Una escuela llamada Venezuela

Dagoberto Gutiérrez

Venezuela es el escenario encendido de una lucha de clases tanto nacional como internacional. Aquí se concitan en este momento de confrontación, diferentes formas de lucha, diferentes escenarios, protagonistas, y todos parecen conformar un momento que podemos considerar, definitivo.

Ya no se trata, en realidad, de un enfrentamiento entre un gobierno revolucionario y sus adversarios políticos, o una lucha política de una oposición política contra su gobierno. Recordemos que la figura de “la oposición” requiere lealtad ante un sistema político, porque ésta resulta ser parte del poder; sin embargo, en Venezuela encontramos la confrontación de dos poderes: el de la revolución y el de la contra revolución. Solamente así podemos entender la espesura de la pelea. Ya no se trata simplemente de la lucha contra un gobierno, ni contra un régimen, es el afán de deshacerse de un proceso revolucionario hasta sus raíces. Esto quiere decir que se busca arrancar el mismo pensamiento de Simón Bolívar, que es la raíz, y este esfuerzo cuenta, como es de suponer, con todos los recursos financieros, ideológicos, políticos y militares, que van siendo administrados y subministrados en el momento necesario y oportuno. Esto quiere decir que nos encontramos ante fases buscadas y determinadas, en donde irán apareciendo los recursos y los métodos definidores de la coyuntura.

En el escenario construido, podemos encontrar factores económicos que le dan financiamiento a una sostenida y mantenida actividad de calle; factores ideológicos, nacionales e internacionales; factores institucionales, también nacionales e internacionales; factores conspirativos y factores de división del bloque revolucionario.

De todo este conjunto conviene destacar el aspecto ideológico, porque los llamados medios, que son los aparatos ideológicos de Estado, que no quiere decir que sean estatales, sino que cumplen una función estatal aunque sean propiedad privada, desempeñan una labor de punta de lanza, buscando la deformación de la realidad para presentar al gobierno venezolano como una tiranía, a Nicolás Maduro como un tirano, y a todo el país como un lugar sometido al caos en donde el pueblo es víctima de una malévola represión.

Todo este tinglado es construido ideológicamente, es decir, de una manera aparente, con un follaje que oculta la realidad, y así aparece internacionalmente, y así es presentado y pensado por no pocos sectores en muchos países del mundo, de tal manera que una intervención militar pueda ir apareciendo como una especie de solución para salvar “al pueblo de Venezuela” de la opresión. En esa línea, se buscará afanosamente romper el acuerdo y la cohesión de las fuerzas armadas venezolanas que, como sabemos, sigue siendo un factor fundamental en el proceso venezolano.

En Venezuela y en otros países, el aparataje de los partidos políticos como piezas fundamentales de la democracia burguesa, se derrumbó, víctimas de la corrupción desbocada y una ciega incapacidad gubernamental que sumió en el hambre y la pobreza al pueblo en un rico país petrolero. Esto estableció las bases para que en el proceso revolucionario, con Chávez a la cabeza y el pensamiento de Bolívar cohesionando ideológicamente, las organizaciones revolucionarias llegaran al poder, pero en el marco y con los procedimientos de reglas novedosas, porque se trató de una revolución que aprendió a manejar el potro cerril de las elecciones, a usar los votos del pueblo, a conservar las instituciones estatales, propias de la democracia burguesa, a transformar la constitución política, a darle al pueblo protagonismo y no solo participación; es decir, a jugar el juego y también las reglas. Observemos que en 1970 y en Chile, Salvador Allende siguió el mismo camino, pero 3 años después terminó la experiencia en un baño de sangre, usando para ello al ejército chileno. Pero, en Venezuela, fue precisamente el ejército, influido, sostenido y hasta dirigido por los Estados Unidos, una correa fundamental del proceso, y fue un coronel del ejército, de ese ejército, el que encabezó todo este proceso.

Podemos ver que en la actual confrontación se encuentra la decisión trascendental de la contrarrevolución planetaria de acabar con el juego y las reglas de la democracia burguesa, que como sabemos nació en los pliegues de la revolución francesa junto con el Estado de Derecho y constituyó por centurias el régimen político más seguro y confiable para el poder de la burguesía. Pues bien, esto parece estarse agotando en el planeta porque los partidos políticos, que habían sido la viga maestra de todo este entramado, están dejando de entusiasmar, de influir, de mover y conmover a las masas, para que sostengan con sus votos, a los poderes que los van a estrangular. Basta ver lo que ocurre en Francia, lo que ocurre en nuestro país y lo que ocurre en Venezuela.

El proceso contrarrevolucionario supone poner a Venezuela en el cadalso para volarle la cabeza, literalmente dicho, a Nicolás Maduro, quien está siendo presentado como el monstruo del que hay que deshacerse para resolver la situación.

El retiro de Venezuela de la OEA dejó a los verdugos sin cadalso y sin condenado, y entonces vino el recrudecimiento de la violencia en las calles y el encaje ideológico necesario para presentar al gobierno venezolano como un gobierno enfrentado al pueblo, y al pueblo como un pueblo enfrentado al pueblo, todo en una construcción ideológica completa y peligrosa.

Cuando el gobierno venezolano convoca a la Constituyente, estamos situados ante un escenario donde la contrarrevolución no tiene ningún lugar para actuar y, por el contrario, el gobierno tiene las condiciones para una movilización popular extensa, amplia y precisa, porque se construyen las condiciones para el aislamiento político de las bandas vandálicas que matan, roban, incendian en las calles de Caracas, o San Cristóbal en El Táchira.

Es en esta etapa cuando las declaraciones del Papa Francisco sobre la división en el seno de la oposición, resultan muy oportunas y muy sabias porque en estos momentos ya no se trata, para estas fuerzas, de dialogar con el gobierno, y más bien junto con los instrumentos internacionales, se trata de preparar las condiciones para una eventual intervención en Venezuela, buscando repetir la Guatemala de 1954, o el Chile de 1973. Ahora, claro, los que empuñan los cuchillos están en la plaza pública y las potenciales víctimas están preparadas, prevenidas y con amigos.