Una sociedad cómplice

 

Bessy Ríos

Mucho se ha hablado del caso de la joven “Katia”, la joven que desapareció en circunstancias extrañas, y cuyo caso provocó un enorme alboroto en las redes sociales en las últimas semanas. Los que somos padres y madres tuvimos una enorme empatía con el padre que, angustiado, pedía ayuda para ubicarla. Luego, según versiones de la Policía y Fiscalía General de la República, todos disipamos las dudas cuando se reveló que la adolescente no había sido raptada; ella se había fugado con su “novio”, un hombre de 27 años de edad.

Los medios de comunicación hicieron fiesta con los titulares: “se fue con el novio”, “planeó con su novio irse”, “se fue por su voluntad para convivir con su novio”; y, por supuesto, las redes hicieron su parte juzgando a la chica, diciendo que era una sinvergüenza, cínica, malvada, hasta que se le llamó “bicha puta”. A esto le sucedieron cualquier cantidad de “memes” con alto contenido sexual, hirientes, groseros y sobre todo machistas y misóginos.

La discusión se centró en descalificativos contra la adolescente. Dijeron que había enganchado al papá, a la sociedad completa, para lograr su único deseo: “tener sexo con su novio” durante dos semanas, pues este hasta había pedido dos semanas de permiso en su empleo.

Me quedé espantada –de espanto- al leer a tanto hombre, como a mujeres, haciendo aseveraciones irresponsables y reproduciendo un discurso del sistema patriarcal en donde las mujeres –no importa la edad- son siempre las culpables de todo y, claro, los hombres son inocentes que caen por débiles en las garras de vampiras que los engatusan y los hacen pecar.

Nadie se detuvo en ningún momento a preguntarse, ¿qué diablos anda haciendo un hombre de 27 con “novia” de 15? ¿Desde cuándo tienen esa relación? ¿Quién es el adulto de la relación? ¿Existe o no una relación de poder entre la mente de alguien de 15 años versus la de alguien de 27?

Entre otras cosas que se informaron en los medios, es que el adulto era pariente de la madrasta de la menor. Nadie se preguntó, ¿desde cuándo tuvo acceso a esta menor? Luego los medios indicaron que la adolescente hablaba de maltrato en el hogar y por ello había optado por huir de esa casa. De nuevo, nadie se cuestionó, ¿de qué clase de maltrato hablaban? Porque quitar celulares no es un maltrato, como para que una joven huya de casa. Yo castigo seguido a mis hijos con eso y ninguno me ha dicho “me voy de la casa”. ¿Sería posible que el primo de la madrasta observara el maltrato y ganara la confianza de la menor, brindándole ‘seguridad’, ‘protección’, ‘comprensión’, ‘cariño’ para aprovecharse y seducir a la cipota? ¿La fuga la planeó el adulto de 27 o una joven de 15??

Yo sé que más de alguno, o alguna, nos contarán su exitosa relación de más de 10, 20, 30 años de matrimonios felices con numerosos hijos, y que entre la pareja se llevan los mismos años que hay entre los protagonistas de esta historia. Es más, varios dicen que como varones su primera relación sexual fue con mujeres mayores, más o menos en esas edades y que, pues, todo normal.

Pues bien, lamento no tragarme esos discursos, me van a disculpar, pero un hombre de 27 no puede ser “novio” de una de 15 años; y la sociedad no tiene por qué normalizar esa conducta. Solo porque mis abuelos o mis papás lo hicieron y les fue bien, esa no es la regla, es más bien la excepción. Las adolescentes que terminan en relaciones de este tipo dejan sus estudios y se vuelven dependientes de su compañero en lo económico, psicológico y emocional. Esta relación de poder cambia y el protector ya no lo es más cuando la adolescente no logra comportarse con los niveles de madurez que le exige “el esposo” o la relación. Tan jóvenes no solo desconocen la responsabilidad que acarrea el matrimonio o los hijos. No saben más allá de su experiencia de adolescente. Es entonces cuando empiezan las agresiones verbales, emocionales y físicas.

Además, no podemos olvidar que tener relaciones sexuales con alguien menor de 18 años conlleva un delito grave. Es de entender que la regla de establecer una edad mínima para empezar a tomar decisiones no es antojadiza. Hay estudios que hablan de ciertos desarrollos neuronales mínimos para tomar decisiones y ser responsables de estas.

En nuestro país se tiende a normalizar estas conductas de abuso de poder, de agresión, e infelizmente se culpa a la víctima y se la hace responsable de todo cuanto le sucede, incluida la violencia física.

En nuestro país urge educación sexual para todos. Es hora de dejar de enseñarle solo a las mujeres de que son ellas las que deben de cuidarse. Urge comenzar a educar a los hombres, que repitan que no deben violar, agredir ni abusar de su fuerza no solo física, sino también su posición de poder con menores de edad.

Mientras no cambiemos eso, casos como el de Katia seguirán sucediendo, se seguirán normalizando. Mientras no cambiemos eso, seguiremos burlándonos de las miles de chicas que, como ella, buscan salir del sartén y terminan cayendo en las brasas.

Si no cambiamos esta cultura, algo que tampoco cambiará será el comportamiento de aquellos hombres con poder real (empresarios, funcionarios públicos, comunicadores, dirigentes gremiales, atletas) que utilizan su status para mantener relaciones con adolescentes, ya sea seduciéndolas con su fama o poder o buscando “celestinas” que les consigan “carne fresca”. Si no cambiamos, tristemente seguirá la impunidad en estos casos, porque la justicia alcanza al empleado de la alcaldía de la colonia pobre, pero no llega a las colonias de grandes portones, con sistemas de seguridad privada, vigilante, y donde se esconden una enorme cantidad de agresores que no solo han abusado de adolescentes, sino también conviven impunemente con ellas frente a todos y nadie dice nada.

Los agresores deben ser juzgados y las víctimas reconocidas como tal. Una sociedad que insiste en culpabilizar a las víctimas y reivindicar a los agresores, justificándoles y defendiéndoles, definitivamente merece tener las cifras de delincuencia que El Salvador tiene. Una sociedad así ama la impunidad y es cómplice silenciosa de los abusos que otros cometen