Vergonzosa exhibición

Editorial UCA
09/09/2016
Muy probablemente, si los principales y más influyentes actores económicos, políticos y sociales del país actuaran éticamente, la situación ahora sería distinta. La ética, entendida como la correcta y honesta manera de actuar para buscar siempre el bien, parece que no tiene cabida en la vida de muchos de ellos. El Salvador está lleno de ejemplos de acciones y circunstancias que pueden ser legales, pero no éticas. Y en los últimos días hemos visto casos que hacen gala de ello.

A pesar de los eufemismos con los que se le ha querido suavizar, el intento de amaño a los jugadores de la selección nacional de futbol expuso diáfanamente la deshonestidad con la que se ha manejado el deporte más popular en el país. Grandes empresarios han confesado que este tipo de prácticas son comunes, y no le ven nada malo a esas triquiñuelas. Amparados en la precariedad de la situación de los seleccionados, reconocidos comentaristas deportivos han justificado la validez de ese acto; los medios de comunicación no quieren morder la mano de quien les da patrocinio, aunque su actuación exhiba podredumbre de valores. Lo antiético, lo deshonesto, se ha vuelto la norma en el país. Evadir impuestos es lo común, así como no pagar lo justo a los trabajadores. Afortunadamente, en el caso del amaño, ojalá más por principios que por temor, los jugadores dieron cátedra de ética a empresarios, periodistas y dirigentes deportivos.

Por supuesto, los políticos llevan la voz cantante en lo que a conductas antiéticas se refiere. El caso del expresidente Mauricio Funes derrocha no solo falta de ética, sino también cinismo. Y las declaraciones de altos dirigentes del FMLN justificando la decisión de Funes de solicitar asilo en Nicaragua, y hasta admitiendo que le aconsejaron hacerlo, además de reñir con la corrección más elemental, se suman a la lista de yerros políticos que después les pasarán factura. Pero el partido de izquierda no está solo en esta materia. El expresidente del Coena afirmó campante que Francisco Flores fue perseguido político, repitiendo el mismo argumento de Funes que Arena critica. Su deseo confeso es ver a Funes en la misma cárcel en la que estuvo su correligionario. ¿Es ético eso? Velado olvida, o quiere olvidar, que con la muerte del exmandatario no desaparece la causa civil y que su partido debe responder por un dinero que venía para los damnificados de los terremotos de 2001. Es propio de quien no practica principios éticos criticar teniendo techo de vidrio.

Por otro lado, mientras los hospitales del sistema público y del Seguro Social adolecen de muchas necesidades, dos instancias del Estado —por citar solo dos—, la Asamblea Legislativa y la Corte Suprema de Justicia, pagan millones de dólares cada año en seguros médicos privados para su personal. Además de ser un evidente desprecio de lo público, la Asamblea y la Corten destinan recursos públicos, es decir, dinero recaudado del pueblo, a manos privadas. Es muy difícil que a los diputados les preocupe mejorar la red de salud si ellos acuden a servicios privados a costa de los salvadoreños. Ahora que se está a la víspera de la discusión del Presupuesto del próximo año, es momento oportuno para revisar estos gastos, que son una ofensa para la ciudadanía.

Un último ejemplo: las protestas de los trabajadores de la salud para exigir el pago de un escalafón que se les prometió por ley en 1994. Se sabe que de los más de 24 millones que se necesitan para pagar el escalafón, aproximadamente 10 millones serían distribuidos entre el 80% de los trabajadores beneficiados, mientras los restantes 14 millones irían al reducido grupo de empleados que devengan salarios arriba de los 1,500 dólares al mes y que, por tanto, tendrían aumentos desproporcionados, que no se corresponden a la realidad del país. Ciertamente, los trabajadores de la salud tienen derecho a que se respete su escalafón, pero también hay que reconocer que este debe revisarse a fin de quitarle su carácter regresivo y acrecentador de la desigualdad salarial.

En todos estos casos hay un común denominador: la ausencia de ética tanto en las actuaciones como en las declaraciones de sus protagonistas. No hay que ver con desprecio esta carencia. Si quienes tienen mayor responsabilidad en los destinos del país cultivaran la ética, insistimos, la situación nacional fuera otra.