y se encuentra en cuidados intensivos. Al querer estacionarse en un bar, un tipo le reclamó el parqueo y le disparó en la cabeza. Quedó cuadrapléjico.

Ciudad de Guatemala. La primera advertencia a todo conductor es: nunca bocines. Aquí por eso, agregan, te sacan una pistola y te matan. Cementerio Central de Guatemala. Día de muertos. Un niño, de no más de tres años, se divierte con un pequeño tambor. La madre lo llama. Pero éste no escucha por la fiesta que ha armado. La mujer camina hacia él y, sin mediar palabra, le pega un puntapié derribándolo. Luego lo hala con fuerza del brazo y se lo lleva.

Listones rosados aparecen anudados a árboles, vallas y verjas de la ciudad de Guatemala. Una mujer, madre y esposa, ha desaparecido. El marido, durante la marcha para pedir por su libertad e integridad, manifiesta que pudo haber sido un secuestro. Semanas más tarde, cuando el hombre ha huido del país con los hijos de la pareja, los periódicos anuncian que todas las pruebas apuntan hacia él. El cuerpo de la mujer, sigue sin aparecer.

En un alto ejecutivo de una importante empresa, bajo los efectos de alcohol, agrede y hiere de muerte a su esposa. Al poco tiempo sale libre.

En el supermercado, una señora topa por descuido el carro de otra. Ésta le hace una mirada de reproche, que bien podría matarla.

Un bus choca contra un pequeño vehículo de modelo antiguo. La conductora se baja de su carro, dejando en él a sus tres hijos. El busero, dispuesto a no pagar por la avería causada, le pasa encima. La mujer muere frente a los ojos de terror de sus hijos.

Iglesia de la Merced, Antigua Guatemala. Semana Santa. Muestro a unos amigos extranjeros la iglesia. Lo más impactante, les digo, son las esculturas del martirio de Jesús. Una, muestra a un Jesús esquelético, en cuatro patas. Su espalda es una llaga en carne viva, de la cual mana la sangre. Esto es un tanto morboso, comenta uno de ellos.

Todas las historias arriba narradas tienen en común un elemento: la violencia. Algunas veces evidente, otras sublimada, pero violencia al fin. Formas violentas de resolver un conflicto, de obtener algo deseado, de relacionarse socialmente o hasta de influir culturalmente sobre un pueblo.

No se trata ya de la violencia ocasionada por militares, gobiernos represivos, genocidas, escuadrones de la muerte o grupos criminales. No. Éstos han sido, si se quiere, los más evidentes. Pero nuestra sociedad, en general, hasta en los detalles más nimios y más privados, está construida sobre la violencia.

Quizá las causas deriven de la insatisfacción social, la falta de justicia e igualdad, el acoso social cotidiano, pero para comenzar a resolver la crisis que nos agobia tendríamos que comenzar por sincerarnos y aceptar que, la violencia no ha sido cosa de pocos, sino de muchos.

Muchos que hoy día, luego de quejarse de la misma, siguen exigiendo mano dura y exterminio como forma de control social.